Al inicio fue el agua y al final …¿la tierra baldía?*

29Jun10

Aunque se develó a fines del año 2009  la manipulación de la información sobre el calentamiento global por parte de los científicos que brindaban información a la ONU, así como las diversas teorías sobre que hemos ingresado a un ciclo natural de calentamiento progresivo del planeta, donde la responsabilidad del ser humano tiene un impacto bajo, estas no son  razones para dejar de lado nuestro entorno ni el problema inminente que ha surgido desde hace unas décadas: la escasez de agua.(Jorge Hurtado)

… y el árbol muerto no da cobijo, ni el grillo da alivio, ni la piedra seca da ruido de agua.

T.S. Eliot

La edad oscura

El Último Hombre ha nacido. Su mundo ya no es el nuestro. El lugar donde ha nacido tenía el antiguo nombre de Amazonía, un territorio de vegetación frondosa donde ahora sólo crece una capa rala de pasto. Los diccionarios conservan las palabras selva, río, catarata, bosque y otras que aún aparecen en las historias de libros guardados en extensas bibliotecas que sobreviven a las combustiones espontáneas. Los científicos han recurrido a extrañas explicaciones,  y la única es que el calor pronto los fundirá también a ellos. En ese Último Hombre todos han cifrado sus esperanzas de perdurar la humanidad que ellos mismos han destruido. El antiguo río llamado Amazonas es un vertiginoso torrente de piedras detenidas entre troncos encendidos y restos de consumo humano.

El chamán, un hombre viejo a los 45 años al que le faltan los dientes delanteros y que vive alejado de la ciudad, le relató al Último Hombre, cuando alcanzó la edad de engendrar, la historia de Yacumama. En los inicios existió una gran serpiente que reptaba por la selva y engendraba ríos, lagos y cochas, y por eso era llamada “madre de las aguas”, Yacu-mama. Y con su dedo, señaló un riachuelo de agua turbia. Allí aún habita ella, pero cuando la última gota se consuma no solamente ella morirá, fue lo último que le dijo el chamán antes de entrar a su casa bajo  el esqueleto de unos árboles  para prepararse a morir.

El Último Hombre se quedó quieto. El calor era tan intenso, una masa de aire caliente y polvo se le metió por la nariz y tuvo dificultad para respirar. Cogió la piedra que colgaba en su pecho y que tenía el dibujo de un caracol. Miró la cordillera y recordó el primer relato que le contó el chamán. Cuando la nieve del Apu mayor del Cusco, el Apu Ausangate, se convierta en agua, y sólo sea un cerro negro carbón, entonces el fin del mundo habrá llegado y con el, retornará el Inkarri. El Último Hombre se sentó en una piedra y trató de ver el nevado entre las decenas de cerros que se dibujaban bajo el quieto celeste del cielo, que fue remecido en ese instante por un estruendo atronador. Una nueva guerra había surgido.

El rostro del mundo

Las películas y los libros de ciencia ficción nos han mostrado una Nueva York sumergida, hombres que habitan estaciones espaciales lejanas al planeta azul, atardeceres donde el sol pulveriza a los hombres o decenas  de personas bajo un domo en medio del Sahara. Pero no es necesario irnos a miles de años en el futuro para enfrentarnos a una ficción que se está transformando en la peor de las realidades: un mundo sin agua, una tierra donde la vida será imposible, un cráneo seco roído por el universo.

La provisión de agua dulce se está agotando. Una persona de cada cinco no tiene acceso al agua potable. El año 2025 dos tercios de la población mundial sufrirá escasez de agua. Pero antes de llegar a ese momento catastrófico, no correrá precisamente agua sobre los puentes sino sangre. Y los que ahora luchan por el petróleo, lo harán luego por la posesión del agua, sino ha empezado ya, como ocurrió hace algunos años entre el conflicto que destruyó varias ciudades del Líbano; una de las razones subterráneas de Israel para atacar fue la posesión de la cuenca del río Litani, en territorio libanés. Y toda esta destrucción fue avalada por los EE.UU., e inútilmente condenada por la ONU. Y precisamente los que luchan, o mejor dicho devastan a otros países, son los que nos han llevado a la catástrofe ambiental. EE.UU. emite 25 por ciento de los gases que han ocasionado el efecto invernadero y Europa el 27 por ciento.

foto: Yann Arthus Bertrand

La utopía del progreso ha sido un caballo desbocado que no nos ha llevado a vivir en un mundo mejor, sino en la misma pesadilla que construimos meticulosamente cada día de nuestras vidas, ciegos ante las consecuencias de nuestros actos más imperceptibles. Movernos con más rapidez, cruzar océanos, comprar en los supermercados artículos que nuestros caprichos obligan, usar teléfonos que desechamos porque el mercado nos hace sentir que son obsoletos, beber gaseosas tan saludables y dietéticas y envasadas en plástico no reciclable. La gran industria de cosméticos para embellecer a los seres humanos mientras el mundo es un horrible rostro difícil de cambiar, este es el camino a la única “utopía” posible: dejar un mundo devastado por el hombre mismo.

