Pequeños apuntes en trozos de papel, en una agenda pasada o en un cuaderno escrito sin ninguna disciplina, los breves textos se van acumulando sin ningún tipo de orden. Apuntes acerca de alguna idea para desarrollarlas en el futuro, citas de lecturas que alguna vez nos impactaron, breves “postales” verbales o, simplemente, ejercicios de vértigo para atrapar la vida al margen de la obra. Julio Ramón Ribeyro publicó Prosas Apátridas, una breve obra maestra de la nota al margen y que no sólo demuestra la agudeza de su comentario acerca del mundo, sino también una obra de la relojería literaria que se puede alcanzar en el texto breve, en aquellos retazos de página donde se sintetiza la vida; decenas de fragmentos donde nos acercamos a ella, como si fuesen pequeñas ventanas para observar el andamiaje de la que está compuesta nuestra cotidianeidad. He rescatado de algunos cuadernos propios o de viejos apuntes algunos textos que han sobrevivido diferentes mudanzas, de estilo y de vida. Tanto como propios o ajenos, mi despedida a la obstinada manera de vivir creyendo en las palabras.
2009
§
Hay un entendimiento que nos sobrepasa.
Hay una cosa dentro de cada máquina verbal que
No hace referencia a nada, un punto muerto
Un punto de fuga.
A ese punto deseamos llegar
A ese punto a ese agujero negro que tiene alrededor
Todo y nada.
§
La corrupción del cuerpo empieza desde adentro y se va manifestando lentamente en la piel. Todo se hace traslúcido.
2006
Francis Scott Fitzgerald y la decadencia
No es la decadencia violenta la que se halla en los relatos de F. S. Fitzgerald, esa destrucción que estalla ciegamente hacia todos lados, como si la explosión sea una reacción en cadena. No es violenta la ruina, tal como se encuentra en la narrativa de los norteamericanos del realismo sucio. En el autor del Gran Gatsby es la ruina lenta, el desmoronamiento; como si el espíritu sufriese una merma lenta, hasta dejar un cuerpo hueco, vacío, donde los ojos son dos faros apagados que ya han dejado de iluminar el horizonte, para entrar en una noche cerrada. La belleza de la ruina que solo Fitzgerald tuvo la fatalidad de encarnar. El clímax y el dolor de la ausencia de este.
(Después de la lectura de los relatos completo de F.S.F.)
§
Detesto lo anecdótico, la superficie. Pero por un extraño placer de detestarme, me dedico a esto, sin ningún pudor. Contar la anécdota por desprecio al Otro, como a mí mismo. Malgasto palabras, vivencias, pieles…
§
Roger Laporte: “Es imposible no buscar el Libro, pero quien lo busca aprende que el Libro es imposible, y, sin embargo, este fracaso, aunque renovado sin cesar, no destruye el proyecto inicial sino que más bien lo fortifica, y de tal modo el fracaso y el triunfo son igualmente imposibles”. Y así se ha construido la literatura, en ese abismo de fracasos, triunfos y deserciones, que no pertenece exactamente a aquellas dos caras de la misma moneda.
§
Atravesar la noche. Entrometernos en su juego. Aniquilar en nosotros la luz de la vigilia, obstinada en hallar un camino para percibirlo como una avenida bien iluminada que no tiene ningún destino, sólo la de ser una avenida silenciosa y llena de peligros. El hombre necesita de las marcas de su sombra para poseer la sensación que avanza, que sus pasos no se pierden en la oscuridad que le ha tocado sortear. Sus latidos le son insuficientes al igual que su respiración. Atrapado en la sensación, elegirá siempre deslizarse por los senderos iluminados por cualquier promesa, ilusión, utopía, la certeza de avanzar por un callejón sin salida que no implique el tropiezo de nuestros pies, sin prever a nuestros victimarios ocultos en la luz, aquellos que no han podido ocupar un lugar en la penumbra.
2005
Encerrados en el lenguaje, en el mundo de los conceptos, creemos estar a salvo del asombro , del terror y de la incertidumbre. El lenguaje no nos sirvió desde el inicio para comunicarnos , sino para intentar salvarnos de eso que el mismo lenguaje mismo no pudo nombrar ni representar. El lenguaje es el hijo del desconcierto y del horror, y luego vino dios.
§
Horror de huir hasta no encontrar nada
De estrellarme contra un muro impenetrable
De asfixiarme con mi sombra
De enredarme con mis sentimientos y sin resolver nada
De llevar mi cuerpo
Hacia
Una caída inevitable
§
El silencio engendra, la voz aniquila.
§
Abrí los ojos. Reconocí el techo. Me incorporo para ir al baño y quedé paralizado por un instante, sentado en la cama. Qué mierda sucedió aquí, me pregunto cogiéndome el cabello. Busqué mis borceguís bajo la cama. Sacudí mi pantalón, alisé mi polo, cogí mi casaca de jean. Me coloqué mis lentes, me miré de cuerpo entero. Nada me faltaba. Salí esquivando las cosas desparramadas en la habitación. No deseaba respuestas, deseaba huir de ellas. No deseaba enterarme de lo que había ocurrido y tenía la ligera sospecha que yo tenía el papel protagónico en ese desastre. No recogí nada y salí por la puerta del callejón para evitar cualquier encuentro.
Y como siempre sucedía. No tenía ningún lugar hacia donde ir…
(Intento enésimo de una novela cyber punk)
§
Swift: “Colocar las palabras adecuadas en el lugar adecuado es la más genuina definición de estilo”.
§
Gottfried Benn. El extremo de las emociones. El acercamiento de nuestra propia podredumbre mediante la repulsión por la muerte ajena.
(en un extremo del libro Morgue, de G. Benn)
§
Todos los instantes son revelaciones que no podemos ver.
§
“Parte de la desesperación del artista frente a su material tal vez se deba al hecho evidente de que el propio universo, como sostenían también los rosacruces, está en proceso de creación. Una obra de arte orgánica, tras haber sido concebida, debe crecer en la mente de su creador o perecer. Para acabar el Valle de la Sombra de la Muerte llegué al límite de mis fuerzas… Gracias por no decir: “Yo también”. En realidad, siempre se hacen ambas cosas, claro está, de modo que el autor , mientras trabaja, es como un hombre que no cesa de abrirse paso a través de un humo cegador para intentar rescatar objetos preciosos de un edificio en llamas. ¡ Qué esfuerzo tan desesperado e inexplicable! Pero acaso no es el edificio la obra de arte en cuestión, perfecta hace mucho en la mente y convertida en vehículo de destrucción exclusivamente por el esfuerzo que se requiere realizarla, transmutarla en el papel…”
(Malcolm Lowry. Oscuro como la tumba donde yace mi amigo)
2001
§
Si pudiésemos elegir el elemento primordial de la noche: la oscuridad, y asumimos los fantasmas inyectados por el miedo y la razón, no habría ninguna necesidad de tanta perorata sobre la salvación luminosa ni sobre los dolores acallados por un cielo lleno de soles fugaces.
§
La vida no da treguas.
Sería horrible que nos detengamos un instante, hacer una pausa en este vértigo que nos lleva de la calma a la destrucción, de la destrucción a un estado de inconmovible comprensión. Estamos condenados a soportarnos solos, sin ningún consuelo que remede la respuesta que buscamos desde que colocamos un pie en el suelo y nos chocamos contra un techo que no nos aplasta, que solo existe sobre nuestras cabezas como una amenaza, como todas las cosas que empiezan con ese pie que se obstina en moverse, en dispersar el polvo en cualquier camino.
¿ Por qué nos golpeamos incesantemente con ese deseo de encontrar una respuesta que nos alivie, que nos toque el cabello como a un niño pequeño en busca de consuelo, en un universo que solo tiene un infinito espacio para las preguntas? ¿ Para qué aferrarnos a un polvo que no podemos contener en nuestras manos, desesperadamente?
Es ridícula nuestra ansia de refugiarnos en el sueño, en la mentira fácil que nos estremece y nos inocula dosis de tranquilidad. Adictos a la mentira, encontramos siempre una que funciona como una dosis extra de diazepam o prozac, y la erigimos con unas letras enormes de neón con el nombre verdad.
The rest is silence…
§
- ¿Quién diablos crees que eres?
Su pregunta es una recriminación, un intento de abofetearme porque existe la opción que yo pueda sea un pobre diablo o un dios desdichado.
- Nadie, le respondo.
Mi respuesta le inquieta, me mira a los ojos y luego hacia ambos lados de la avenida. Bufa. No sabe si golpearme o marcharse. Se queda quieta esperando que el día termine…
§
Uno puede matarse por infinitas razones o por ninguna. Al final, la muerte será una sola.
§
Yo no puedo detenerte. Si deseas llorar, hazlo. Si deseas irte, márchate. Y si deseas matarte, es una cosa que únicamente te importa a ti, y aunque es triste y doloroso, es la única decisión que será tuya. “Yo no he pedido venir al mundo”, me dices desconsoladamente. Asómate a una ventana que da hacia la avenida y dime ¿cuántos de los que se pasean bajo tu ventana han pedido estar allí? Nadie. De alguna manera estamos todos aquí demás. Bueno, podemos inventarnos otra cosa. Construir un lindo plan que funcionará mientras vivas, y el resto es cuestión de fe, pero también será mientras uno vive. Es interesante fantasear con el cielo o el paraíso mientras no puedas darle la espalda al mundo que te envuelve. Yo tampoco he pedido nacer para vagar en una ciudad que encierra demasiados misterios que no me importan. Es triste imaginarnos que alguien decidiera nacer y es un gran alivio saber que podemos decidir romper con la costumbre que mantiene este cuerpo vivo.
§
Percibo en cada palabra escrita un nuevo territorio.
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cioran: palabras sin utopía
pesimista. pro nazi. nihilista. emil m. cioran fue nombrado con muchos epítetos que no han logrado ensombrecer la honestidad de una vida ligada al pensamiento en el siglo 20. la decencia del filósofo que ha colocado el intelecto al servicio de la vida, y no al contrario. cada título de sus libros invitaba a un viaje sin retorno: las cimas de la desesperación, breviario de podredumbre, la tentación de existir, del inconveniente de haber nacido, silogismos de la amargura, ese maldito yo, el aciago demiurgo y otros títulos donde no solo cultivó la síntesis del pensamiento, sino el estilo preciso de un francotirador que no hace sucumbir al lector, sino que lo hace moverse cada vez más adentro de sus páginas. mi modesto homenaje a mi cómplice para sobrellevar la existencia.
todo estaba perdido a los 21 años. las palabras y las utopías, las exaltaciones de un nuevo mundo, de nuevas afirmaciones en la ausencia total de una ideología totalizante que pueda ayudarme a soñar en la construcción de una nueva forma de vida. no existía ninguna dirección precisa hacia donde mirar. el mundo era la representación de millones de relaciones intrascendentes, cuyo origen era el horror hacia nuestra única forma de ser, de nuestro pavor a descubrir dentro de cada uno de nosotros la bestia más feroz o el santo que huyese de todos los seres humanos, para refugiarse en el silencio de un paraje solitario.
ficción o no, como todo pensamiento que nos ayude a comprender el mundo – no a hacerlo más inteligible -, la nada se presentaba como una dulce niebla que todo lo aniquilaba sin ternura. las búsquedas dentro del pensamiento tomaba nuevos centros, otros se diluían en la propia pesadumbre de las palabras. el existencialismo trasnochado para la década de los noventa incrementaba la sensación de hastío, una amargura inútil e infecunda. estaba decidido a vivir, asumiendo que todo carece de un sentido, de causas iniciales y efectos finales, el círculo vicioso de encontrar un enorme sentido a esta reunión de fuerzas que se diluían cuando se cruzaban. había encontrado en el pensamiento una de las mejores formas de pensar la vida y al ser humano. de sostener la existencia, a riesgo de todo.
emil m. cioran se convirtió en un cómplice en la travesía, no en aquella persona que dice verdades fulminantes, como un maestro tiránico del pensamiento, sino en aquel escritor que encuentras en un parque de la ciudad y te comenta el mundo y su trama oculta, sus fisuras, las ilusiones con las que enmascaramos nuestro pavor con un pavor más terrible, los descensos inútiles e infructuosos a los abismos personales y una larga charla con todos los temas que nos inquietan y que llamamos profundos, pero que en la mano de Cioran se transforman en un constante ejercicio de ironía, para verlos en la claridad de nuestra mente, desfascinados de todo, de lo absoluto y de nuestra propia soberbia de haber convertido nuestra facultad de destruir el mundo en una virtud.
una rara avis dentro del panorama de la filosofía del siglo 20, ejerció su derecho de autoexiliado de su propia lengua para construir una nueva forma de nombrar el mundo, de erigir su obra sobre los escombros que dejaba el progreso en su avasallador avance, antes y después de las guerras. desde las alcantarillas del pensamiento fustigó con la precisión de un cirujano las taras elevadas como grandes verdades. un cínico en pleno siglo veinte, uno de aquellos perros celestes que detestó la gloria o el éxito o la docencia en las universidades, porque hubiese sacrificado la libertad de su pensamiento en pro de las instituciones o de las ansias ajenas.
aun recuerdo el momento que leí su nombre en uno de los libros de la edición taurus, nuevo y olvidado por casi veinte años en los anaqueles de una universidad. la tentación de existir. se disparó el percutor de haber encontrado alguien que escribiera con tanto vigor acerca de la vida, como lo hacía otro de mis escritores que leía en esos años de deserción universitaria, nietzsche. ambos no han perdido actualidad a través de los años. uno siempre encuentra inagotables lecturas en cada uno de sus libros, sin perder la fuerza de las ideas ni aquel brillo de sus palabras.
aun sigo buscándolo en los parques de las ciudades, donde imagino que pasea con una sonrisa de tranquilidad, a pesar de haber muerto hace dieciséis años. pero solo encuentro ancianos y gente solitaria en busca de un santo que redima su existencia, o que les inventen nuevas mentiras para soportarla. es en ese momento, que me digo a mí mismo, cuanta falta hace aun e. m. cioran en el mundo y retorno a mi casa después de haber pasado interminables horas mirando el vaivén de las olas, de haber contemplado como pasa la ruina de las horas por mi lado.
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work in progress. un viaje. el i ching. la velocidad de las cosas y del cuerpo. el bardo todol en la cotidianidad de un hombre que asoma su rostro todos los días frente a un espejo para reconocerse como Otro, no aquel que escribe ni que intenta ingresar a la cárcel imposible del Lenguaje. el deseo como una enfermedad que crece hasta invadirlo todo y anclarnos en la ilusión. el deseo que se enciende como campos en llamas. el amor como un acto de violencia, al igual que todo lo que nace. 6 poemas de la primera parte, de cuatro: la arquitectura del deseo.
I. ARQUITECTURA DEL DESEO
Cada ciudad recibe su forma del desierto al que se opone.
