Hace más de 40 años, el pensamiento aun tenía espacio en el mundo; aun no había privilegiado la reflexión como un mero juego de espejos que distorsionan la realidad para vernos cuán grotescos podríamos convertirnos en los discursos de la posmodernidad. Foucault ha sido uno de los filósofos expertos en develar todos los discursos del Poder, oculto en todas las instituciones sociales.ADN Cultura publica una entrevista inédita a Michael Foucault, donde afirma que “El hombre sabe que es destructible y corruptible. Se trata de taras que ni siquiera la mente más lógica podría racionalizar. Por eso el hombre se vuelve hacia otras formas de comportamiento que lo hacen sentirse omnipotente. A menudo son de naturaleza sexual.”

Michel Foucault: la máxima aspiración del poder es la inmortalidad

Jerry Bauer

¿Por qué usted, sin ser antropólogo, se interesa más, desde un punto de vista filosófico, en la estructura de las instituciones que en los mecanismos evolutivos?

-Lo que trato de hacer -y siempre traté de hacer desde mi primer verdadero libro, Historia de la locura en la época clásica- es poner en tela de juicio por medio de un trabajo intelectual diferentes aspectos de la sociedad, mostrando sus debilidades y sus límites. De todas maneras, mis libros no son proféticos y tampoco un llamado a las armas. Me irritaría intensamente que pudiera vérselos bajo esa luz. La meta que se proponen es explicar del modo más explícito -aun cuando a veces el vocabulario sea difícil- las zonas de la cultura burguesa y las instituciones que influyen directamente sobre las actividades y los pensamientos cotidianos del hombre.


-La palabra clave de todos sus libros parece ser “poder”, ya se lo entienda en el sentido de poder disciplinario, poder de la medicina mental o poder omnipotente de la pulsión sexual?

-Está claro, procuré definir las estrategias del poder en ciertos ámbitos. Por ejemplo, Vigilar y castigar se inicia con un “teatro del terror”, la puesta en escena espectacular que acompañaba las ejecuciones públicas hasta el siglo pasado. Se suponía que ese ceremonial clamoroso y carnavalesco en el cual la mano omnipotente de la justicia hacía ejecutar la sentencia bajo la mirada de los espectadores grababa su mensaje de manera indeleble en las mentes de éstos. Con frecuencia el castigo excedía la gravedad del delito, y de ese modo se reafirmaban la supremacía y el poder absoluto de la autoridad. En nuestros días el control es menos severo y más refinado, pero no por ello menos aterrador. Durante el transcurso de nuestra vida todos estamos atrapados en diversos sistemas autoritarios; ante todo en la escuela, después en nuestro trabajo y hasta en nuestras distracciones. Cada individuo, considerado por separado, es normalizado y transformado en un caso controlado por una IBM. En nuestra sociedad, estamos llegando a refinamientos de poder en los que ni siquiera habrían soñado quienes manipulaban el teatro del terror.

-¿Y qué podemos hacer?

-El punto en que nos encontramos está más allá de cualquier posibilidad de rectificación, porque la concatenación de esos sistemas ha seguido imponiendo este esquema hasta hacerlo aceptar por la generación actual como una forma de la normalidad. Sin embargo, no se puede asegurar que sea un gran mal. El control permanente de los individuos lleva a una ampliación del saber sobre ellos, el cual produce hábitos de vida refinados y superiores. Si el mundo está en trance de convertirse en una suerte de prisión, es para satisfacer las exigencias humanas.

-No sólo crítico, usted es, además, un rebelde.

-Pero no un rebelde activo. Jamás desfilé con los estudiantes y los trabajadores, como lo hizo Sartre. Creo que la mejor forma de protesta es el silencio, la total abstención. Durante mucho tiempo me parecieron intolerables los aires que se daban algunos intelectuales franceses y que les flotaban encima de la cabeza como las aureolas en algunos cuadros de Rafael. Por eso me fui de Francia. Me marché a un exilio total y maravilloso, primero en Suecia, donde dicté clases en la Universidad de Uppsala, y después en un lugar que es todo lo contrario, Túnez, donde viví en Sidi Bou Said. De esa luz mediterránea puede decirse sin lugar a dudas que acentúa la percepción de los valores. En África del Norte se toma a cada uno por lo que vale. Cada uno debe afirmarse por lo que dice y hace, no por lo que ha hecho o por su renombre. Nadie pega un salto cuando se dice “Sartre”.

-Ahora usted es aclamado como el lógico sucesor de Sartre?

-Sartre no tiene sucesores, así como yo no tengo predecesores. Su intelectualismo es de un tipo extremadamente inusual y particular. Y hasta incomparable. Pero el mío no es de ese tipo. No siento ninguna compatibilidad con el existencialismo tal como lo definió Sartre. El hombre puede tener un control completo de sus propias acciones y su propia vida, pero hay fuerzas capaces de intervenir que no pueden ignorarse. Para serle franco, prefiero la sensibilidad intelectual de R. D. Laing. En su ámbito de competencia, Laing tiene algo que decir y lo vuelca en el papel con claridad, espíritu e imaginación. Habla en función de su experiencia personal, pero no hace profecías. ¿Por qué, entonces, habríamos de formular profecías, cuando éstas rara vez se cumplen? De la misma manera, admiro a Chomsky. Tampoco él profetiza: actúa. Participó activamente en la campaña norteamericana contra la Guerra de Vietnam, con sacrificio de su trabajo pero en el marco de su profesión de lingüista.

-Aparentemente, usted insiste mucho en la vida mental opuesta a la vida física.

-La vida mental abarca todo. ¿No dice Platón más o menos esto: “Jamás estoy tan activo como cuando no hago nada”? Hacía referencia, desde luego, a las actividades intelectuales, que en el plano físico casi no exigen, tal vez, otra cosa que rascarse la cabeza.

-¿Sus intereses siempre fueron filosóficos?

-Como mi padre, me incliné hacia la medicina. Pensaba especializarme en psiquiatría, por lo cual trabajé tres años en el hospital Sainte-Anne de París. Tenía veinticinco años, era muy entusiasta -idealista, por así decirlo- y contaba con una buena cabeza y un montón de grandes ideas. ¡Aun en ese momento! Fue entonces cuando conocí a alguien a quien llamaré Roger, un internado de veintidós años. Lo habían mandado al hospital porque sus padres y amigos temían que se hiciese mal y terminara por autodestruirse durante una de sus frecuentes crisis de angustia violenta. Nos hicimos buenos amigos. Lo veía varias veces al día durante mis guardias en el hospital, y empezó a caerme simpático. Cuando estaba lúcido y no tenía problemas, parecía muy inteligente y sensato, pero en algunos otros momentos, sobre todo los más violentos, era preciso encerrarlo. Lo trataban con medicamentos, pero ese tratamiento demostraba ser insuficiente. Un día me dijo que nunca lo dejarían irse del hospital. Ese horrible presentimiento provocaba un estado de terror y éste, a su vez, generaba angustia. La idea de que podía morir lo inquietaba mucho y llegó a pedir que le hicieran un certificado médico donde constara que nunca lo dejarían morir; como está claro, la solicitud se consideró ridícula. Su estado mental se deterioró y al final los médicos llegaron a la conclusión de que, si no se intervenía con rapidez de la forma que fuera, se mataría. Así, con el consentimiento de su familia, procedieron a hacer una lobotomía frontal a ese joven excepcional, inteligente, pero incontrolable? Por más que el tiempo pase, y haga yo lo que haga, no consigo olvidar su rostro atormentado. Muchas veces me pregunté si la muerte no era preferible a una no existencia, y si no se nos debería brindar la posibilidad de hacer lo que queramos con nuestra vida, sea cual fuere nuestro estado mental. En mi opinión, la conclusión evidente es que aun el peor dolor es preferible a una existencia vegetativa, porque la mente tiene realmente la capacidad de crear y embellecer, incluso a partir de la más desastrosa de las existencias. De las cenizas siempre surgirá un fénix?

-Lo veo optimista.

-En teoría, pero la teoría es la práctica de la vida. En el fondo de nosotros mismos sabemos que todos los hombres deben morir. La meta inevitable hacia la cual nos dirigimos desde el momento en que nacemos queda entonces demostrada. De todas formas, la opinión común parece ser diferente: todos los hombres se sienten inmortales. ¿Por qué, si no, seguirían los ricos abultando sus cuentas bancarias y haciéndose construir suntuosas viviendas? La inmortalidad parecería ser la preocupación del momento. Por ejemplo, algunos científicos están muy atareados en calcular, por medio de máquinas de alta tecnología, acontecimientos que deberían verificarse dentro de millares de años. En los Estados Unidos hay un interés creciente por la hibernación del cuerpo humano, al que en una época ulterior debería volver a llevarse a la temperatura normal. Cada año la preocupación por la inmortalidad aumenta, aunque una cantidad cada vez más grande de personas mueran de un infarto a causa del tabaco y la alimentación excesiva. Los faraones nunca encontraron la solución al problema de la inmortalidad, ni siquiera cuando se hicieron enterrar con sus riquezas, que esperaban llevar consigo. Dudo mucho de que seamos nosotros quienes resolvamos ese problema. Algunas palabras bien escogidas pueden ser más inmortales que una masa de ectoplasma congelado?

