digresión nº1: la literatura y una secreta honestidad

12Ago09

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Desde la adolescencia me atraía el escritor que había roto la frontera de la cordura, aquel que se había acercado a ese imperceptible umbral entre la lucidez y la demencia para vivir en un estado constante de dolor y éxtasis, de sueño y pesadilla. La cercanía del peligro encarnado en sí mismo, lo empujaba sin contemplaciones hacia los extremos de una belleza insospechada. La sentaba en sus rodillas, como escribiría Arthur Rimbaud, y desde allí la fustigaba e injuriaba sin ningún tipo de piedad.

Los escritores que pertenecían a esta suerte de camino al margen, en las afueras de la racional e irracional, vivieron atrincherados en esa soledad máxima desde donde arrojaron la palabra como un certero puñal de honestidad, una metralla de muchas verdades que nos hace replegarnos en nuestro miedo. Muchos se empecinaron en colocarles la marca de “escritor maldito”, y estuvieron rodeados de una anti-santidad seductora, vista solamente desde la otra orilla, desde esa cómoda butaca donde se contempla de lejos como la noche cae sobre aquellas mentes, hasta hacerlos completamente irreconocibles para nuestros ojos llenos de razón.

2

“Mi poesía es toda medida.
El arte tiene que volver a ser un acto de sinceridad.”

Jacobo Fijman

En esa aventura de desarreglos, se encontró Antonin Artaud. Sumergido en una especie de misticismo oscuro, descendió hacia todos sus infiernos para lanzar páginas llenas de desgarro, pero no ese desgarro fácil y amargo, sino aquel que se transforma en un desafío a todos los dioses o, mejor dicho, hacia la idea desesperada sobre dios que tienen los humanos.

Aparte de una lista innumerable de escritores que residieron en el Hotel Locura, sin apartarse de la creación, estuvo Jacobo Fijman, un poeta rumano, que vivió la mayor parte de su vida en el hospital siquiátrico Borda de Buenos Aires, y escribió en 1928, anunciando los años de encierro que vendrían después:  “Demencia, El camino más alto y más desierto”.

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"La poesía destruye al hombre/mientras los monos saltan de rama en rama/buscándose en vano a sí mismos" - LMP

En esta senda recorrida entre túneles de altas ventanas y decenas de pastillas para controlar su esquizofrenia y el pánico constante, se encuentra el español más raro de aquella península, Leopoldo María Panero. Hace unos años, apareció en un disco doble realizado por los cantantes Enrique Bunbury y Carlos Ann. Ambos decididos a encontrarse con él, partieron a Mondragón para visitarlo. Un día con el poeta fue una experiencia para ambos músicos desconcertante, donde no sabían manejar la situación ante una persona que realmente está con una mitad de su mente dentro de sus pasillos sin ventanas, y la otra, hablando como si fuesen sus interlocutores un pretexto para expresarse, como un punto de fuga. Al final, cuando dejan a Leopoldo detrás de la reja del centro psiquiátrico, él se detiene del camino entre una alameda de árboles hasta el edificio, y se acerca a la reja, donde ellos miraban la escena del hombre solo, y les lanza una frase que los deja justamente dentro de un lugar peor: “sois vosotros los que estáis en la cárcel, yo no”

Leopoldo María Panero ha optado por esa soledad extrema, donde escribe lejos de toda promiscuidad, soportando su noche: “yo que todo lo prostituí, aún puedo/ prostituir mi muerte y hacer/ de mi cadáver el último poema”.

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Desolación, madre mía,/ Dame tu firmeza.

Martín Adán

Desde hace unas semanas estuve pensando en él, mientras veía unos videos en la red. Me encontraba encerrado en mis propios límites, acercándome a ese vértigo, ejercitando mi espíritu para encontrarme con aquella parte de mí que me salvaría del horror mismo, pero en ese trance, y lo más extraño fue que en estos últimos cinco días, tres personas diferentes mencionaban indirectamente a Panero.

La experiencia más intensa con L. M. Panero fue en un viaje por la serranía de La Libertad, donde recorrí noches y días enteros por paisajes donde la única palabra que rondaba en mi mente era la desolación. Noches en blanco. Días de intensidad por dentro y por fuera. Nada más tenía conmigo tres libros diversos y su Poesía Completa hasta el 2000, que lo leía tendido junto a los bosques de eucaliptos y de todos los poemas, de las decenas que me dejaron afuera de todo ese paisaje a 8 grados, solo memoricé un poema. Pues, no tengo por vicio aprenderme los poemas o ser una biblioteca ambulante, la poesía se instala en mi interior y mi memoria solo me sirve para hacerme recordar el estremecimiento pero nunca las palabras ni el orden. Pero ante este poema rompí la norma, pero en sí nunca fue una gran proeza:

Suave como el peligro atravesaste un día

con tu mano imposible la frágil medianoche

y tu mano valía mi vida, y muchas vidas

y tus labios casi mudos decían lo que era el pensamiento.

Pasé una noche a ti pegado como a un árbol de vida

porque eras suave como el peligro,

como el peligro de vivir de nuevo.

5

Aunque al final, la locura es una lucha entre el impulso vital y la succión de su contrario, la muerte. Un estado de agonía latente, donde el espíritu humano recorre praderas desoladas, torres de infinitos colores donde un ave del paraíso teje un sendero hacia el caos, barcos que surcan las costas de la mente para encallar sobre una isla, donde el escritor se encuentra totalmente libre de todos, menos de sí mismo. Esa es una de las muchas elecciones, concientes o no, que aun nos queda como humanos, como la última sinceridad. Ir hasta el extremo de nuestras posibilidades.

6

¿ Alguna vez me acercaré a ella?

**************

videoteca mínima de LEOPOLDO MARÍA PANERO:

1. DESPUÉS DE TANTOS AÑOS (1994) – Documental de R. Franco sobre Leopoldo María Panero. Recoge testimonios de sus hermanos, quienes dicen muchas cosas duras acerca del poeta y las tensas relaciones con la madre. I, II y III

2. UN DIA CON LEOPOLDO (2004)- Vídeo realizado con Enrique Bunbury y Carlos Ann. I, II y III.

3. NEGRO SOBRE BLANCO – Programa de entrevistas de TVE, donde Fernando Sánchez Dragó entrevista a un delirante Leopoldo María Panero. La desesperación y su Beatriz. III, III y IV.

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