Italo Calvino
uno
en mi sala no hay ningún espejo solo un sofá rojo y cientos de retazos de mi cuerpo dispersos en el suelo. espero que ella aparezca y atraviese todos los velos de piel humana. llevo años sentado en este sofá aguardando que la catástrofe suceda:
y empecé a nombrarla con todos los nombres que usaban los primeros hablantes para nombrar al fuego
su vientre era un universo líquido que paría las pesadillas de cables de clonaciones en piscinas pestilentes en la arquitectura de edificios humanos que sucumbían en cada época de lluvia que azotaba los campos donde la sangre regaba las llamas del fuego en pleno crepúsculo
su vientre poseía mi cuerpo y su cuerpo poseía millones de cuerpos flotando como si fuese una gran avenida arrasada por un bombardeo donde nacía a cada instante lo Indeterminado, aquello que se asemejaba a su reflejo bajo un cristal afiebrado de soles muertos.
su vientre era mi vientre y su sexo era mi sexo de donde brotaba el semen para engendrarme después que mi muerte me haya ocultado los misterios de los órganos que se dibujan bajo la ropa cuando he traspasado el tránsito de la oscuridad hacia la otra Oscuridad que se abre lejos de los ríos donde descienden cada día las voces de los liberados de su curso de la perdición en automóviles que se disipan en túneles abiertos por los postes fantasmales chorreantes de luz amarilla sobre el asfalto en el plexo de tierra que habitamos
***
entonces ella aprendió a llevar el sabor de la sangre sobre sus labios como una rosa despedazada
y yo junto a los látigos de acero de las viejas fábricas aprendía que la velocidad era nuestra forma menos aburrida de morir
dentro del fuego tejimos nuestras ciudades imaginarias
acorazamos los cielos
y recorrimos nuestro territorio sobre la ruina de otro territorio
que imaginamos dentro de nuestros cuerpos que han dejado de ser la sucesión incesante de moléculas que mueren dentro de sí mismas
desaparecimos bajo las estelas de ácido que caían sobre
los territorios líquidos
y nuestras lenguas eran devoradas por el deseo y la rebeldía
: yo poseeré aquello que llamas coitus Transnocharé con todos tus cuerpos Regaré con veneno las orquídeas que aparecen bajo tus párpados
dibujando oscuros paraísos
y me llamarás Mater impura como aquel deseo
que lleva a perturbar las noches
todas las noches
junto a los fascinantes abismos de tus silencios
que han entrado constantemente
al rito de la desaparición
***
en sus labios el deseo crecía como una enfermedad
devastaba el lenguaje o mejor dicho el lenguaje era ella
avanzando hacia la catástrofe de mi desnudez
estaba a punto de iniciar una nueva travesía
a través de su cuerpo
cientos de territorios nacían en la luz del amanecer tejido con innumerables mares de sudor
y ella se transformó en acantilados golpeados por el mar
la geografía de un desierto costero cincelado en una ceremonia extinta:
millones de fragmentos de un planeta desolado
bañados por el deseo bajo olas de mercurio
***
Y esto has soñado/ imaginado/ resampleado:
íbamos en las carreteras en pleno amanecer
y la neblina era un muro atravesado por la imposible luz del vehículo.
el mar quieto bajo el horizonte.
crispado sobre una motocicleta a toda velocidad un hombre
asciende por el aire hasta estallar contra la negrísima lengua
de asfalto. flores rojas nacieron bajo el vientre de la tierra.
un coyote pasa raudo sobre el cuerpo
y husmea el corazón disecado dentro de un frasco
morado y gime asaltado por el estremecimiento del dolor.
mira las sucesiones de vidas a través de los cristales
regados sobre la frágil piel del ángel exterminado
empieza su viaje hacia la liberación
la velocidad ha disuelto su cuerpo en millones de partículas invisibles
tragadas por la antimateria de la pesadilla
por la luz infinita de la vacuidad
donde todo se funde la velocidad el cuerpo la sangre
la memoria de un continente nunca acabado
la chaqueta de cuero los ojos atrapados en la redondez del casco
las habitaciones suspendidas en los desiertos
la naturaleza informe de un país al norte del nuestro
todo era tragado por la multiplicación precisa de la extinción
:no reconocerás la luz que crece fuera de todas las ciudades
solo serás oscuridad
y otra vez la conciencia se vuelve visible
la velocidad atraviesa en miles de haces de luz tu sueño hasta hacerte volver en ti
y retornar al mismo lugar desde donde mencionaste mi nombre
y toda la realidad era un canal muerto:
el chillido molesto de un televisor encendido en un hotel en la carretera
un canal muerto para el sueño que tenemos que hacer estallar para mirarnos
por enésima vez y descubrir nuevamente el lenguaje después de la pesadilla.
***
el horizonte es un fulgor que todo lo deshace en ecuaciones irracionales
casi inmaterial como una partícula suspendida en el vacío
como un pedazo de carne atravesando un campo negativo sobre tu saliva invisible al mismo tiempo como chet baker tocando en un bar de todas las fronteras antes que la luz recorra cada fragmento de tu cuerpo y todo sea un incendio el último incendio porque este será la última vez que veas una sombra un espejismo sobre el horizonte porque ya no existirá más amaneceres sobre la tierra. Ahora entiendes esta arquitectura del deseo. Estas blandas formas y líneas que hemos levantado sobre los arenales como un laberinto del cual nunca saldremos, nuestra cárcel imposible que escarba el subsuelo la piel las palabras el símbolo de una rosa dibujada en un espejo y que se multiplica en tus ojos en tus labios que han nacido hace poco tiempo del agua sin memoria del agua que acaricia los ríos de Heráclito y se revelan sobre la tierra y el barro de tus gestos en los píxeles de una carretera que te ha deshecho en miles de fragmentos como un aviso gigantesco fuera de la ciudad que atravesabas mientras me reconstruías violentamente con la memoria y eras la luz y la velocidad atravesando cada una de mis palabras. Inventabas el recorrido en mis pulsiones detrás de una ventana y trazaste las trayectorias en el mapa de una pantalla para imaginar que podías atravesar cada uno de mis poros de mis puntos de fuga de la invisibilidad de las emociones cuando todo ya pertenece a una matemática imposible del deseo o del amor o de algo más atrozmente bello de aquel edificio levantado magnífico sobre tu ombligo o tu espina dorsal conectada a un terminal fuera de la realidad.
dos: después de la pesadilla
inventar tu cuerpo es inventar miles de habitaciones y miles de muertes…
foto: Jan Saudek
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calle deleuze.16.06.
Después de leer la monumental novela de James Joyce, Ulysses, la conciencia de la ficción se transforma. Desde hace más de diez años, he recordado la travesía de Leopold Bloom y Stephen Dedalus como el inicio de una era para la narrativa del siglo 20 y para la conciencia del hombre contemporáneo. El recorrido mítico de un hombre cualquiera en una ciudad multiplicada en todas las ciudades del mundo en un solo día: el 16 de Junio. La “navidad” de la narrativa a través de Joyce. Y este es un breve homenaje a mis travesías en busca de una Ítaca que se encuentra en todas partes, sumado a la relectura del cuento Una casa para siempre, de Enrique Vila-Matas, que recientemente se han incluido los relatos del libro que lleva el título del cuento en Chet Baker piensa en su arte.
1
Y al final, lo único que nos queda es literatura
En medio de la penumbra de la habitación de un hotel en plena avenida Arequipa, releo las últimas páginas del libro Una casa para siempre. Había llegado a la ciudad hace una hora y aun trataba de reponerme del desarreglo interior ocasionado por el lugar donde me encontraba, había sido golpeado por un deja vú súbito. Como si la misma escena se repitiese insistentemente en mis lecturas, que me llevaba a colocar nuevamente, a la espera del crimen, o mejor dicho, de la ficción de un crimen en un lugar cualquiera de una ciudad donde a cada instante sucedían acontecimientos que llenarían páginas enteras de diarios sensacionalistas o de libros de crónicas negras. Pero en este crimen no habría muertos ni una espeluznante orgía de sangre. Ni siquiera habría una víctima o un criminal. O no se sabía exactamente cuál de ellos representaría uno de los dos papeles dentro de la habitación. Me imaginaba como si cada cosa fuese el prolegómenos de una escena pintada por René Magritte, donde cada objeto puesto adrede estuviese cubierto por un velo de la locura o del sueño, la dislocación de lo real, y para incrementar lo paradójico, el artista haya tratado de reproducir una instantánea del último relato del libro que me acompañaba en este último viaje.