-¿Y estamos de nuevo hablando del poder?

-Alcanzar la inmortalidad es la máxima aspiración del poder. El hombre sabe que es destructible y corruptible. Se trata de taras que ni siquiera la mente más lógica podría racionalizar. Por eso el hombre se vuelve hacia otras formas de comportamiento que lo hacen sentirse omnipotente. A menudo son de naturaleza sexual.

-Usted ha hablado de ellas en el primer volumen de su Historia de la sexualidad .

-Algunos hombres y algunas sociedades consideran que mediante la imposición de controles a las manifestaciones sexuales y el acto sexual es posible imponer el orden en general. Se me ocurren varios ejemplos. Hace poco, en China se propusieron lanzar una campaña en las escuelas contra la masturbación de los jóvenes, una iniciativa que invita a trazar una comparación con la campaña que la Iglesia emprendió en Europa hace prácticamente dos siglos. Me atrevería a decir que hace falta un Kinsey chino para descubrir cuál fue el éxito obtenido. ¡Sospecho que esto es como prohibirle a un pato acercarse al agua! En Rusia, la homosexualidad es aún un gran tabú, y de ser sorprendido en flagrante delito de violación de la ley uno termina en la cárcel y en Siberia. De todas formas, en Rusia hay probablemente tanta homosexualidad como en otros países, pero sigue encerrada en el clóset. Objetivamente, es muy curioso que para desalentar la homosexualidad se encierre a los culpables en la cárcel, en estrecho contacto con otros hombres? Se dice que en la calle Gorki hay tanta prostitución de ambos sexos como en la place Pigalle. Como siempre, la represión no ha conseguido sino hacer más seductores los encuentros sexuales, y aún más excitante el peligro cuando se lo corre con éxito. La prostitución y la homosexualidad están explotando tanto en Rusia como en las otras sociedades represivas. Es poco común que sociedades como ésas, sedientas de poder como suelen serlo, tengan en esos ámbitos visiones intuitivas.

-¿Por qué elegir el sexo como chivo expiatorio?

-¿Y por qué no? El sexo existe y representa el noventa por ciento de las preocupaciones de la gente durante gran parte de las horas de vigilia. Es el impulso más fuerte que se conozca en el hombre; en diferentes aspectos, más fuerte que el hambre, la sed y el sueño. Disfruta incluso de cierta mística. Se duerme, se come y se bebe con otros, pero el acto sexual -al menos en la sociedad occidental- se considera como una cuestión del todo personal. Por supuesto, en ciertas culturas africanas y aborígenes se lo trata con la misma desenvoltura que a los demás instintos. La Iglesia heredó los tabúes de las sociedades paganas, los manipuló y elaboró doctrinas que no siempre se fundan en la lógica o la práctica. Adán, Eva y al mismo tiempo la serpiente perversa se convirtieron en imágenes en blanco y negro de comprensión inmediata, que podían constituir un punto de referencia aun para las mentes más simples. El bien y el mal tenían una representación esencial. La significación de “pecado original” pudo grabarse de manera indeleble en las mentes. ¿Quién habría podido prever que la imagen residual iba a sobrevivir durante tantos siglos? […]

-¿A qué o a quién atribuye usted la erosión de la influencia ejercida por la Iglesia y la mayor comprensión hacia cualquier forma de práctica sexual?

-No podemos subestimar la influencia de un señor que se llama Freud. Sus teorías no siempre eran ciento por ciento correctas, pero en cada una de ellas había una parte de verdad. Freud trasladó la confesión de la rígida retórica barroca de la Iglesia al relajante diván del psicoanalista. La imagen de Dios ya no vino a resolver los conflictos: dejó su lugar al individuo mismo a través de la comprensión de sus actos. Esa resolución ya no era algo que podía obtenerse en cinco minutos de alguien que se declaraba superior porque estaba al servicio de una fuerza más elevada. Freud jamás tuvo esas pretensiones. El individuo debía ser su propio dios, por lo cual la responsabilidad de la culpa recaía por entero sobre sus hombros. ¡Y la responsabilidad siempre es lo más difícil de aceptar!

-¿No cree usted que el psicoanálisis se ha convertido en un instrumento expiatorio fácil para nuestro problema?

-Esa tendencia existe, pero más preocupante es quizás el hecho de que el psicoanálisis ya no sea un instrumento sino una fuente de motivación. Freud elaboró una teoría relativa a la precoz naturaleza sexual de los niños. Como es obvio, los psiquiatras no esperaban que los niños se prestaran a verdaderos actos sexuales; de todas maneras, no resultaba tan fácil explicar su manera de chupar el pecho o la búsqueda automática de tal o cual parte erógena de su propio cuerpo. Por desgracia, a continuación se llegaron a connotar en términos sexuales hasta la comida del niño, las historietas que leía o los programas de televisión que miraba. Sería fácil concluir que en todo eso los psicoanalistas leían más de lo que realmente había. Así, esos niños quedan hoy encuadrados por un mundo sexualmente orientado -creado por accidente para ellos y no por ellos-, un mundo que, en esta fase del desarrollo, les ofrece bien pocas ventajas.

-En su último libro, Herculine Barbin llamada Alexina B. , usted despliega el tema del cambio de sexo.

-Estaba haciendo algunas investigaciones para la Historia de la sexualidad en los archivos del departamento de Charente-Maritime cuando me cayó en las manos la extraordinaria relación del caso de una mujer cuyo estado civil debió rectificarse y a la que hubo que anotar como hombre. Los casos de cambio de sexo son corrientes en nuestra época, pero en general se trata de hombres que se convierten en mujeres. Vienen a la mente de inmediato ejemplos como el de Christine Jorgensen, que después fue actriz, o el de la célebre Jan Morris. Como sea, la mayoría de las mujeres transformadas en hombres tenían, al parecer, los órganos de los dos sexos y la transformación estaba determinada por la preponderancia de la hormona masculina o la hormona femenina. El caso de Alexina B. fue extraordinario no sólo debido al aspecto físico, sino también a la masa de documentos exhaustivos y de acceso inmediato: esencialmente, informes de médicos y abogados. En consecuencia, pude estudiarlo en sus grandes líneas. Alexina B. descubrió la incongruencia de su propia personalidad cuando se enamoró de otra mujer. Si se tiene en cuenta que esto sucedía en el siglo XIX y, más aún, en una pequeña ciudad de provincia, es interesante advertir que ella no procuró reprimir sus sentimientos como desviaciones homosexuales y dejar todo como estaba. De haber sido así, no habría nada que escribir sobre el tema?

-Al parecer, usted siente una fascinación intensa por la exposición cronológica y el análisis de un acontecimiento real. También ha publicado Yo, Pierre Rivière, habiendo degollado a mi madre, mi hermana y mi hermano?

-Medio siglo, pero pocos kilómetros, separan a Pierre Rivière de Herculine Barbin. En cierto sentido, ambos reaccionaban contra el medio y la clase social en los que habían nacido. No considero que el acto de Pierre Rivière -si bien engloba un matricidio y tres homicidios- sea la afirmación de una mente atormentada o criminal. Es una manifestación de increíble violencia si se la compara con la de Herculine, pero la sociedad campesina normanda en la cual creció Pierre aceptaba la violencia y la degradación humanas como un elemento de la vida cotidiana. Pierre era un producto de su propia sociedad, así como Herculine lo era de su sociedad burguesa y nosotros lo somos de nuestro medio sofisticado y mecanizado. Después de cometido su crimen, Pierre podría haber sido capturado con mucha facilidad por los demás habitantes de la aldea, pero éstos tenían la sensación de que no era un deber de la colectividad administrar justicia por su propia cuenta. Estaban convencidos de que era el padre de Pierre quien debía asumir el papel de vengador y rectificar la situación. Algunos críticos consideraron mi libro sobre Pierre Rivière como una reafirmación de la teoría existencial, pero en mi opinión eso es absurdo. Veo a Pierre como la imagen de la fatalidad de su tiempo, exactamente como Herculine reflejaba el optimismo de fines del siglo pasado, cuando el mundo era fluido y podía pasar cualquier cosa, cualquier locura.

-Pero Pierre Rivière podría convertirse fácilmente en una ilustración clínica extraída de la Historia de la locura en la época clásica ?

-La psiquiatría contemporánea sostendría que Pierre se vio obligado a cometer su horrible crimen. Pero ¿por qué debemos situarlo todo en el límite entre salud mental y locura? ¿Por qué no podríamos aceptar la idea de que hay personas totalmente amorales que caminan por la calle y son absolutamente capaces de cometer homicidios o infligir mutilaciones sin experimentar sentimiento de culpa o escrúpulo de conciencia algunos? ¿Hasta qué punto Charles Manson está loco, hasta qué punto los asesinos de niños que deambulan en libertad por Inglaterra están locos? O, en una escala mucho más grande, ¿cuál era el grado de locura de Hitler? La psiquiatría puede llegar a conclusiones basadas en tests, pero aun el mejor de estos puede falsificarse. Yo me limito a sostener que todo debe juzgarse desde su propia perspectiva y no en función de precedentes eventualmente verificados. En la Historia de la locura traté, en sustancia, de investigar la aparición del concepto moderno de enfermedad mental y de las instituciones psiquiátricas en general. Me incliné a incorporar mis reflexiones personales sobre la locura y sus relaciones con la literatura, sobre todo cuando afectaba a grandes figuras como Nietzsche, Rousseau y Artaud. ¿Puede una forma de locura originarse en la soledad impuesta por la profesión literaria? ¿Es posible que la composición química de un escritor estimule metabólicamente las raíces de la locura? Éstas no son, por cierto, preguntas que puedan encontrar respuesta mediante una simple presión sobre el teclado de una computadora IBM.

-¿Cuál es su posición con respecto a los diferentes movimientos de liberación sexual?

-El objetivo fundamental que se proponen es digno de admiración: producir hombres libres e ilustrados. Pero justamente el hecho de que se hayan organizado con arreglo a categorías sexuales -la liberación de la mujer, la liberación homosexual, la liberación de la mujer en el hogar- es en extremo perjudicial. ¿Cómo se puede liberar efectivamente a personas que están ligadas a un grupo que exige la subordinación a ideales y objetivos específicos? ¿Por qué el movimiento de liberación de la mujer sólo debe reunir a mujeres? Para serle franco, ¡no estoy seguro de que aceptaran la adhesión de los hombres! Muchas veces, las filiales locales de los movimientos homosexuales son en la práctica clubes privados. La verdadera liberación significa conocerse a sí mismo y con frecuencia no puede alcanzarse por intermedio de un grupo, sea cual fuere.

-Hasta ahora la acción de masas parece haber sido eficaz.

-De todas formas, el pensamiento individual puede mover montañas? y hasta doblar cucharas. Y es el conocimiento el que estimula el pensamiento. Por eso, en libros como Las palabras y las cosas La arqueología del saber traté de estructurar de manera orgánica el saber en esquemas de comprensión y acceso inmediatos. La historia es saber y, por lo tanto, los hombres pueden conocer a través de ejemplos de qué manera, en el transcurso de épocas pasadas, se afrontó la vida y se resolvieron sus problemas. La vida misma es una forma de autocrítica, dado que, aun en las más mínimas elecciones, es preciso efectuar una selección en función de múltiples estímulos. En La arqueología del saber intenté analizar el sistema de pensamiento que me es personal y el modo en que llegué a él. Se trata, con todo, de una operación que no habría podido llevar a cabo sin la ayuda de una buena cantidad de escritores y filósofos que estudié a lo largo de los años.

-A pesar de sus vastos conocimientos, o quizás a causa de ellos, hay muchas cosas que lo contrarían.

-Miro mi país, miro los demás países y llego a la conclusión de que carecemos de imaginación sociológica y política, y ello en todos los aspectos. En el plano social sentimos amargamente la falta de medios para contener y mantener el interés no de intelectuales, sino del común de los mortales. El conjunto de la literatura comercial masiva es de una pobreza lamentable, y la televisión, lejos de alimentar, aniquila. En el plano político hay en la hora actual muy pocas personalidades que tengan gran carisma o imaginación. ¿Y cómo podemos pretender entonces que la gente haga un aporte valedero a la sociedad, si los instrumentos que se le proponen son ineficaces?

-¿Cuál sería la solución?

-Debemos empezar por reinventar el futuro, sumergiéndonos en un presente más creativo. Dejemos de lado Disneylandia y pensemos en Marcuse.

-No ha dicho nada de sí mismo, del lugar donde creció, el modo como se desenvolvió su infancia.

-Querido amigo, los filósofos no nacen? son, ¡y con eso basta!

Traducción: Horacio Pons.


Ignacio Echevarría  reflexionó hace unas semanas en su columna  Mínima Molestia acerca de la labor de los críticos y de la necesidad de revertir la óptica acerca del papel del lector como actor pasivo ante las lecturas de la realidad literaria. Parte de una idea del crítico Reinhard Baumgart, quien afirma que: “Cualquier persona podría ser entonces un perito y el reseñista tan sólo sería ya una especie de delegado de este cuerpo general de peritos, ni más ni menos que como un simple disc-jockey…”. 

por Ignacio Echevarría

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Me propongo retomar, al hilo de lo observado en mi anterior columna, algunas ideas volcadas en un artículo publicado bajo este mismo título en la Revista de Libros del diario chileno El Mercurio, hará pronto cuatro años. Recordaba allí unas provocadoras propuestas que, con ánimo de vapulear a la crítica de su país, el escritor alemán Reinhard Baumgart hizo públicas en 1968 (fue en un excelente libro colectivo compilado por Peter Hamm y publicado por Barral bajo el título Crítica de la crítica, en 1970). La más sensacional de esas propuestas consistía en postular para el crítico reseñista un papel semejante al de disc-jockey en una pista de baile.Atrás va quedando, cada vez más desprestigiado -sostenía Baumgart-, el crítico investido de autoridad, ya se trate de la autoridad del académico, del policía, del aduanero o del agente de tráfico. Dicho crítico formulaba sus juicios desde el supuesto de que el público al que se dirigía estaba necesitado de orientación y de recomendaciones, cuando no directamente de instrucción. Pero entretanto se ha consolidado una amplísima franja de ciudadanos que, en su calidad de lectores tanto como de espectadores de una exposición, de una película o de una serie televisiva -del mismo modo que en su calidad de aficionados al fútbol, pongamos por caso-, han segregado no sólo el convencimiento sino también las aptitudes que los convierte a ellos mismos en peritos en todas estas materias.

El futuro del reseñismo, venía a decir Baumgart, “depende, en definitiva, de si una nueva literatura es capaz de lograr nuevas formas y de continuar desempeñando su papel en una cultura de masas”. Baumgart pretendía que esto último sólo sería posible en la medida en que dicha literatura se adapte a aquello que, en su célebre ensayo sobre La obra de arte en la época de su reproductibilidadtécnica, de 1936, Walter Benjamin subrayaba como un síntoma saludable de las nuevas formas de consumo cultural: esa mezcla de disipación y de recogimiento, de “recepción en la dispersión”, característica del público que antaño acudía a las salas de cine.

Para Baumgart, la literatura realmente nueva sería aquella susceptible de ser apreciada por un nuevo tipo de público que no hace ninguna distinción entre la actitud crítica y su propio deleite: una especie de “examinador distraído”, conforme dice Benjamin que es el público formado al paso de las nuevas modalidades de arte. “Si realmente se llegara a este extremo -concluye Baumgart-, la tradición del enjuiciamiento artístico, todavía tan celebrado hoy en día, se aniquilaría por sí misma.Cualquier persona podría ser entonces un perito y el reseñita tan sólo sería ya una especie de delegado de este cuerpo general de peritos, ni más ni menos que como un simple disc-jockey”.

A la altura de 1968, esta expectativa le parecía a Baumgart no sólo deseable, sino también necesaria, por mucho que la juzgasee todavía remota. Más de cuarenta años después, sigue resultando escandalosa e incluso preocupante para muchos, pero a cambio resulta mucho más próxima, yo casi diría inminente. Y lo es en la medida en que se ha confirmado y potenciado lo que, en el ensayo ya mencionado, Benjamin observara con su característica sagacidad: el radical trastocamiento de la tradicional jerarquía entre artista y espectador.

Benjamin recurría a “la situación histórica de la literatura actual” (y corrían los años treinta, recuerden) para ilustrar la dirección de este fenómeno. Durante siglos, escribía, “las cosas estaban así en la literatura: a un escaso número de escritores se enfrentaba un número de lectores cada vez mayor. Pero a fines del siglo pasado [el XIX] se introdujo un cambio. Con la creciente expansión de la prensa, que proporcionaba al público lector nuevos órganos políticos, religiosos, científicos, profesionales y locales, una parte cada vez mayor de esos lectores pasó, por de pronto ocasionalmente, el lado de los que escriben. La cosa empezó al abrirles su buzón la prensa diaria; hoy ocurre que apenas hay un europeo en curso de trabajo que no haya encontrado alguna vez ocasión de publicar una experiencia laboral, una queja, un reportaje o algo parecido. La distinción entre autor y público está por tanto a punto de perder su carácter sistemático. Se convierte en funcional y discurre de distintas maneras en distintas circunstancias. El lector está siempre dispuesto a pasar a ser un escritor. En cuanto perito, alcanza acceso al estado de autor”.

“La distinción entre autor y público está a punto de perder su carácter sistemático, escribía Walter Benjamin al observar la tendencia creciente a que el lector se halle cada vez más dispuesto a pasar a ser un escritor.”

La distinción entre autor y público está a punto de perder su carácter sistemático, escribía Walter Benjamin al observar la tendencia creciente a que el lector se halle cada vez más dispuesto a pasar a ser un escritor. Benjamin decía esto en los años treinta, a propósito de las diferentes “ventanas” que la prensa escrita dejaba abiertas para que participaran los lectores, empezando por la sección de “Cartas al director”. Imagínense lo que pensaría en la actualidad, al observar el modo en que los diarios digitales abren foros al pie de determinadas noticias o artículos de opinión, y jerarquizan las noticias mismas, la decisión de tratarlas y el modo de hacerlo, en razón de su aceptación entre los lectores que las votan; al observar los progresos de lo que cabe entender por cultura plebiscitaria y la desinhibición y la grafomanía desatada por Internet, en cuyo marco esas categorías de público y autor aparecen reblandecidas y carentes de fronteras precisas.