¿Qué cerrazón o estupidez nos hace cegarnos ante el peligro inminente?  Dentro de poco tiempo nuestras manos sólo retendrán polvo sobre polvo, y el miedo será ese puñado de polvo que no podremos tomar con nuestras bocas.

El agua es sagrada

Agua eres la fuente de toda existencia.

Texto indio

En la naturaleza todo está interrelacionado. Los esquimales, que carecen de industrias, viven en la actualidad momentos dramáticos debido a la formación de lagunas donde antes el hielo era sólido. La pesca se ha hecho más difícil tanto para ellos como para los osos polares, que mueren por decenas de inanición. Hemos perdido la conexión con nuestro cosmos, esa totalidad que los antiguos habían comprendido con claridad sin desarrollar sistemas complejos de tecnología.

Fluido que sostiene y forma la creación dentro de la cosmogonía de varias culturas, el agua simboliza la matriz de todas las formas de existencia. El nun egipcio es la humedad primordial, el abismo acuoso que da origen a todo. En la mitología india, refiere Mircea Eliade en su Tratado de Historia de las Religiones, Naravana flotaba sobre las aguas primordiales y de su ombligo brotaba el árbol cósmico. El agua estaba ligada a la vida. En la mitología inca, durante el Purun Pacha –edad en la que “un silencio cósmico resonaba en sí mismo”– después que cesó un estruendo en la esfera celeste bajó del cielo el Agua y de su vientre nació Wiracocha, el dios hacedor que hizo posible la vida en la tierra.

El agua es la matriz universal. No son historias de la infancia de la civilización la comprensión sagrada del agua, es la mirada inocente y pura que hemos perdido y ahora sólo es una nostalgia el retorno a esa época donde comprendíamos que cuando la matriz sagrada muriese, ya nada será posible.

Las inundaciones han destruido las ciudades. El calor ha matado centenares de personas en los últimos años. El río sagrado de la India, el Ganges, cuyas aguas lavan todo acto negativo, ha disminuido su caudal. Los glaciares desde donde manan los ríos se están derritiendo con mayor rapidez. China absorbe las aguas subterráneas como un animal sediento, agotando las reservas, al igual que los Estados Unidos de América y Europa. En el altiplano las sequías son más frecuentes y largas, mientras el lago Titicaca ha disminuido su nivel. Científicos han aseverado que los nevados peruanos pronto  cambiarán su rostro albo por extensiones de tierra en menos de una década. La Cordillera Blanca, la cadena de montañas tropicales más alta del mundo, muy pronto tendrá que cambiar de nombre. La tierra seguirá recalentándose como una piedra colocada por los hombres en el mismo centro de las brasas. Así paralicemos las industrias, el daño es irreversible.

En la antigüedad se conservaba la idea del diluvio como una época de regeneración. Una catástrofe que anuncia una Nueva Era. Esta idea popularizada por los relatos judeo-cristianos con el mito de Noé aparece en diferentes culturas. Incluso en libro maya Popol VUh se relata como el creador hizo que los hombres creados muriesen en un gran diluvio por ser muy altivos. La muerte de la vieja humanidad muere para preparar a la nueva humanidad.

El agua es santa, diría el poeta Allen Ginsberg ante el Gran Moloch. En las películas de Andrei Tarkovski el agua es un leit motiv casi sagrado. En Nostalgia, Domenico es un hombre que añora ese tiempo imaginario de la inocencia perdida y desea inmolarse para retornar a ella.  Mientras se prende fuego recita: dejemos de ensuciar el agua. En ese mismo instante, ya cuando la catástrofe es inevitable, Tarkovski muestra a un hombre tratando de llevar una vela encendida a través de una piscina. Quizá sea su último acto. Un acto absurdo, pero en ese pequeño gesto podría estar contenida la salvación del hombre y de nuestro mundo. Mantener la luz encendida.

Jorge Hurtado

*TEXTO PUBLICADO EN LA REVISTA LAS SUMAS VOCES N°13. ENERO 2009.
FOTO EN LA EDICIÓN: ALEJANDRO BALAGUER.
Anuncios


No Responses Yet to “Al inicio fue el agua y al final …¿la tierra baldía?*”

  1. Dejar un comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: