insomnio

07Oct09

 

  

Se aprende más en una noche en vela que en un año de sueño.

Emil M. Cioran

             Ella duerme. Necesita olvidar por unas horas su pequeño infierno. A veces trata de encerrarse en una serie de ideas anodinas y sin consistencia, pensamientos casi infantiles para espantar la depresión. Por la tarde, Maya me comentó por enésima vez el viaje con su ex esposo europeo por España, Francia y Bélgica. Me revelaba, con un movimiento exagerado de sus manos, lo caro que cuesta unas gafas Armani y que ella los deseaba y… yo me inclinaba hacia ella, acariciándole la cicatriz de su vientre con mis labios.

 Enciendo el televisor. Matanzas civilizadas. Talk show: Mi hijo no me quiere porque estoy enamorado de su mejor amigo, dice un transexual. La hiena hembra es la que domina en el grupo. El zapping dura más de una hora hasta detenerme definitivamente en una película sobre Alma Mahler. Trato de concentrarme en la película y en la música mientras una cucaracha recorre confundida la pantalla, posándose en el rostro de la mujer y luego yendo hacia el rostro del compositor que extrañado se sienta en un mueble antiguo. Estos bichos han invadido el departamento, no existe ningún lugar donde no encuentre una. Levanto un libro, una olla, un pedazo de pan o una cortina y veo como esos seres buscan refugio en otro lugar oscuro. Aunque la comparación es bastante asquerosa, creo que ella y yo también nos buscábamos para encontrar esa oscuridad que nos ocultase del tedio, del dolor de vernos reflejados en los espejos completamente solos y sin ningún simulacro de afecto.

Antes de conocernos, yo no necesitaba a nadie y Maya necesitaba a todos.  Yo no tenía empleo, me dedicaba a beber casi todos los días y a fumar marihuana, no estaba desencantado — como algunos llamaron a las generaciones equis o zetas que soportaron las caídas en la década de los noventa. Nunca esperé nada del mundo, no me debía nada y yo no tenía ninguna deuda pendiente con él. Sólo trataba de encontrar algún tipo de iluminación repentina en la ciudad, contemplar la ruina de las horas y de los edificios y de la humanidad entera. En este viaje de desarreglos y excesos, una noche aparecí tendido en un cuarto oscuro junto a  una mujer que me contaba la Gran Historia de su vida. (La bestia había encontrado el centro del laberinto. El minotauro muerto infinitas veces en la noche, ahora se había liberado de su asesino y rondaba en busca de las velas negras de la muerte.) . Cuando desperté, Maya había desaparecido. Nada, ningún rastro de ella. Abrí la puerta del cuarto y no reconocí la calle ni el edificio donde estaba y bajé sin prisa de la azotea. Todas las puertas de los pasillos estaban cerradas.  Sólo se oía el rumor de una ciudad saliendo del letargo, cocinas encendidas, una tos persistente, murmullos irreconocibles detrás de las paredes y una canción de Sabina en alguna radio, el soundtrack perfecto para esta mañana.

 

Durante el insomnio el tiempo se convierte en una masa amorfa de segundos muertos. Instantes que caen como fragmentos de cristales rotos contra nosotros, dejando heridas abiertas sobre otras heridas. La realidad se transforma en un lugar donde nada es ilusión ni sueño ni pesadilla. La asfixia es una claridad brutal. Nos desnuda para canibalizar  las esperanzas más estúpidas que se acumulan durante el día y, poco a poco, se encarnan en la mente como un instinto básico más. Los somníferos ya no sirven.

 

Y mientras yo luchaba inútilmente y sin armas contra las noches en blanco,  Maya dormía invadida por sueños atroces. A veces dormía casi todo el día.

Hoy se levantó sobresaltada, gritando una frase que no pude captar del todo. Y repetía: no, no, no. Apoyada sobre su brazo derecho, me buscaba para abrazarme. Ya pasó, le digo, sólo fue una pesadilla. Lloró. A mí siempre me incomodó ver a las personas con lágrimas en los ojos, no sé qué decirles, me siento tan lejano a los dolores ajenos e incluso a los míos, que  sólo atino a quedarme callado, y eso hice frente a Maya.  Mi madre me persiguió para matarme, me insultaba cosas obscenas, me decía puta de mierda, me liberaré de tí, y me apuntaba con un revólver. Maya creía en sus sueños, tenían el mismo peso que la realidad. A mí me buscó porque en uno de sus sueños yo le inspiraba serenidad. Y con esa convicción con la que decidió enredarse conmigo, ahora pensaba que su madre sentía más que un simple odio hacia ella. Su madre deseaba verla muerta. Aniquilarla por ser parte de una frustración mayor. No traté de persuadirla de esa idea. Duerme, le dije,  mañana hablaremos. Y, si deseas, llamaremos a tu madre.

 

             Marqué el número. No era una emergencia pero mi sugerencia mecánica fue tomada en serio y deseó que cogiese el teléfono en ese instante. Quería oír a su madre.  O mejor dicho, oír la confirmación del deseo mortal. Miré el reloj. Las dos y cuarto.  Después de la granputeada por el auricular, y el a mí qué mierda me importa qué le pase a ella a esa hora, me escuchó.

— ¿Le desea la muerte? — y enfaticé con una voz grave—, ¿ sí o no?

— A esta hora los estrangularía a los dos, imbécil.

Y  colgó el teléfono con violencia.

— Creo que tienes razón, le dije a Maya.

Pero ella ya se había quedado dormida otra vez.