Por mi parte, hago cuentas y reparo en que, de un modo u otro, no he dejado de dar la lata con observaciones siempre suspicaces que apuntan en dirección a este cambio estructural que se viene produciendo entre las relaciones del medio con sus destinatarios, de los diarios con sus lectores, del autor con su público.Y esta es la hora en que, persuadido de que se trata de un proceso imparable, concluyo que de poco o nada sirve cabecear admonitoriamente para dar a entender que por ahí no vamos bien.

Mucho se ha discurrido ya sobre el eclipse de la crítica y sus sombrías consecuencias (con severidad y precisión lo está haciendo Andreu Jaume en una serie de artículos sobre “El futuro de la crítica” que publica en un blog titulado “El lecho de Procusto”).Lo que más urge ahora, sin embargo, es pensar el modo en que el territorio que la crítica deja vacante está siendo repoblado. Y estoy convencido de que lo está siendo en la dirección señalada ya por Benjamin hace mucho, y que Reinhard Baumgart prefiguraba atribuyendo provocativamente al crítico el papel de disc-jockey.

El éxito de éste, del disc-jockey -así como el del nuevo modelo crítico que va emergiendo, guste o no-, depende de su capacidad de sintonizar con los ocupantes de la pista, cuyas apetencias, cuyos gustos, cuyo grado de excitación o de embriaguez comparte en buena medida, por mucho que le corresponda a él estimularlas y modularlas. Metido en su cabina, a la vista de todos, aupado en su propia experiencia, en su carisma y su prestigio, el disc-jockey podría parecerse a un profesor sobre su tarima: uno y otro “imparten” su música en una posición supuestamente jerárquica respecto de los asistentes congregados. Pero, aun aceptando que así fuera, el estatus del disc-jockey es, contrariamente al del profesor, dependiente de las reacciones de su público. La autoridad fluye en una dirección opuesta. En el caso del disc-jockey, esa autoridad -por seguirla llamando así- emana de quienes llenan la pista, que la refrendan mediante su propia actitud, que no es en absoluto pasiva, como la de un alumnado. Aquí tiene un papel muy activo el sentimiento de comunidad, de pertenencia, que comparten los congregados, y el relegamiento de la distancia crítica en favor de la comunión festiva. Lejos de imponerse, el disc-jockey es -como observara Baugmart- un “delegado” de la colectividad que lo aclama como conductor de sus propios apetitos e intereses, lo mismo da ahora la forma en que éstos hayan sido previamente instigados. El suyo es un papel catalizador de las tendencias operantes, que él no cuestiona, sólo formula y canaliza.

Por muy cogido por los pelos que pueda parecer, pienso que este símil contribuye a hacerse una idea, por vaga que sea, del tipo de geometría sociocultural que está desbancando a la que amparó a la tradicional crítica periodística. La jerga de la comunicación emplea todavía el concepto “líderes de opinión”. Tal concepto podría ser aplicado para lo que aquí sugiero en la medida en que un líder también canaliza, sin enfrentarla, la voluntad de sus seguidores (y hago notar el peso que este término, el de “seguidores”, tienen en las redes sociales). Pero la del disc-jockey me parece una figura más ilustradora y, en definitiva, más pertinente y más útil a la hora de escrutar la situación de la crítica en un momento en que, así como la del autor y su público, también la distinción entre crítico y lector ha perdido su carácter sistemático.


Jorge Eduardo Eielson se disolvió en lo inconmensurable hace 6 años, un 8 de Marzo. Empezó su lento viaje hacia las estaciones de la muerte, después de haber vislumbrado alguna iluminación súbita, más allá de todo oficio o arte, sino más bien, ligado a aquello que difícilmente se puede conseguir con la obstinación de un solo lenguaje, ser un creador. ¿ Cuánto aun nos puede decir Eielson a través de sus palabras o su obra, o la manera tan diáfana de comprender el mundo a través de su experiencia vital? Muchísimo. Aquí empieza un ciclo de recortes y hallazgos, a manera de humilde homenaje, a uno de los más grandes maestros en el verdadero arte de la vida.

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 EL CUERPO DE GIULIA-NO

Entrevista a Jorge Eduardo Eielson
por: Julio Ramón Ribeyro.

JRR: El caso de “poetas pintores” no es tan raro como puede parecer. Tenemos a Miguel Angel, a Víctor Hugo, a Henri Micheux y, entre nosotros, a Eguren, según creo recordar. Con la publicación de El cuerpo de Giulia-no ¿te incluirías dentro de esa familia espiritual de “poetas pintores”?
JEE: Incluirme al lado de Miguel Ángel, Víctor Hugo o Eguren me parece de una presunción enorme, aunque fuera el más humilde de sus descendientes. Por otra parte, la pregunta no me parece pertinente en cuanto yo no soy “poeta-pintor” ni “pintor-poeta”, y nunca he comprendido ese término. En cierta época, que no duró sino diez años, escribí poemas y me llamaron poeta. Y en otra posterior me dediqué a las artes visuales y no escribí poemas, ni ningún texto realmente “literario”. Sólo en un cortísimo período estas dos actividades han coincidido, precisamente entre los años 48 y 52. Además, como tú sabes, he escrito artículos para periódicos y no soy periodista. He escrito algunas piezas de teatro y no soy dramaturgo. Hago también escultura y no soy escultor. He escrito cuentos y no soy cuentista. Una novela y media y no soy novelista. En 1962 compuse una Misa solemne a Marilyn Monroe, y últimamente preparo un concierto y no soy músico. Como ves, no soy nada.

JRR: De la existencia de El cuerpo de Giulia-no sabía yo primero por terceras personas y luego porque tuve ocasión de hojear los originales hace algunos años. ¿Cuándo fue exactamente que escribiste este libro y por qué tardaste en publicarlo?
JEE: Empecé el libro en el verano de 1953, en Roma, y lo terminé el verano de 1957, en la misma ciudad, pasando por larguísimos periodos de inactividad. En realidad, aunque ello no se note quizás en la novela, mi disgusto por la literatura era ya evidente y sobre todo la suerte de virtuosismo que yo entonces practicaba. Me parecía literalmente como si me rompiera la cabeza ante un estéril muro de palabras. Llegué a odiarlas. Así, de una masa informe de seiscientas a setecientas cuartillas no extraje sino las más legibles, aquellas que podían transmitir más sinceramente al lector algunas de mis experiencias de juventud. En cuanto a su publicación, puedo decir sólo esto: jamás he escrito nada con la intención de publicarlo. Mis primeros poemas, como Reinos o Canción y muerte de Rolando es a Javier Sologuren que debo su difusión y creo que fue él el que envió los originales a un premio nacional, que me fue otorgado. Por tal razón no he publicado casi libros y no he hecho el menor gesto en ese sentido. Me parece francamente sin importancia. Para El cuerpo de Giulia-no tuve un contacto -no buscado por cierto- con la casa Gallimard, a través de Jean Genet, en 1955. Nunca contesté la carta, que debo conservar todavía. El libro era un caos, no lo consideraba bien, ni terminado y no tenía ganas de continuarlo. Sólo en 1969 tuve oportunidad de volver a ver a Octavio Paz aquí, el cual me lo pidió para publicarlo en México. Cuando pasé por Lima, en 1967, llevé el original, por si se presentaba alguna oportunidad, así como todos los poemas reunidos en volumen, pero claro está no se presentó ninguna oportunidad. Sólo Javier, magnífico poeta y maravilloso amigo, publicó Mutatis mutandis en la Rama Florida en una bella edición. Tales poemas de 1954, son los últimos que he escrito, junto con Habitación en Roma que forman un grupo mayor y quizás más ambicioso. En los años siguientes hasta el 60, fecha en que reanudo definitivamente mi trabajo pictórico escribí otras cosas, pero que no considero ya “poemas”. Por lo menos no en el sentido tradicional. Ellos ofrecen dificultades de difusión mucho mayores y, con mucho optimismo, quizás puedan publicarse en 1990. No es presunción ni culpa mía. Son simples razones de orden técnico y económico que nada tienen que hacer con mi trabajo.

JRR: ¿Crees tú que tener un doble oficio sea ventaja o una debilidad? Quiero decir que corres el riesgo de no ser tomado en serio en ningún bando y ser calificado de “poeta” por los pintores y de “pintor” por los escritores.
JEE: Me tienen sin cuidado los calificativos de los funcionarios de la palabra o la paleta. En cuanto a ser tomado en serio, nada podría ser peor, puesto que yo mismo no me tomo en serio y me siento muy bien así. Puede ser tal vez una debilidad tener un doble oficio pero como yo no tengo ninguno… A lo más se podría decir que ejerzo una actividad múltiple, entre las cuales, desde hace catorce años, no incluyo la literatura, salvo algunas notas sobre artes visuales.