El hotel podría llamarse Pérec. Un nombre perfecto para una escena que se antojaba como la destrucción de las habitaciones geométricamente generadas junto a la alameda llena de árboles, donde 13 287 pájaros en toda la travesía trazan también un mapa sonoro que acompaña a esta caprichosa racionalidad del aniquilamiento. Me detuve detrás de una cortina de color fucsia, bajo el retrato de una mujer con sombrero. Abajo, un hombre persigue a otro sin ninguna intención de sumar alguna experiencia a su vida. A más de dos cuadras, una mujer sale de un supermercado, imaginando que es hora de vencer el temor del salto. Me siento nuevamente en la cama y mientras miro detenidamente el rostro de la mujer del cuadro me percato de la mirada gélida y perversa, una femme fatale cristalizada detrás del vidrio. Atrapada para siempre ese gesto sin estupefacción. El rostro de la frialdad. En una habitación contigua un hombre habla con una mujer, mientras el televisor se encuentra encendido en un partido de fútbol y suena el teléfono. Cada elemento de la escena era el inicio de uno de los relatos de V-M o la prefiguración de un hombre en la mañana de un 16 de Junio, en una ciudad al sur de América, decidido a vivir los funerales de su ardor o de una empresa nunca emprendida.
Después de un baño con agua tibia, tendido en la cama, enciendo el mp3 y la voz de Nico es una lenta corriente que se mete debajo de mis poros. Deseo fumar un cigarrillo. Pero no tengo ese hábito, sólo que hubiese sido coherente con una escena del hombre a la espera de un crimen. Simular la tiniebla a mi alrededor, y lo único que puedo simular es la oscuridad con una cortina de terciopelo púrpura.
Escucho pasos en la escalera. Miro la hora en el teléfono. Las ocho de la mañana. Recuerdo el inicio de la novela de Joyce. Imagino la torre y la travesía de Leopold Bloom en Dublin. Mi memoria dispara constantes proyecciones en el ecran de mi mente. Abro el libro de Vila Matas y leo la parte final del cuento:
…Vivamente emocionado, me apretó la mano y me dedicó una sonrisa feliz, la de quien está convencido de que su mensaje ha llegado a buen puerto. Junto al inventario de nostalgias, acababa de legarme la casa de las sombras eternas.
Mi padre, que en otros tiempos había creído en tantas y tantas cosas para acabar desconfiando de todas ellas, me dejaba una única y definitiva fe: la de creer en una ficción que se sabe como ficción, saber que no existe nada más y que la exquisita verdad consiste en ser consciente de que se trata de una ficción y, sabiéndolo, creer en ella.
Imagino que la mujer de sombrero negro sobre un fondo rojo del cuadro aparecerá detrás de la puerta y me sonreirá como si fuese realmente la última vez que me vea.
Alguien toca la puerta.
2
Una breve antología de Una casa para siempre ha sido incluida recientemente en el libro de Vila Matas, Chet Baker piensa en su arte.
Quizá porque el cuento sigue siendo el alma de toda su obra y a pesar de que el autor hace ya tiempo que ha dejado de atender al estatuto clásico del género, Chet Baker piensa en su arte se presenta como una obra indispensable para entender la literatura de Vila-Matas, la historia de su lectura y aun de su ingreso en la hegemonía que actualmente ostenta. Seguir los pasos del escritor desde el relato ‘Una casa para siempre’ hasta el largo cuento, hasta ahora inédito, que da título a la obra supone asistir al alumbramiento, maduración y posterior consagración de Vila-Matas. El lector encuentra aquí los elementos primordiales y característicos de su narrativa, desde las primeras indagaciones en torno al sinsentido, la excentricidad, el personalísimo humor que cede a la tentación lúdica, hasta la exégesis y la automitografía que definen los últimos textos. Un universo de cuentos que se persiguen, preludian, hacen eco unos de otros y se contestan en una telaraña de gestos y símbolos que conforma el sustrato de su obra novelística y ensayística.
El criterio de selección ha atendido el requerimiento de vertebrar un libro de autor que sintetizara la evolución del universo literario de Vila-Matas en sus momentos privilegiados y más genuinos. Teniendo en cuenta que muchos de los libros de los que surgen estos relatos se publicarán íntegramente en Debolsillo, parecía necesario dotar a este volumen de una categoría propia.
‘Una casa para siempre’, ‘El efecto de un cuento’, ‘Mar de fondo’ y ‘Dos viejos cónyuges’ pertenecen al libro Una casa para siempre; ‘Rosa Schwarzer vuelve a la vida’, ‘El arte de desaparecer’ y ‘Me dicen que diga quién soy’ aparecieron en Suicidios ejemplares; ‘El hijo del columpio’ y ‘Señas de identidad’ pertenecen a Hijos sin hijos; ‘Nunca voy al cine’ se publicó en Nunca voy al cine; ‘La gallina robada. Un cuento de Navidad’ apareció en El traje de los domingos; ‘Recuerdos inventados’ dio título al libro en el que se publicó; ‘Porque ella no lo pidió’ surge de Exploradores del abismo; ‘Chet Baker piensa en su arte’ se publica aquí por primera vez y ‘Sucesores de Vok’ se publicó en El País el 25 de julio de 2010
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Establecer una respuesta definitiva acerca de algunos conceptos significaría acercarnos a un totalitarismo de las afectividades, cuya sola afirmación radical nos colocaría fuera de toda búsqueda. La poesía o el arte nunca han obtenido una repuesta definitiva acerca de lo qué significa por sí, sin que esto signifique que no exista una respuesta para acercarnos al hecho de nuestra experiencia creativa o contemplativa, de cualquiera de las manifestaciones del ser humano y su imaginación ante el mundo. Escritores, pintores, músicos, cineastas o artistas multimedia,etc, cada uno ha expresado el devenir con la materia que usa para interpretar su mundo. Andrei Tarkovski (1932-1986), trató de dar una respuesta a esa eterna pregunta. Este director de cine cuyo trabajo oscila entre la contemplación extática y la memoria, amado por muchos por cada uno de los largos travellings que se convierten en un acto de contemplación casi “mística” ante la pantalla, y además,muchos lo detestan por esa manera casi matemática para realizar cada una de sus escenas, como si se tratase de un pintor renacentista, donde cada elemento tiene un significado, adrede o no. A pesar de su escasa producción cinematográfica, es considerado como uno de los máximos creadores del siglo 20. Desde la conmovedora La Infancia de Iván hasta su última película El Sacrificio, Tarkovski ha mostrado ese carácter romántico de hacer de la creación el ansia de lo ideal. Este es un texto publicado en su libro Esculpiendo en el tiempo, y rescatado para no olvidarnos de nuestras viejas afecciones.
El sentido de la verdad religiosa se da en la esperanza. La filosofía busca la verdad determinando los límites de la razón humana, el sentido del actuar y de la vida humanos (y esto es válido incluso en el caso del filósofo que llega a la conclusión de que el actuar y la existencia humanos carecen de sentido). Antes de entrar en problemas específicos del cine me parece importante exponer mis ideas sobre el arte. ¿Para qué existe el arte? ¿A quién le hace falta? ¿Hay alguien a quien le haga falta? Cuestiones que se plantea no sólo el artista, sino también cualquier persona que recibe o “consume” el arte, como se suele decir con una palabra que desgraciadamente desenmascara con crueldad la relación arte-público en el siglo XX.
A cualquiera, pues, le afecta esta cuestión y cualquiera que tenga que ver con el arte intenta darle una respuesta. Alexander Blok decía que “el poeta crea la armonía partiendo del caos”… Pushkin atribuía al poeta dones proféticos… Cada artista está determinado por leyes absolutamente propias, carentes de valor para otro artista.
En cualquier caso, para mí no hay duda de que el objetivo de cualquier arte que no quiera ser “consumido” como una mercancía consiste en explicar por sí mismo y a su entorno el sentido de la vida y de la existencia humana. Es decir: explicarle al hombre cuál es el motivo y el objetivo de su existencia en nuestro planeta. O quizá no explicárselo, sino tan sólo enfrentarlo a este interrogante.
Comencemos por lo más general: la función indiscutible del arte, en mi opinión, está enlazada con la idea del conocimiento, de aquella forma de efecto que se expresa como conmoción, como catarsis. Desde el momento en que Eva comió la manzana del árbol de la ciencia, la humanidad está condenada a buscar perennemente la verdad.
Es sabido que Adán y Eva en un principio se dieron cuenta de que estaban desnudos y se avergonzaron. Se avergonzaron porque comprendieron y entonces entraron en el camino del conocimiento mutuo, placentero. Comenzó así un camino que no tendría fin. Es comprensible la tragedia de quienes del feliz desconocimiento fueron lanzados a los hostiles e inaprensibles campos de lo mundano.

“Ganarás el pan con el sudor de tu frente…” Así apareció el hombre, “cima de la creación”, sobre la tierra y se hizo dueño de ella. El camino que recorrió desde entonces se suele denominar evolución. Un camino que a la vez es el tormentoso proceso de auto-conocimiento del hombre.
En cierto sentido, el hombre va conociendo de forma siempre nueva la naturaleza de la vida y de su propio ser, sus posibilidades y objetivos. Por supuesto que para ello se sirve también de la suma de los conocimientos humanos ya existentes. Pero aun así el auto-conocimiento ético y moral sigue siendo la experiencia clave de cada persona, una experiencia que tiene que hacer siempre de nuevo él solo. Una y otra vez, el hombre se pone en relación con el mundo movido por el atormentador deseo de apropiarse de él, de ponerlo en consonancia con ese su ideal que ha conocido de forma intuitiva. El carácter utópico, irrealizable, de ese deseo es fuente perenne de descontento del hombre y del sufrimiento por la insuficiencia del propio yo.
El arte y la ciencia son, pues, formas de apropiarse del mundo, formas de conocimiento del hombre en camino hacia la “verdad absoluta”.
Pero ahí se terminan los puntos que tienen en común esas dos expresiones del espíritu humano creador, insistiendo en que ese espíritu creador tiene que ver no sólo con descubrir, sino efectivamente con crear. Aquí, en este momento, lo que interesa es la diferencia radical entre la forma científica y la forma estética de conocer.
En el arte, el hombre se apropia de la realidad por su vivencia subjetiva. En la ciencia, el conocer humano sigue los peldaños de una escalera sin fin, en la que siempre hay conocimientos nuevos sobre el mundo que sustituyen a los antiguos. Es, pues, un camino gradual con ideas que se van sustituyendo unas a otras en secuencia lógica por los conocimientos objetivos más detallados. Por el contrario, el conocimiento y el descubrimiento artísticos surgen cada vez como una imagen nueva y única del mundo, como un jeroglífico de la verdad absoluta. Se presentan como una revelación, como un deseo del artista, un deseo apasionado que refulge repentinamente, un deseo de acogida intuitiva de todas las leyes del mundo, de su belleza y su fealdad, de su humanidad y su crueldad, de su ser ilimitado y de sus límites. Todo esto, el artista lo reproduce en la creación de una imagen que de forma independiente recoge lo absoluto. Con ayuda de esta imagen se fija la vivencia de lo interminable y se expresa por medio de la limitación: lo espiritual, por lo material; lo infinito, por lo finito. Se podría decir que el arte es símbolo de este mundo, unido a esa verdad absoluta, espiritual, escondida para nosotros por la práctica positivista y pragmática.
Si una persona quiere adherirse a un sistema científico determinado, tiene que activar su pensamiento lógico, tiene que dominar un determinado sistema de formación y tiene que saber entender. El arte se dirige a todos, con la esperanza de despertar una impresión que ante todo sea sentida, de desencadenar una conmoción emocional y que sea aceptada. No quiere proponer inexorables argumentos racionales a las personas, sino transmitirles una energía espiritual. Y en vez de una base de formación, también en sentido positivista, lo que exige es una experiencia espiritual.

El arte surge y se desarrolla allí donde hay ese ansia eterna, incansable, de lo espiritual, de un ideal que hace que las personas se congreguen en torno al arte. El arte moderno ha entrado por un camino errado, porque a nombre de la mera autoafirmación ha abjurado de la búsqueda del sentido de la vida. Así, la llamada tarea creadora se convierte en una rara actividad de excéntricos, que buscan tan solo la justificación del valor singular de su egocéntrica actividad. Pero en el arte no se confirma lo individualidad, sino que éste sirve a otra idea, a una idea más general y más elevada. El artista es un vasallo que tiene que pagar los diezmos por el don que le ha sido concedido casi como un milagro. Pero el hombre moderno no quiere sacrificarse, a pesar de que la verdadera individualidad sólo se alcanza por medio del sacrificio. Nos estamos olvidando de ello y así perdemos también la sensibilidad para nuestra determinación como hombres.
Si hablamos de inclinarse hacia la belleza, de que la meta del arte, surgido por el ansia de lo ideal, es precisamente ese ideal, no quiero decir con ello que el arte debe evitar el “polvo” de lo terreno… Todo lo contrario: la imagen artística es siempre un símbolo, que sustituye una cosa por otra, lo mayor por lo menor. Para poder informarse de lo vivo, el artista presenta lo muerto, para poder hablar de lo infinito, el artista presenta lo finito. Un sustitutivo. Lo infinito no es materializable, tan sólo se puede crear una ilusión, una imagen.
Lo terrible está encerrado en lo bello, lo mismo que lo bello en lo terrible. La vida está involucrada en esa contradicción, grandiosa hasta llegar al absurdo, una contradicción que en el arte aparece como unidad armoniosa y dramática a la vez. La imagen posibilita percibir esa unidad, en la que todo se halla contiguo al resto, todo fluye y penetra en lo demás. Se puede hablar de la idea de una imagen, expresar su esencia con palabras. Es posible verbalizar, formular un pensamiento, pero esta descripción nunca le hará justicia. Una imagen se puede crear y sentir, aceptar o rechazar, pero no se puede comprender en un sentido racional. La idea de lo infinito no se puede expresar con palabras, ni siquiera se puede describir. Pero el arte proporciona esa posibilidad, hace que lo infinito sea perceptible. A lo absoluto sólo se accede por la fe y por la actividad creadora. Las condiciones imprescindibles para la lucha del artista hasta llegar a su propio arte son la fe en sí mismo, la disposición de servir y la falta de compromisos externos.

La creación artística exige del artista una verdadera “entrega de sí mismo”, en el sentido más trágico de la palabra. Si el arte trabaja con los jeroglíficos de la verdad absoluta, cada uno de éstos es una imagen del mundo, incluido de una vez para siempre en la obra de arte. Y si el conocimiento científico y frío de la realidad es como un ir avanzando por los peldaños de una escalera sin fin, el conocer artístico recuerda un sistema infinito de esferas interiormente perfectas, cerradas en sí mismas. Las esferas pueden complementarse o contradecirse mutuamente, pero en ningún caso puede una sustituir a otra. Todo lo contrario: se enriquecen mutuamente y forman en su totalidad una esfera especial, más general, que crece hasta el infinito. Estas revelaciones poéticas, de validez eterna, con fundamento en sí mismas, dan testimonio de que el hombre es capaz de conocer y de expresar de quién es imagen.
Además, el arte tiene una función profundamente comunicativa, puesto que la comunicación interpersonal es uno de los aspectos fundamentales de la meta creativa. A diferencia de la ciencia, la obra de arte tampoco persigue un fin práctico de importancia material. El arte es un metalenguaje, con cuya ayuda las personas intentan avanzar la una en dirección a la otra, estableciendo comunicaciones sobre sí mismas y adoptando las experiencias ajenas. Pero tampoco esto hace una ventaja práctica, sino por la idea del amor, cuyo se da en una capacidad de sacrificio enteramente contrapuesta al pragmatismo. Sencillamente, no puedo creer que un artista esté en condiciones de crear sólo por motivos de “autorrealización». La autorrealización sin la mutua comprensión carece de sentido. La autorrealización en nombre de una unión espiritual con los demás es algo atormentador, que no aporta ningún provecho y que en definitiva exige grandes sacrificios de uno mismo. ¿Pero es que no compensa escuchar el propio eco?
Pero quizá la intuición aproxime el arte y la ciencia, estas dos formas de apropiación de la realidad a primera vista tan contradictorias. Es indudable que la intuición en ambos casos juega un papel importante, aunque naturalmente sea algo más propio dentro de la creación poética que de la ciencia.
También el concepto de comprender designa en cada esfera algo totalmente distinto. El comprender en sentido científico significa estar de acuerdo a nivel lógico, de la razón, es un acto intelectual, emparentado con la demostración de un teorema. El comprender una imagen artística significa, por el contrario, recibir la belleza del arte a un nivel emocional, en algunos casos incluso “supra”-emocional.
La intuición del científico, por el contrario, es un sinónimo del desarrollo lógico incluso en los casos en los que aparece como una luz, como una inspiración. Y esto es así porque las variantes lógicas, sobre la base de informaciones dadas, no conectan continuamente con el principio, sino que se perciben como un proceso natural, no como una nueva etapa. Esto quiere decir que el salto consciente en el pensamiento lógico se basa en el conocimiento de las leyes de un campo científico determinado. Y aunque parezca que el descubrimiento científico es una consecuencia de la inspiración, la inspiración del sabio nada tiene que ver con la del poeta. El nacimiento de una imagen artística -una imagen única, cerrada, creada y existente a otro nivel, a un nivel no intelectual- no puede ser explicado por medio de un proceso empírico de conocimiento con ayuda del intelecto. Sencillamente, hay que ponerse de acuerdo en la terminología.
Cuando un artista crea su imagen, está asimismo superando su pensamiento, que es una nada en comparación con la imagen del mundo captada emocionalmente, imagen que para él es una revelación. Pues el pensamiento es efímero, y la imagen, absoluta. Por eso se puede hablar de un paralelismo entre la impresión que recibe una persona espiritualmente sensible y una experiencia exclusivamente religiosa. El arte incide sobre todo en el alma de la persona y conforma su estructura espiritual.
El poeta es una persona con la fuerza imaginativa y la psicología de un niño. Su impresión del mundo es inmediata, por mucho que se mueva por las grandes ideas del universo. Es decir, no “describe” el mundo, el mundo es suyo.
Condición imprescindible para la recepción de una obra de arte es el estar dispuesto y ser capaz de tener confianza, fe, en un artista. Pero en ocasiones resulta difícil superar el grado de incomprensión que nos separa de una imagen poética perceptible exclusivamente por el sentimiento. Lo mismo que en el caso de la fe verdadera en Dios, también esta fe presupone una actitud interior especial, un potencial específico, puro, espiritual.
En este punto, a veces uno recuerda la conversación de Stavrogin y Schatov en Los demonios de Dostoievski:
“Sólo quiero saber si usted mismo cree en Dios o no”. Nikolai Vsevolodovich le miró con severidad.
“Yo creo en Rusia y en su ortodoxia… Yo creo en el Cuerpo de Cristo… Yo creo que su retorno se dará en Rusia…Creo”, tartamudeó Schatov fuera de sí.
“Y, ¿en Dios? ¿En Dios?”
“Yo… creeré en Dios”.
¿Qué se puede añadir? De forma absolutamente genial se ha recogido aquí esa confusa situación anímica, ese empobrecimiento interior, esa incapacidad, que cada vez se va convirtiendo en irremisible característica del hombre moderno, al que se puede calificar de impotente en su interior.
Lo bello queda oculto a los ojos de aquellos que no buscan la verdad. Precisamente el vacío interior de quien percibe el arte y lo juzga sin estar dispuesto a reflexionar sobre el sentido y la finalidad de la existencia de éste, ese vacío seduce la cuenta y lleva a una fórmula vulgar y simplista, al “¡No gusta!! o “¡No interesa!” Un argumento fuerte, pero es el argumento de quien ha nacido ciego e intenta describir un arco iris. Queda absolutamente sordo al padecimiento que sufre un artista para comunicar a los demás la verdad que experimenta en ello.
Pero, ¿qué es la verdad?
Una de las características más tristes de nuestro tiempo es, en mi opinión, el hecho de que hoy en día una persona corriente queda definitivamente separada de todo aquello que hace referencia a una reflexión sobre lo bello y lo eterno. La moderna cultura de masas-una civilización de prótesis-, pensada para el “consumidor”, mutila las almas, cierra al hombre cada vez más el camino de las cuestiones fundamentales de su existencia, hacia el tomar conciencia de su propia identidad como ser espiritual. Pero el artista no puede, no debe permanecer sordo ante la llamada de la verdad, que es lo único capaz de determinar y disciplinar su voluntad creadora. Sólo así se obtiene la capacidad de transmitir su fe también a otros. Un artista sin esa fe es como un pintor que hubiera nacido ciego.
Sería falso decir que un artista “busca” su tema. El tema va madurando en él como un fruto y le impulsa hacia la configuración. Es como un parto. El poeta nada tiene de lo que pudiera estar orgulloso. No es dueño de la situación, sino su vasallo, su servidor; la creatividad es para él la única forma de vida posible, y cada una de sus obras supone un acto al que no se puede negar libremente. La sensibilidad para la necesidad de ciertos pasos lógicos y para las leyes que los rigen sólo aparece cuando existe la fe en un ideal; sólo la fe apoya el sistema de las imágenes (o, lo que es lo mismo, el sistema de la vida).
Al contrario de lo que se suele suponer, la determinación funcional del arte no se da en despertar pensamientos, transmitir ideas o servir de ejemplo. La finalidad del arte consiste más bien en preparar al hombre para la muerte, conmoverle en su interioridad más profunda.
Cuando el hombre se topa con una obra maestra, comienza a escuchar dentro de sí la voz que también inspiró al artista. En contacto con una obra de arte así, el observador experimenta una conmoción profunda, purificadora. En aquella tensión específica que surge entre una obra maestra de arte y quien la contempla, las personas toma conciencia de los mejores aspectos de su ser, que ahora exigen liberarse. Nos reconocemos y descubrimos a nosotros mismos: en ese momento, en lo inagotable de nuestros propios sentimientos.
Una obra maestra es un juicio -en su validez absoluta- perfecto y pleno sobre la realidad, cuyo valor se mide por el grado en que consiga expresar la individualidad humana en relación con lo espiritual.
¡Qué difícil es hablar de una gran obra! Sin duda, además de un sentimiento muy general de armonía, existen otros criterios claros que nos permiten descubrir una obra maestra dentro de la masa de otras obras. Además, el valor de una obra maestra es relativo, en relación con el que lo recibe. Normalmente se cree que la importancia de una obra de arte se puede medir por la reacción de las personas frente a esta obra, por la relación que resulta entre ella y la sociedad. En términos generales, esto es cierto. Pero lo paradójico es la obra de arte, en ese caso, depende totalmente de quienes la reciben, de que esa persona sea capaz o incapaz de descubrir, de percibir lo que une la obra con el mundo en su totalidad y con una individualidad humana dada, que es el resultado de sus propias relaciones con la realidad. Goethe tiene toda la razón cuando dice que es tan difícil leer un libro como escribirlo. No puede existir una pretensión de objetividad del propio juicio, de la propia opinión. Cada posibilidad, aunque sea sólo relativamente objetiva, de un juicio está condicionada por una variedad de interpretaciones. Y si una obra de arte tiene un valor jerárquico a los ojos de la masa, de la mayoría, esto suele ser el resultado de circunstancias casuales y resulta por ejemplo del hecho de que aquella obra de arte tuvo suerte con quienes la interpretaron. Por otra parte, las afinidades estéticas de una persona en muchos casos dicen mucho más sobre la propia persona que sobre la obra de arte en sí.

Quien interpreta una obra de arte, normalmente centra su atención en un campo determinado para ilustrar en él su propia posición, pero en muy pocas ocasiones parte de un contacto emocional, vivo, inmediato, con la obra de arte. Para una recepción así, pura, haría falta una capacidad fuera de lo común para llegar a un juicio original, independiente, “inocente” -por llamarlo de algún modo-; pero el hombre normalmente busca confirmación de la propia opinión en el contexto de ejemplos y fenómenos que ya conoce, por lo que juzga las obras de arte por analogía con sus ideas subjetivas o con experiencias personales. Por otro lado, la obra de arte cobra, gracias a la multiplicidad de los juicios que sobre ella se emiten, una vida cambiante, variopinta, se enriquece, y así llega a obtener una cierta plenitud de vida.
“… Las obras de los grandes poetas aún no han sido leídas por la humanidad -sólo los grandes poetas son capaces de leerlas-. Las masas, sin embargo, las leen como si leyeran las estrellas…; si hay suerte, como astrólogos, pero no como astrónomos. A la mayoría de las personas se les enseña a leer sólo para su propia comodidad, como si se les enseñara a contar para que puedan comprobar las cuentas y no ser engañados. Pero del leer como noble ejercicio intelectual no tienen idea; además, sólo hay una cosa que se pueda llamar leer en el más alto sentido de la palabra: no aquello que nos adormece narcotizando nuestros más altos sentimientos, sino aquello a lo que hay que acercarse de puntillas, aquello a lo que dedicamos nuestras mejores horas de vigilia”.
Así decía Thoreau en una página de su maravilloso Walden.
Lo bello, lo pleno en el arte, la maestría se produce, en mi opinión, cuando ni en las ideas ni en la estética se puede entresacar o destacar algo sin que sufra la totalidad. En una obra maestra es imposible preferir determinadas partes a otras. Es imposible “tomar de la mano” a su creador a la hora de formular los objetivos y las funciones que van a tener valor definitivo. En este sentido, Ovidio escribía que el arte consiste en que uno no lo perciba, y Engels decía: “Cuanto más escondidas estén las intenciones del autor, tanto mejor para el arte…”
De modo muy similar a cualquier organismo, también el arte vive y se desarrolla en la pugna entre elementos contrapuestos. En este campo, las partes contrarias se entremezclan y van perpetuando la idea casi hasta el infinito. Esta idea, que hace de una obra arte, se esconde en el equilibrio de las contradicciones que la constituyen. Por ello, una “victoria” definitiva sobre la obra de arte, la claridad inequívoca de su sentido y sus funciones es imposible. Por este motivo decía Goethe que una obra de arte es tanto más elevada cuanto más inaccesible es a un juicio.
Una obra de arte es un espacio cerrado, ni demasiado ni caliente en exceso. Lo bello es el equilibrio entre las partes. Lo paradójico es que una creación de esta clase desata asociaciones cuanto más perfecta es. Lo perfecto es algo único. O está en condiciones de producir una cantidad prácticamente infinita de asociaciones, lo que al fin y al cabo es lo mismo.
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El dolor salvaje de ser hombres
Me desperté con deseos de mirar una película. Bergman sería muy denso para sobrevivir a la mañana. Tarkovski me arrojaría a universo difícil de escapar. Lars Von Trier me perturbaría un poco. Fui descartando película a película, hasta llegar a Teorema de Pier Paolo Pasolini. La redención del día. Deseé escribir nuevamente acerca de este director que llegó a fascinarme realmente por su fuerte vínculo con la tradición, como si trasgrediese los valores contemporáneos, como uno de los más modernos de todos los directores. Pero recordé que hace 6 años escribí acerca de él, y este es el rescate de un blog extinto.

Una muerte terrible. Con el corazón estallado dentro de un cuerpo destruido de la manera más brutal, así encontraron a Pasolini en una tierra baldía hace treinta años. Aunque el hecho nunca fue esclarecido del todo, lo único claro y definitivo y sin misterios fue la extinción de uno de los hombres que encarnaron la libertad, la rebeldía, el descaro de asumir sus posiciones vitales más allá del lenguaje, sin cobardías y encendido todo el tiempo por un espíritu fecundo e incansable. No obstante traspasó las fronteras de Italia como director de cine, Pier Paolo Pasolini nunca dejó de trasmitir su visión de poeta en cada acto creativo o intelectual. Dacia Maraini, escritora y amiga del Pasolini cuenta que no podía estar quieto, era un dínamo desde que comenzaba el día. un espíritu creador que incursionó en el cine, poesía, narrativa, ensayo , además de una militancia en la izquierda, que incomodaba a muchos comunistas de su época.
En la mayoría de sus películas nos enrostra nuestras catástrofes espirituales. Las búsquedas fallidas a través de un mundo que nos aplasta sin ningún tipo de cinismos, arrastrándonos a la desesperación, guiada siempre por nuestras pasiones más luminosas y oscuras. Pero Pasolini no se mueve alrededor de nuestros abismos gratuitamente. Entra, los desentraña y nos ofrece una vía de “redención” con una violencia expresiva y estremecedora.
El enfrentamiento entre la “falsa mitología” contemporánea, llena de valores decadentes que hunden al ser humano en un individualismo autista, y la mitología que nos reafirma como hombres es una lucha constante entre sus personajes. La redención a través de redescubrir nuestros mitos, que sobreviven en el subconsciente a cualquier acontecimiento histórico o cotidiano.
Algunos de sus filmes se basaron en relatos de la literatura clásica. La trilogía de la vida y el sexo: El Decameron de Bocaccio, Los cuentos de Canterbury de Chaucer y las Mil y Una Noches fueron filmados sin ningún tipo de censura, al igual que todos sus trabajos y escritos. Osadía que le costó varios procesos y pleitos con las instituciones religiosas y gubernamentales, muy amantes de la moral que acepta las perversiones ocultas pero no la condición humana desnuda.
Otras de sus producciones se centran en el abandono y la soledad de los hombres y sus aspiraciones en las grandes ciudades. Vivir aplastados por nuestros propios sueños, como en Mamma Roma. No creía en las esperanzas que eran coartadas.