 Su cuerpo desnudo yace inmóvil, iluminado apenas por un hilo de luz amarilla que penetra desde la calle. A los veintisiete, Maya ya no tenía un cuerpo espléndido. Sus tetas  fláccidas  chorreaban a ambos lados de su pecho como dos frutas a punto de secarse y su vientre había quedado marcado por el desgarrón de su primer embarazo. Cuando yo era más joven, me fascinaba ver las formas grotescas de las putas que trabajaban en el centro de la ciudad. Tenía un gusto por la inevitable ruina de todo ser viviente. Era un placer obsceno que no tenía nada de erótico; negaba el cuerpo mediante la fealdad de esos colgajos de carne. Con Maya ahora era distinto — aunque debo admitir que me fascina la cicatriz de casi doce centímetros  en el borde de su pubis—, en ella buscaba la confirmación de mi cuerpo a través de sus gemidos y sus frases “soy tu perra” y “mi concha sólo es tuya”, de mi imposibilidad para sentir un mínimo de afecto, del aburrimiento después de venirme dentro de ella por segunda vez en menos de quince minutos y, la razón más fuerte, el desamparo mutuo de nosotros mismos.

            Y el final nunca era distinto.

Silencio.

 

(El hilo de Ariadna se rompe. La bestia husmea las afueras de los edificios. Está en una ciudad extraña llena de humaredas, una ciudad en llamas donde su grito se confunde con los ruidos de los automóviles. La noche se prolonga más allá de los muros. Y acostumbrado a los laberintos, se introduce en un departamento donde la carne arroja un olor  acre y  animal. Sigue el rastro. En una habitación, una sombra se mueve sobre un colchón en el piso. La Mujer abre su vulva llena de fluidos y lo llama con su mirada de pantera. Se restriega contra su cuerpo y el sudor se confunde con su piel de bestia en un encuentro salvaje entre  sábanas de látex. Retuercen sus cuerpos y gimen. Ella lame la sangre de sus manos. Orina. Frota su rostro contra las paredes; jadea. Se entrega a una danza frenética, el semen la inunda por dentro… engendrando

 la noche,

el insomnio

y la pesadilla).

 

Las palabras abren agujeros negros. Son como los sentimientos, quieren devorarlo todo, absolutamente todo, hasta dejarnos vacíos en un callejón infinito, que es mucho peor a uno sin salida.

 

Dejo el papel en blanco sobre la mesa. No deseo construir puentes en medio del abismo. Si escribiese una sola letra hubiese significado demasiado. Maya anda obsesionada con los enigmas y acertijos de la vida cotidiana. Cree en cualquier cosa que le pueda servir para apoyarse y seguir soportándose. Hace unos meses, un chamán le dijo que  vio en ella una sombra oscura que le impedía salir de su estado caótico. Eso no era muy difícil de reconocer en ella, su rostro estaba marcado por la desesperación. Le ofreció una limpieza del espíritu, por un precio bastante razonable y que incluía todos los mejunjes necesarios para la purificación de su futuro. Y después de la limpia, amiga, te irá bien todo, en el amor, y cuando dijo esto, el gordo sudoroso que fingía de sabio me miró como a un desconocido en ese futuro que le auguraba a ella, sí y en el amor, amiga. Anduvo varios días con esa idea de la sombra que la perseguía. Necesitaba con urgencia los trescientos soles para cambiar su vida. No desistió de ello hasta que se enteró de la captura del curandero que había matado a una chica de quince años en un aborto fallido; es una señal, me dijo cuando volvió al departamento con trescientos soles prestados y un vídeo de  Las Horas. A la mañana siguiente la encontré tirada en el suelo, lloraba desconsoladamente. No podía matarse. Desde que estuvo internada por unos meses en el Larco Herrera, hace casi diez años, no había intentado ni siquiera una vez quitarse la vida. Y mucho menos podía alejarse de sus errores. “ Alguien tiene que morir para que otros puedan vivir”, decía a cada rato como un mantra, e incluso lo anotó con unas letras grandes y azules encima de la cabecera de la cama para que yo no lo olvidase.

 

( Por varios meses se nutrió de la leche rancia de sus  tetas.

   Se emborrachó en las cantinas más podres, sin saciarse. Vio su muerte y su vida fuera del laberinto creado por el ingenio de un solo hombre que ahora fabricaba, en las afueras de las ciudades , extraños artilugios para asesinar…)

 

5 y 45 de la mañana. Aun no amanece. Tomo las llaves de la cartera de Maya. Doblo el papel en cuatro partes y  lo meto al bolsillo. Antes de salir, enciendo la luz de la cocina y decenas de cucarachas, enormes marrones blancas lechosas pequeñas diminutas, todas se escabullen hacia los rincones. Entro a la habitación. Veo el techo decorado con estrellas que brillan en la noche y la tela indígena que clavé en la ventana para que la oscuridad nos protegiera de la luz. Sé que nunca podré sacarla de allí. Está demasiado acostumbrada a sus terrores, a sus sobresaltos por la madrugada, que cualquier intento por liberarla sería inútil.

 No siento nada aparte de un deseo irrefrenable de acariciarle la cicatriz mientras recuerdo que mi madre murió segundos antes de ser extraído de su vientre.  Me quedo inmóvil por un instante frente a la cama. No quiero levantarla. Camino sin zapatos hasta la puerta. Y mientras bajo las escaleras escucho un gemido dentro de la habitación.

 Creo que hoy dormiré todo el día. 

(2005)

imagen: Lying by the Rags. Lucian Freud. 1989-90
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