JRR: Para haber sido escrito entre 1953-57, tu libro me sorprende, pues se anticipa a una serie de novelas actuales calificadas en Latinoamérica de vanguardia. Me refiero a la preocupación por el lenguaje, a los juegos espacio-temporales, a la presencia, por no decir invasión, de la poesía en la prosa narrativa, etc. ¿Es que tenías consciencia entonces de estar escribiendo algo nuevo o novedoso? ¿Leías muchas novelas? ¿Qué novelas?
JEE: Me halaga mucho si me he anticipado a algo, pero creo que esto no es de ninguna importancia, o si la tiene ella es muy relativa y formal. El afán de renovación exterior pueden asimilarlo con frecuencia los espíritus competitivos, y yo no lo seré nunca. Prueba es la siempre tardía y escasísima publicación de mis escritos. Además no es un libro el que hay que juzgar sino todo un trabajo, mejor aún, una vida. En realidad mi preocupación por el lenguaje era ya patente desde mis primeros poemas, a partir de 1944. Por ejemplo en Parque para un hombre dormido, en Genitales bajo el vino, en Librería enterrada y, sobre todo, en Bacanal, en donde la dolorosa experiencia del hombre que escribe se transforma en un grito de amor y de odio a la palabra impresa. Luego el proceso se agudiza en los Ejercicios poéticos, algunos de los cuales fueron publicados en 1953, para terminar con Habitación en Roma de manera más consciente. Estos poemas destilan literalmente su propia negación y el hastío y la esterilidad de la letra. Las transposiciones espacio-temporales he comenzado a usarlas bajo forma de anacronismos desde “Antígona” y “Ajax en el infierno”, de 1945. En cuanto al uso de repeticiones, inserción de lemas, aliteraciones, cortes arbitrarios, lectura en dos planos, fórmulas tomadas de los “scrips” cinematográficos, etc., son juegos de niños para quien ha leído a Joyce. No veo de qué vanguardia se puede hablar en Latinoamérica. Con excepción de algunos otros grandes nombres que es inútil mencionar, he leído muy poca ficción. Y en los años 50, en Roma, ninguna novela. Vivía completamente al margen de la literatura y no tenía amigos escritores. Menos sabía aún de Latinoamérica. Sólo recientemente he podido apreciar el talento de los jóvenes escritores de nuestros países.

JRR: Tengo un gran respeto por tu pudor, quiero decir por no hablar jamás de ti mismo, de tu pasado, de tus problemas personales. Me parece advertir, sin embargo, que en este libro te refieres precisamente a tu infancia en la selva del Perú. ¿Qué hay de cierto en ello?
JEE: Como tú sabes sin duda mejor que yo, todo es cierto en el mundo de la ficción, y muy poco en la realidad. No he pasado mi infancia en la selva ni mucho menos, sino sólo un periodo durante el cual tomé la costumbre de pasar las vacaciones del colegio en una propiedad familiar de la ceja de montaña. El resto de mi tiempo, hasta mi partida a Europa, lo he pasado en el agua. Mar y piscinas. El agua es el elemento que mejor conozco, como buen limeño. Tengo algún texto por allí que podría ser contrapuesto a El cuerpo de Giulia-no sobre el mar y su presencia. ¡Pero todo esto me resulta ya casi arqueológico!

Tomado de: La casa de cartón. Revista de cultura. OXY
Lima, verano-otoño de 1995. II Época Nº 6.


Papeles recuperados. Hace algunos años, escribí este texto acerca de la reunión de cortometrajes de uno de los directores más independientes de EE.UU., Jim Jarmusch, titulada Coffee and cigarettes (2003). No es una reseña ni una crítica, sólo las anotaciones para un diario imaginario. Uno nunca sabe ni recuerda los viejos textos, extraviados en las memorias físicas que sólo se recuperan cuando indagamos en aquello que ya hemos dejado de ser, para tratar de entender al hombre en cual devenimos constantemente. Pero siempre existirá una taza de café y uno que otro cigarrillo, así uno haya dejado de fumar y encarne a otro, constantemente.

 

1

             Me levanto del sofá. Sólo tengo un poco de café instantáneo en la cocina para una última taza. Me coloco otra vez frente al televisor y pulso play del control remoto. Somewhere in California. Iggy Pop con una casaca de cuero y sus jeans raídos aparece junto a una rocola. Coloca una canción que suena muy lenta en el lugar donde la luz de una cortadora ilumina los muros como si fuese una discoteca antigua.  Ansioso, se sienta frente a los “personajes” principales del cortometraje. Café y cigarrillos. Negro y blanco. Y en esa cafetería ocurre el encuentro entre dos de los músicos más bizarros de Norteamérica. Entra Tom Waits en escena y se sitúa frente al viejo ex vocalista de The Stooges. Durante algunos minutos hablan de cosas sin importancia, como la traqueotomía que hizo Tom por la mañana mientras cumplía con su labor de médico, el comentario de Iggy que en la rocola no hay ninguna canción de Tom, hablan acerca de Abbot y Costello y la generación del café y de los cigarrillos y, a medida que siguen conversando acerca de temas incómodos, surge el campo de batalla. La brecha de la incomunicación solo se resuelve por un tema en común. Ambos han vencido el vicio de los cigarrillos. Tom Waits teoriza acerca de la voluntad, y ahora podría fumar cigarrillos porque ya lo ha dejado y no le genera ningún problema. Cada parte del diálogo entre estos dos dinosaurios posee un humor sútil y frío como el hielo seco, como el humo que envuelve cada una de sus palabras.

Para filmar cada uno de los once cortometrajes, Jim Jarmusch reunió a varios actores y músicos—Iggy Pop, Tom Waits, los hermanos de White Stripes y los corrosivos wu-tang—, en las conversaciones que uno puede sostener frente a una taza del café más cafeínado y de los cigarrillos menos lights que existen( es insoportable la avalancha de productos que se han convertido en ridículos remedos o simulaciones de productos ya existentes: café sin cafeína, tabaco sin nicotina, carne sin carne leche sin lactosa y un etcétera sin etcétera). La escenografía de cada capítulo no es más que una mesa cualquiera entre tazas, encendedores o cajas de “fósforos”. El minimalismo en los recursos para contar varias historias que nos sumergen a la riqueza de nuestra vida cotidiana, si sólo ansiamos una buena conversación o un diálogo en silencio, aunque suene algo contradictorio o paradójico, muchas veces podemos dialogar sin que existan las palabras. La historia que deviene en otras historias.

2

—    ¿ Quieres un poco de café?
La borrachera se disipó en la habitación oscura y llena de la niebla del humo de cigarrillos. Aun no  llegaba a comprender qué hacía allí ni cómo diablos llegué dentro de ese lugar.
—    Sí, gracias.

No todo lo que nos ocurre en la vida tiene respuestas definitivas ni preguntas que puedan resolver las cosas que ocurren sin ningún tipo de búsqueda trascendental.  Recuerdo una historia budista del guerrero que fue atravesado por una flecha en pleno combate; mientras yacía tendido, empezó a preguntarse por el origen del disparo, el tipo de arco, la velocidad de la flecha, el nombre del arquero y mientras se llenaba de preguntas, se desangró, muriéndose sin extraer la flecha.
Cuando volvió, el café estaba caliente. Y la flecha se instaló en la oscuridad que nos separaba.

—    Crees que la vida tiene sentido, me preguntó echándose a mi costado.
—    ¿ Sentido?
—    Si hemos nacido por alguna razón, si tenemos una misión en  la tierra como afirman los cristianos.
—    ¿ Los cristianos?  Ah, ya. El paraíso y todo eso del pecado y el sufrimiento y el plan de dios sobre la tierra. Me parece que encontrarle sentido a este absurdo nos convierte en trapecistas sobre la nada. Equilibristas sobre cuerdas imaginarias.
Un sorbo. Le rodeo sus hombros y le acaricio el cabello. Prosigo la perorata de mala gana.
—    Si yo hubiese descubierto una sola razón para vivir me hubiese colgado hace años y hubiese colocado un aviso luminoso y enorme en medio de mi cuerpo:
SE ALQUILA PARAÍSO.
—    …
—    …
—    ¿ Deseas tener sexo esta noche?
—    ¿ Esta noche?…No lo sé. ¿ No tendrás otro cigarrillo?
—    Sí, y también alquilo paraísos y obsequio algún infierno.
—    Está bien. Quiero uno.


3

Once cortos que no sorprenden al espectador ansioso de las películas rápidas y deslumbrantes, en el sentido superficial, del cine comercial pero que se convierten un buen sorbo del mejor café peruano o colombiano para los que disfrutan el desarrollo de cada una de las historias recortadas de cualquier instante en el planeta. El café se convierte en protagonista junto a los cigarrillos, estos enemigos de los cardiólogos y los gastroenterólogos y los psiquiatras y médicos naturistas y los mormones y de cualquier hipocondríaco, aparecen como los nexos más fuertes que el pretexto de la conversación acerca de enredadas citas al dentista, la genialidad de Tesla que deseaba crear energía gratuita, Abbot y Costello como parte de la generación de café y panqueques, árboles genealógicos, Elvis y su gemelo que reventó en vez de Elvis, un Bill Murray camuflado de mozo para tomar café, dos ancianos que oyen la hermosa música de Mahler…e incluso Renée French comunicándose a solas con una revista.