“Teorema” es la transformación de los hombres representados en una familia que acoge a un joven encantador. Una especie de “mesías”, que no libera con su palabra de la absurda existencia vacía y sin sentido de toda la familia, sino un hombre que le muestra un camino de “liberación” diferente para cada uno. La locura, el arte, la beatitud y la muerte puede ser también la redención extrema.
La muerte. El extremo de la experiencia humana es liberación, una forma de ser definitivamente, pero también se convierte en el paroxismo de la bestia humana, cuando es asesinato y crimen. En su última película Saló o las 120 jornadas de Sodoma, la muerte es la culminación extática del poder. Los hechos son ambientados en el último reducto fascista de Italia, donde se reúnen las autoridades del régimen y secuestran adolescentes vírgenes para cometer actos de sadismo extremo. Para muchos, la película les puede parecer repulsiva, pero el arte no trata nunca de mostrar la belleza sublime del hombre, sino de conmovernos, de remecernos en nuestros asientos con lo terrible, lo atroz, lo repulsivo para comprendernos más como la bestia que empezó su carrera autodestructiva hace muchos siglos. En la búsqueda del placer a través de la negación del otro, no queda otro camino que el exceso, un exceso que no conlleva a la sabiduría, simplemente al horror de la sangre y del crimen. A la exploración de los tormentos del cuerpo, a la fantasía de asesinarnos y asesinar nuestra imposibilidad de ser eternos a través de los otros.

El dolor salvaje de ser hombres arrojados a este mundo, que encierra y condena a los hombres libres, lo sufrió sin claudicar a su espíritu fecundo. Pasolini al igual que Sade sufrió la persecución por enrostrarnos nuestro espíritu enfermo. Y fue asesinado brutalmente. Así exista alguien que se declaró culpable el crimen nunca fue resuelto.
Y acerca de Pasolini se puede seguir hablando interminablemente. De sus procesos; de Medea y la venganza y su diva María Callas (amamos tanto a Callas); su gusto por el fútbol; su hermano Guido muerto por los comunistas siendo él comunista; sobre Edipo y la profunda relación con su madre que cuando lo tuvo para él solo, el día que murió su padre, un militar severo y cruel, fueron al cine juntos y su madre se pintó por primera vez los labios(amaba a su madre hasta el extremo de que no podía estar con otras mujeres porque imaginaba que estaba con su madre); su expulsión del partido comunista; las imágenes de los desiertos áridos; la obsesión con los niños como un objeto erótico porque creía sólo en la inocencia; su revaloración de los dialectos que mantenían a los pueblos vivos; la poesía y su opera omnia; sus ensayos contra la iglesia; su rechazo al éxito de sus películas en las mayorías; su castillo y …de la muerte que le revelaba a cada instante su oráculo, e incluso hay una toma cuando filma Edipo de un cuerpo arrojado en un terreno desértico como una imagen que profetizaba su muerte…
Y escribió sobre la muerte:
Es pues absolutamente necesario morir, ya que mientras vivimos carecemos de sentido, y el lenguaje de nuestra vida (con el que nos expresamos, y al que, por tanto, atribuimos máxima importancia) es intraducible: un caos de posibilidades, una búsqueda de relaciones y de significados sin solución de continuidad. La muerte realiza un fulmíneo montaje de nuestra vida, o sea, elige los momentos realmente significativos (y ya no modificables con otros posibles momentos contrarios o coherentes), y los pone en sucesión, convirtiendo nuestro presente, infinito, inestable e incierto, y por tanto lingüísticamente no descriptible, en un pasado claro, estable, cierto, y por tanto lingüísticamente bien descriptible (en el ámbito de una Semiología General). Sólo gracias a la muerte nuestra vida nos sirve para expresarnos.
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Etiquetas: cine italiano, pasolini, salo, teorema
A la mierda el realismo sucio, expresé cuando estuve leyendo una de sus novelas de Bukowski. Abrí la ventanilla del bus y arrojé el libro al desierto. Había pasado varios años leyendo sus libros de relatos, de poemas y novelas, sin haberlo convertido en mi escritor de cabecera. Aunque siempre me pareció un escritor mediocre, que tenía unos relatos muy buenos, como El hijo de Satanás o Cass, la chica más bella de la ciudad, que justificaban todos sus relatos. O la novela La senda del Perdedor, que se convierte en una desgarradora educación sentimental de un muchacho que decide colocarse al margen, porque tiene que aprender a sobrellevar su posición en el mundo. O decenas de poemas que llevaba a los marginados y las experiencias intraducibles a la literatura. Ese mismo año, el verano del 2004, había visto al escritor en una estación de autobuses. Y decidí no viajar. Al llegar a mi casa, escribí este encuentro con el escritor maldito. Ahora, lo pienso. Mejor lo hubiese titulado: Adiós, Bukowski. Y este encuentro no fue un delirium tremens. ¿ O sí?
El bus aun no sale. Las personas en la sala de espera hacen cualquier cosa para matar el tiempo. El premier se consume por completo entre mis dedos; es mentira que el tiempo pasa más lento mientras uno fuma, sólo que de alguna forma debemos matar los nervios o la ansiedad. Recorro todos los rostros y veo al viejo escritor sentado junto a la pared. Creí que había muerto hace casi diez años. Y allí estaba, viajando en buses baratos hacia cualquier parte del Perú.
Feo y desaliñado, bebe licor de una botella de plástico azul. Nos mira. Sus ojos son cuchillos para extirpar la poesía feroz que está oculta en la vida. La vida que está en todos lados, como única vida posible, desnuda y total. Y escribió sobre esta experiencia en las márgenes de las ciudades, allí donde nadie se atrevió a hacer literatura. Y fue rechazado un montón de veces por los editores hasta que alguien dijo: eh, mira, sí qué este tío es bueno. Y empezó a publicar libros con títulos bizarros.
Es un tipo despreciable, me dijo la mujer sentada a mi costado. Está aquí desde ayer, creo que espera a alguien, se acercó a susurrarnos la mujer de limpieza. Recuerdo los comentarios desagradables que había leído o escuchado sobre él. No sabe escribir, no tiene educación literaria, es un grosero, su prosa es asquerosa y lo que escribe es insano, es un vagabundo que sufrió un atentado por mujeres feministas, es un viejo de mierda …y se murió como un perro, amado por muchos y odiado por pocos.
Quise acercarme. Necesitaba saber si seguía opinando sobre qué haría si el mundo se acabase en estos momentos. Él siempre respondía que no haría nada por la Gente; sólo les aconsejaría que lleven dinero para su colectivo. No sé me ocurrió otra pregunta. Está borracho, me advirtió la señora, pero si habla con él, dígale que se largue de aquí, que este lugar no es su casa ni un asilo. La vieja lo detestaba por su saco viejo, su barba crecida y su nariz de alcohólico.
Dejé mi mochila en el incómodo asiento de plástico y me acerqué a pedirle fuego. Señor Charles Bukowski, dije en un inglés imperfecto que estaba más cerca del balbuceo, ¿tiene fuego? No se sintió descubierto. Sacó un encendedor de su bolsillo, con indiferencia. Y cuando estaba punto de encender el cigarro, la señora de la limpieza se acercó con la escoba en alto, como un caballero de una Cruzada posmoderna, señalando el molesto letrero de NO FUMAR, imperceptible.
El escritor se levantó, estirando sus brazos como si se despertase de un sueño pesado. Y cuando ya se disponía a largarse, le pregunté a quién esperaba o a dónde iba. Sin detenerse en su huida, carraspeó la voz y escupió la frase: No hay camino hacia el paraíso…
Me quedé parado en la salida de autobuses. Esa noche decidí no viajar hacia ningún lado.
(2004)
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Etiquetas: bukowski, cronica urbana, realismo sucio
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