El café y los cigarrillos son la espera, la compañía, el terreno para una buena o áspera conversación. Balzac escribía horas enteras acompañado de decenas de tazas de café. Ribeyro escribía siempre con un cigarrillo entre sus dedos, e inclusive escribió Sólo para fumadores, un libro lúcido lleno de historias del humo que lo llevó a visitar hospitales donde pudo reflexionar acerca de la vida, de la muerte, de los placeres que nunca abandonaremos así sean los que nos condenan a la muerte…

            Miró la lata de café casi vacía. Busco en los cajones, bajo la mesa, en las habitaciones y la verdad incómoda: no había más café. Busco mi vieja casaca. Ojalá encuentre una tienda abierta en la ciudad. Los créditos aparecen al ritmo de una vieja canción interpretada por Iggy Pop, no puedo evitar la manía de leerlos hasta el final, hasta donde aparece los formatos del audio y las letras más pequeñitas. Y después de los agradecimientos aparece una frase en medio de la pantalla, cuya traducción sería: larga vida a joe strummer.
No pudo existir mejor epílogo a la memoria del vocalista de The Clash, quien participó en algunos trabajos de Jarmusch.

Será mejor que me apure. Aun no son las doce y la última tienda abierta queda a diez cuadras de mi casa. Felizmente me queda tres cigarrillos en la caja. Coloco la cadena a mi perro dálmatas, que lo llamaba en ese entonces Jack, y me pierdo por las avenidas vacías de la ciudad con una sola esperanza.

(2004)



Después de varios
meses de ausencia, de practicar el sedentarismo del espíritu y alejado de los ejercicios de vértigo, de aquello que me mantiene tenso hacia la vida, las palabras han retomado el desencanto ante la búsqueda de la verdad totalizadora y su propia auto afirmación sin otra intención de sumar literatura a la realidad, o viceversa. He aquí los apuntes acerca del horizonte, de aquello que se hace cada vez más imperceptible cuando nos desplazamos, así como las otras ficciones cuando nos contemplamos a nosotros mismos, mientras avanzamos “de pie hacia el ya”. 

uno.

*

Todo viajero privilegia el desplazamiento como el único acto para imponer a la rutina diaria el vislumbre de la ruptura, la generación de una nueva forma de asumir la interrelación con el mundo, de inventar aquello que se diluye a medida que se hace más perceptible por nuestros sentidos, más reconocible, sin el elemento de extrañeza que podría hacer percatarnos nuestra vida en un lugar totalmente diferente. Nuestra imposibilidad de ser Otro, de no desentendernos de aquel mal hábito de sobrellevar la idea de Yo o la falsa idea de uno mismo, nos corta aquel salto de reinventar una nueva manera de contemplar cada instante como único, en el mismo lugar de siempre, sin la ansiosa necesidad de desplazarnos constantemente hacia nuevos lugares, como si en cada uno de ellos encontrásemos una nueva piel. Unos nuevos ojos. Un nuevo sentido para reconstruir los lugares que devoramos con avidez, para luego dejarlo devastado, como si nuestro viaje sea la ruta de un caza bombardero sobre una ciudad iraquí.

nota al pie: Un nómada inmóvil no privilegia el movimiento físico de un lugar a otro. El traslado del cuerpo hacia un lugar irreconocible para nuestra memoria.

*

Todo territorio es subjetivo.

*

¿ Por qué odias los viajes?
En este momento recuerdo al filósofo francés Gilles Deleuze, a aquel del Abecedario que hablaba de manera póstuma, asumiendo la certeza que sus palabras serían trasmitidas después de su muerte por su discípula Claire Parnet. La insolencia de hablar como un muerto, como si estuviese manifestando la conclusión radical de la vida cuando ya nadie le reclamase nada. En aquella serie de entrevistas, Deleuze habla acerca de algunos temas relacionados de su pensamiento e inquietudes más íntimas, y al llegar a la letra V fue aquello que estaba contradictoriamente vinculado a su idea radical de nomadismo. La palabra con la V de Voyage, el viaje. Con su estilo reflexivo, afirma:

¿Qué hay en el viaje? Por una parte, tiene un aspecto de falsa ruptura…Se trata de una ruptura barata. y, en fin, a mí me pasa enteramente lo que decía Fitzgerald: «No basta un viaje para hacer una verdadera ruptura». Si quieres hacer una ruptura, haz otra cosa en vez de viajar, porque, al fin y al cabo, ¿qué ve uno?

A pesar de esbozar algunos puntos en contra de aquellos desplazamientos innecesarios, Deleuze admira a algunos viajeros que lograron verdaderas rupturas, traspasando las condiciones que vuelven al viaje totalmente innecesario, como por ejemplo, lo escribe Marcel Proust:

Al fin y al cabo, ¿qué hacemos cuando viajamos? Siempre verificamos algo. Verificamos que tal color que hemos soñado se encuentra allí en efecto». Y a esto añade, lo que es muy importante: «Un mal soñador es alguien que no va a comprobar si el color que ha soñado está allí de veras, pero un buen soñador sabe que hay que ir a verificar si el color está allí de veras.

Y luego cierra, con un estilo agotado, como si musitará las últimas esquirlas de su pensamiento donde lo paradójico, aquella digresión de la razón, se encontrase en cada palabra acompañado de un leve gorjeo, que las intensidades se distribuyen en el espacio, pero no necesariamente en el espacio exterior, por esto sus intensidades son inmóviles. La lectura de un libro. Un encuentro hermoso. Una música bella. Un montón de emociones que pocas veces se consiguen en un viaje, emociones al alcance en la inmovilidad. La música o la filosofía,  se convierten en países extranjeros, en nuevos territorios que uno descubre cuando el espíritu vibra con nuevas emociones…

*

somos espejismos en la carretera
y ya lo hemos visto todo.

la vida ascendiendo sobre el desierto
miles de cruces junto al río negro
como el itinerario de una ruta
hacia la nada
o hacia el infinito

y en cada
estación el amor se difumina
como el color inesperado del horizonte.

hemos llegado siempre lejos
pero nunca
a
nuestro
destino.

(Escrito en la carretera Panamericana en medio del desierto. 2010)

*

el elogio

Miro al otro lado del estrecho pasillo del bus a las dos chicas que duermen con sus gafas parasol y conectadas a los audífonos. Imagino la música que escuchan y los sueños que podrían construirse con cada sonido.  Junto a ellas, la línea del desierto va transformándose a cada segundo. En el árido espacio se deshacen bajo el sol las bolsas de plástico que se mueven errantes hacia ningún lado, animales invisibles corren hacia las sombras de las piedras, una mujer atraviesa la franja de asfalto y se pierde hacia una casucha hecha de cartones y que es la más perfecta interrogante acerca de como lo precario sobrevive a la inclemencia, varios paisajes en un mismo horizonte que todo lo va deshaciendo en infinitas combinaciones, en aquella línea que siempre me fascinaba dibujar de pequeño y que separa el lugar donde nos desplazamos con la imagen del cielo. Con lo impalpable. Las miles de posibilidades y de decepciones. El horizonte se me antoja diáfano después de un breve viaje por una franja de la costa, el brevísimo desplazamiento de más de cien kilómetros de la ciudad donde habitamos.

No fue una ruptura en sí nuestro viaje, sólo el reconocimiento de nosotros mismo en otro lugar, como si buscásemos un espejo fuera de los contornos visibles de nuestra ciudad o constantemente escuchásemos una canción que ha existido siempre y, en un momento imprevisto, la oímos, así haya existido siempre fuera de nuestra línea, de nuestro horizonte subjetivo y hallamos la fascinación, los lazos que se van uniendo para construir puentes invisibles, que se convierten en perceptibles cuando se cruza un punto de referencia, una coincidencia de puntos de fuga que determinará un nuevo mapa dentro del territorio que estamos empeñados en recorrer, sin abandonarlo. Un mapa sobre un espejo de arena.

Aparece el mar recortando el horizonte o mejor dicho extendiéndolo en su abismo líquido. Ellas siguen durmiendo, ajenas a aquellos puntos que hemos colocado dentro de nuestro cuaderno de bitácora, para preservarlo de cualquier inclemencia. No sé cuánto tiempo durará todo esto o si se difumine como el leve color del cielo mientras atardece sobre los desiertos de la costa peruana.

*

A las tres de la tarde, los hombres aparecen en el muelle. Apenas conversan y se sientan a dos metros de nosotros bajo la única zona techada casi al final de la estructura de madera podrida y de metal. Nos miran en silencio, con recelo, como si hubiésemos invadido su espacio personal y cotidiano. Alrededor de nosotros las lanchas y los botes desperdigados en el mar se mueven en una danza monótona cuando ceden a las olas. El ruido de un motor atraviesa la aparente inmovilidad del horizonte y una lancha blanca con letras rojas con el nombre de una mujer se acerca a las escaleras herrumbrosas que descienden hacia el agua. Las aves intentan huir al percatarse de la presencia más cercanas de los hombres pero su vuelo no es un desplazamiento, se quedan suspendidas en el aire en un esfuerzo inútil, como si alguien hubiese puesto un pause a una película de marinos. Un hombre viejo al otro extremo mira con sus ojos resecos y con tristeza el mar. No espera a ningún Odiseo que regrese de un viaje azaroso hacia una Ítaca en la costa del Perú, ni a la bestia marina que arrancará a dentelladas el muelle con todos los hombres como una ofrenda sangrienta. Su mirada no espera nada. Una mirada vacía. Sus ojos se pierden en el horizonte pavoroso en el que se ha convertido lo que antes había sido la única posibilidad. En medio del bullicio que hacen los demás pescadores, que suben unas cajas de plástico anaranjadas y casi vacías, el hombre habla acerca de su pronta jubilación en el único oficio que aprendió desde niño. No había sido expulsado por el mar, sino por las embarcaciones de la mediana pesca que cada día invadían su territorio, atravesando los límites imaginarios reservados a la pesca artesanal. Los pocos peces en las cajas y cubiertos de hielo son llevados en triciclos hacia el pueblo, esquivando los agujeros de la madera podrida. El mar que a muchos les permite soñar en la metáfora de las posibilidades se convierte en ellos en una brutal fuerza que los expulsa, como animales varados y muertos, hacia las ciudades donde toman cualquier trabajo, ajeno a su oficio. Albañiles. Vendedores de baratijas o de licor en los bares oscuros.
El hombre me presta su cigarrillo.
Me dice su nombre que en este momento no recuerdo, pero estoy seguro que tiene el nombre de todos aquellos que en este momento aun miran con nostalgia el atardecer, como si fuese realmente una muerte más.
El hombre quedó atrás, junto a las aves quietas que ya no intentan ir hacia ningún lado sobre las maderas húmedas, mientras el viento no cambie de curso …

(Sentí el cinismo de mi desplazamiento. Nada podía cambiar de aquella realidad pavorosa, la literatura no alcanzaba a resolver la dureza de aquel pedazo del horizonte al que había llegado. No estaba dentro de aquellos libros escrito hace menos de cien años por Steinbeck o por aquella crónica del espanto de Arguedas en El zorro de aariba y el zorro de abajo, ni deseaba cambiar el curso de sus vidas. Solo comenté acerca de su lucha, de la hidalgía inútil de luchar contra el fracaso. La dignidad ante la derrota inminente. Como si esos comentarios les ayudase a resolver su lento camino hacia el fracaso total. Luego de dejar atrás a los pescadores, el cinismo se convirtió en un momentáneo desprecio acerca de mi corto viaje. Escribe Claudio Magris, en su libro El infinito viajar, lo que denunciaba el filósofo Weininger acerca de la tentación de la irresponsabilidad que trae consigo el viaje. “Quien viaja es espectador, no está implicado a fondo en la realidad que atraviesa, no es culpable de las fealdades, las infamias y las tragedias del lugar en el que se adentra.”, escribe el italiano. Desee por un instante ser como Kant, quien nunca tuvo la necesidad de moverse de Königsberg, de ser un perfecto nómada inmóvil, y cuyos únicos viajes asombrosos tan solo se dieron en aquella pequeña cabeza unida a un cuerpo irregular, mucho más intensos al de aquellos que se desplazan nerviosamente a través de océanos y continentes para verificar las fotografías que otros le han mostrado en un folleto turístico y que le han vendido como experiencias únicas, cuando nunca se han detenido a pensar en las intensidades de la vida, donde esta ocurra, y de las más atroces realidades que constatamos y comentamos en bares o almuerzos familiares).

*

apuntes inconclusos


“ El horizonte atrae todo lo que huye”, dice Paul Virilio en su libro Ciudad Pánico, cuyo título desearía “robarle” porque cabría perfectamente en un poemario acerca del mundo que viaja a la velocidad de la luz hacia la catástrofe.  Y con esta última frase termino este elogio, que en sí se convertido en la dispersión de un poco de polvo cuando todas las posibilidades llegan al desierto:

“La “caída libre” del paracaidistas, arrastrado por impacto contra el suelo, se convierte entonces para cada uno en la “caída de por vida”, de aquellos que caminan hacia su fin. ¿Que esperamos cuando ya no tengamos necesidad de esperar para llegar?”

Entiendo que lanzarse hacia aquel horizonte es como una caída libre. Como si tratásemos de romper un  nuevo récord, para someter nuestros límites a cada instante, sin ninguna necesidad real, sólo ejercer nuestro oficio de buscadores de una ítaca reconstruida.
Ahora necesito el mar.
Disolverme en mi manera exacta de ser imperceptible, hasta imaginarme otro viaje cerca de la ciudad, donde muchas veces ocurre lo extraordinario sin percatarnos el momento en el que sucede. Por ejemplo, descubrir en una mirada la intensidad que no olvidaremos el resto de nuestras vidas. Un nuevo universo junto al nuestro.


Pequeños apuntes en trozos de papel, en una agenda pasada o en un cuaderno escrito sin ninguna disciplina, los breves textos se van acumulando sin ningún tipo de orden. Apuntes acerca de alguna idea para desarrollarlas en el futuro, citas de lecturas que alguna vez nos impactaron, breves “postales” verbales o, simplemente, ejercicios de vértigo para atrapar la vida al margen de la obra. Julio Ramón Ribeyro publicó Prosas Apátridas, una breve obra maestra de la nota al margen y que no sólo demuestra la agudeza de su comentario acerca del mundo, sino también una obra de la relojería literaria que se puede alcanzar en el texto breve, en aquellos retazos de página donde se sintetiza la vida; decenas de fragmentos donde nos acercamos a ella, como si fuesen pequeñas ventanas para observar el andamiaje de la que está compuesta nuestra cotidianeidad. He rescatado de algunos cuadernos propios o de viejos apuntes algunos textos que han sobrevivido diferentes mudanzas, de estilo y de vida. Tanto como propios o ajenos,  mi despedida a la obstinada manera de vivir creyendo en las palabras.

2009

§

Hay un entendimiento que nos sobrepasa.
Hay una cosa dentro de cada máquina verbal que
No hace referencia a nada, un punto muerto
Un punto de fuga.
A ese punto deseamos llegar
A ese punto a ese agujero negro que tiene alrededor
Todo y nada.

§

La corrupción del cuerpo empieza desde adentro y se va manifestando lentamente en la piel. Todo se hace traslúcido.

2006

Francis Scott Fitzgerald y la decadencia

No es la decadencia violenta la que se halla en los relatos de F. S. Fitzgerald, esa destrucción que estalla ciegamente hacia todos lados, como si la explosión sea una reacción en cadena. No es violenta la ruina, tal como se encuentra en la narrativa de los norteamericanos del realismo sucio. En el autor del Gran Gatsby es la ruina lenta, el desmoronamiento; como si el espíritu sufriese una merma lenta, hasta dejar un cuerpo hueco, vacío, donde los ojos son dos faros apagados que ya han dejado de iluminar el horizonte, para entrar en una noche cerrada. La belleza de la ruina que solo Fitzgerald tuvo la fatalidad de encarnar. El clímax y el dolor de la ausencia de este.

(Después de la lectura de los relatos completo de F.S.F.)

§

Detesto lo anecdótico, la superficie. Pero por un extraño placer de detestarme, me dedico a esto, sin ningún pudor. Contar la anécdota por desprecio al Otro, como a mí mismo. Malgasto palabras, vivencias, pieles…

§

Roger Laporte: “Es imposible no buscar el Libro, pero quien  lo busca aprende que el Libro es imposible, y, sin embargo, este fracaso, aunque renovado sin cesar,  no destruye el proyecto inicial sino que más bien lo fortifica, y de tal modo el fracaso y el triunfo  son igualmente imposibles”. Y así se ha construido la literatura, en ese abismo de fracasos, triunfos y deserciones, que no pertenece exactamente a aquellas dos caras de la misma moneda.

§

Atravesar la noche. Entrometernos en su juego. Aniquilar en nosotros la luz de la vigilia, obstinada en hallar un camino para percibirlo como una avenida bien iluminada que no tiene ningún destino, sólo la de ser una avenida silenciosa y llena de peligros. El hombre necesita de las marcas de su sombra para poseer la sensación que avanza, que sus pasos no se pierden en la oscuridad que le ha tocado sortear. Sus latidos le son insuficientes al igual que su respiración. Atrapado en la sensación, elegirá siempre deslizarse por los senderos iluminados por cualquier promesa, ilusión, utopía, la certeza de avanzar por un callejón sin salida que no implique el tropiezo de nuestros pies, sin prever a nuestros victimarios ocultos en la luz, aquellos que no han podido ocupar un lugar en la penumbra.

2005

Encerrados en el lenguaje, en el mundo de los conceptos, creemos estar a salvo del asombro , del terror y de la incertidumbre. El lenguaje no nos sirvió desde el inicio para comunicarnos , sino para intentar salvarnos de eso que el mismo lenguaje mismo no pudo nombrar ni representar. El lenguaje es el hijo del desconcierto y del horror, y luego vino dios.

§ 

Horror de huir hasta no encontrar nada

De estrellarme contra un muro impenetrable
De asfixiarme con mi sombra
De enredarme con mis sentimientos y sin resolver nada

De llevar mi cuerpo
Hacia
Una caída inevitable

§

El silencio engendra, la voz aniquila.

§

Abrí los ojos. Reconocí el techo. Me incorporo para ir al baño y quedé paralizado por un instante, sentado en la cama. Qué mierda sucedió aquí, me pregunto cogiéndome el cabello. Busqué mis borceguís bajo la cama. Sacudí mi pantalón, alisé mi polo, cogí mi casaca de jean. Me coloqué mis lentes, me miré de cuerpo entero. Nada me faltaba. Salí esquivando las cosas desparramadas en la habitación. No deseaba respuestas, deseaba huir de ellas. No deseaba enterarme de lo que había ocurrido y tenía la ligera sospecha que yo tenía el papel protagónico en ese desastre. No recogí nada y salí por la puerta del callejón para evitar cualquier encuentro.

Y como siempre sucedía. No tenía ningún lugar hacia donde ir…

(Intento enésimo de una novela cyber punk)

§

Swift: “Colocar las palabras adecuadas en el lugar adecuado es la más genuina definición de estilo”. 

§

Gottfried Benn. El extremo de las emociones. El acercamiento de nuestra propia podredumbre mediante la repulsión por la muerte ajena.

(en un extremo del libro Morgue, de G. Benn)

§

Todos los instantes son revelaciones que no podemos ver.

§

“Parte de la desesperación del artista frente a su material tal vez se deba al hecho evidente de que el propio universo, como sostenían también los rosacruces, está en proceso de creación. Una obra de arte orgánica, tras haber sido concebida, debe crecer en la mente de su creador o perecer. Para acabar el Valle de la Sombra de la Muerte llegué al límite de mis fuerzas… Gracias por no decir: “Yo también”. En realidad, siempre se hacen ambas cosas, claro está, de modo que el autor , mientras trabaja, es como un hombre que no cesa de abrirse paso a través de un humo cegador para intentar rescatar objetos preciosos de un edificio en llamas. ¡ Qué esfuerzo tan desesperado e inexplicable! Pero acaso no es el edificio la obra de arte en cuestión, perfecta hace mucho en la mente y convertida en vehículo de destrucción exclusivamente por el esfuerzo que se requiere realizarla, transmutarla en el papel…”

(Malcolm Lowry. Oscuro como la tumba donde yace mi amigo)

2001

§

Si pudiésemos elegir el elemento primordial de la noche: la oscuridad, y asumimos los fantasmas inyectados por el miedo y la razón, no habría ninguna necesidad de tanta perorata sobre la salvación luminosa ni sobre los dolores acallados por un cielo lleno de soles fugaces.

§

La vida no da treguas.

Sería horrible que nos detengamos un instante, hacer una pausa en este vértigo que nos lleva de la calma a la destrucción, de la destrucción a un estado de inconmovible comprensión. Estamos condenados a soportarnos solos, sin ningún consuelo que remede la respuesta que buscamos desde que colocamos un pie en el suelo y nos chocamos contra un techo que no nos aplasta, que solo existe sobre nuestras cabezas como una amenaza, como todas las cosas que empiezan con ese pie que se obstina en moverse, en dispersar el polvo en cualquier camino.
¿ Por qué nos golpeamos incesantemente con ese deseo de encontrar una respuesta que nos alivie, que nos toque el cabello como a un niño pequeño en busca de consuelo, en un universo que solo tiene un infinito espacio para las preguntas? ¿ Para qué aferrarnos a un polvo que no podemos contener en nuestras manos, desesperadamente?
Es ridícula nuestra ansia de refugiarnos en el sueño, en la mentira fácil que nos estremece y nos inocula dosis de tranquilidad. Adictos a la mentira, encontramos siempre una que funciona como una dosis extra de diazepam o prozac, y la erigimos con unas letras enormes de neón con el nombre verdad.
The rest is silence…

§

–          ¿Quién diablos crees que eres?
Su pregunta es una recriminación, un intento de abofetearme porque existe la opción que yo pueda sea un pobre diablo o un dios desdichado.

–          Nadie, le respondo.
Mi respuesta le inquieta, me mira a los ojos y luego hacia ambos lados de la avenida. Bufa. No sabe si golpearme o marcharse. Se queda quieta esperando que el día termine…

§

Uno puede matarse por infinitas razones o por ninguna. Al final, la muerte será una sola.

§

Yo no puedo detenerte. Si deseas llorar, hazlo. Si deseas irte, márchate. Y si deseas matarte, es una cosa que únicamente te importa a ti, y aunque es triste y doloroso, es la única decisión que será tuya. “Yo no he pedido venir al mundo”, me dices desconsoladamente. Asómate a una ventana que da hacia la avenida y dime ¿cuántos de los que se pasean bajo tu ventana han pedido estar allí? Nadie. De alguna manera estamos todos aquí demás. Bueno, podemos inventarnos otra cosa. Construir un lindo plan que funcionará mientras vivas, y el resto es cuestión de fe, pero también será mientras uno vive. Es interesante fantasear con el cielo o el paraíso mientras no puedas darle la espalda al mundo que te envuelve. Yo tampoco he pedido nacer para vagar en una ciudad que encierra demasiados misterios que no me importan. Es triste imaginarnos que alguien decidiera nacer y es un gran alivio saber que podemos decidir romper con la costumbre que mantiene este cuerpo vivo.

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Percibo en cada palabra escrita un nuevo territorio.


pesimista. pro nazi. nihilista. emil m. cioran fue nombrado con muchos epítetos que no han logrado ensombrecer la honestidad de una vida ligada al pensamiento en el siglo 20. la decencia del filósofo que ha colocado el intelecto al servicio de la vida, y no al contrario. cada título de sus libros invitaba a un viaje sin retorno: las cimas de la desesperación, breviario de podredumbre, la tentación de existir, del inconveniente de haber nacido, silogismos de la amargura, ese maldito yo, el aciago demiurgo y otros títulos donde no solo cultivó la síntesis del pensamiento, sino el estilo preciso de un francotirador que no hace sucumbir al lector, sino que lo hace moverse cada vez más adentro de sus páginas. mi modesto homenaje a mi cómplice para sobrellevar la existencia. 

todo estaba perdido a los 21 años. las palabras y las utopías, las exaltaciones de un nuevo mundo, de nuevas afirmaciones en la ausencia total de una ideología totalizante que pueda ayudarme a soñar en la construcción de una nueva forma de vida. no existía ninguna dirección precisa hacia donde mirar. el mundo era la representación de millones de relaciones intrascendentes, cuyo origen era el horror hacia nuestra única forma de ser, de nuestro pavor a descubrir dentro de cada uno de nosotros la bestia más feroz o el santo que huyese de todos los seres humanos, para refugiarse en el silencio de un paraje solitario.

ficción o no, como todo pensamiento que nos ayude a comprender el mundo – no a hacerlo más inteligible -, la nada se presentaba como una dulce niebla que todo lo aniquilaba sin ternura. las búsquedas dentro del pensamiento tomaba nuevos centros, otros se diluían en la propia pesadumbre de las palabras. el existencialismo trasnochado para la década de los noventa incrementaba la sensación de hastío, una amargura inútil e infecunda. estaba decidido a vivir, asumiendo que todo carece de un sentido, de causas iniciales y efectos finales, el círculo vicioso de encontrar un enorme sentido a esta reunión de fuerzas que se diluían cuando se cruzaban. había encontrado en el pensamiento una de las mejores formas de pensar la vida y al ser humano. de sostener la existencia, a riesgo de todo.

emil m. cioran se convirtió en un cómplice en la travesía, no en aquella persona que dice verdades fulminantes, como un maestro tiránico del pensamiento,  sino en aquel escritor que encuentras en un parque de la ciudad y te comenta el mundo y su trama oculta, sus fisuras, las ilusiones con las que enmascaramos nuestro pavor  con un pavor más terrible, los descensos inútiles e infructuosos a los abismos personales y una larga charla con todos los temas que nos inquietan y que llamamos profundos, pero que en la mano de Cioran se transforman en un constante ejercicio de ironía, para verlos  en la claridad de nuestra mente, desfascinados de todo, de lo absoluto y de nuestra propia soberbia de haber convertido nuestra facultad de destruir el mundo en una virtud.

una rara avis dentro del panorama de la filosofía del siglo 20, ejerció su derecho de autoexiliado de su propia lengua para construir una nueva forma de nombrar el mundo, de erigir su obra sobre los escombros que dejaba el progreso en su avasallador avance, antes y después de las guerras. desde las alcantarillas del pensamiento fustigó con la precisión de un cirujano las taras elevadas como grandes verdades. un cínico en pleno siglo veinte, uno de aquellos perros celestes que  detestó la gloria o el éxito o la docencia en las universidades, porque hubiese sacrificado la libertad de su pensamiento en pro de las instituciones o de las ansias ajenas.

aun recuerdo el momento que leí su nombre en uno de los libros de la edición taurus, nuevo y olvidado por casi veinte años en los anaqueles de una universidad. la tentación de existir.  se disparó el percutor de haber encontrado alguien que escribiera con tanto vigor acerca de la vida, como lo hacía otro de mis escritores que leía en esos años de deserción universitaria, nietzsche. ambos no han perdido actualidad a través de los años. uno siempre encuentra inagotables lecturas en cada uno de sus libros, sin perder la fuerza de las ideas ni aquel brillo de sus palabras.

aun sigo buscándolo en los parques de las ciudades, donde imagino que pasea con una sonrisa de tranquilidad, a pesar de haber muerto hace dieciséis años. pero solo encuentro ancianos y gente solitaria en busca de un santo que redima su existencia, o que les inventen nuevas mentiras para soportarla. es en ese momento, que me digo a mí mismo, cuanta falta hace aun e. m. cioran en el mundo y retorno a mi casa después de haber pasado interminables horas mirando el vaivén de las olas, de haber contemplado como pasa la ruina de las horas por mi lado.

DOCUMENTAL SOBRE EMIL M. CIORAN – FRANCIA



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