Paseando con W. G. Sebald y una postal

08Ene11

Uno

Estoy en el Parque de la Exposición de Lima, sentado en una de las bancas de madera frente al pabellón Morisco, de aquella arquitectura que imita las construcciones de los árabes que deseaban contener el tiempo y la eternidad en cada una de sus formas. Leo la última novela publicada en vida por  el escritor W.G. Sebald: Austerlitz. Este es el único libro que me acompaña en el viaje, donde estaba tentado constantemente a no irme hacia ningún lado. Quedarme quieto. Un viajero que no viaja. Ser el nómada inmóvil que ahora escribe mientras la memoria ocupa aquel tiempo incorruptible. Es un día cualquiera. Podría anotar el tránsito de cada minuto que pasa. Una niña salta el charco dejado por el agua que riega por aspersión los verdes jardines del parque. Una pareja se encuentra y conversan sobre algo que ellos, sólo ellos sabrán mientras sus palabras se disipan en el aire. Sentado cerca de mi, otro hombre lee un libro mientras aguarda que la jornada de la chica que ama termine,  en uno de los edificios desde donde sólo ve el caos de la ciudad. Todo aquello que parece insustancial adquiere por medio de la memoria una realidad diferente.

Austerlitz es un hombre que viaja en la búsqueda de su memoria. Enhebra cada uno de los fragmentos de su origen a través del viaje a través de Europa. Desea reconstruirse a través de los encuentros con aquellos personas que guardan aun los hechos cotidianos de su infancia, de sus padres, del devenir de su propia vida en la huida ante la muerte, y de esa manera, va ensamblando nítidamente con la memoria ajena a aquel expulsado de su patria y de su origen, para sentir que su vida se había convertido en esa búsqueda incesante.

Dos

Atravieso una zona árida de la costa hacia un pueblo al norte de la ciudad donde vivo. Todos los días hago el mismo trayecto. Un nómada que repite el mismo viaje, como si hubiese heredado un castigo dantesco, reinventar todos los días un paisaje diferente en la misma ruta. La única manera de reinventar un viaje diferente todas las mañanas es a través del exclusivo fundamentalismo que puedo permitirme: la literatura. Hace unos días, en medio de las imágenes del desierto que pasaban rápidamente  por las ventanillas del bus, leí el libro Mecanismos Internos del escritor sudafricano J.M. Coetzee, donde reúne agudos ensayos acerca de varios escritores, o mejor dicho, reflexiones y aproximaciones sobre los libros que le han conmovido o suscitado un interés particular. Aunque algunos ensayos son más acertados que  otros, en uno de los mejores textos de este libro escribe acerca de Sebald.

Entre las diferentes precisiones que hace acerca del escritor cuya prosa se encuentra entre la ficción y la no ficción, habla sobre Austerlitz y, de inmediato, el resorte de la memoria me ubicó nuevamente en aquella tarde de verano en la ciudad de Lima.

El tiempo no existe en realidad, asevera Jacques Austerlitz. En lugar del medio continuo del tiempo hay focos interconectados de espacio-tiempo cuya topología quizá nunca entendamos, pero entre los cuales pueden viajar los denominados vivos y los denominados muertos y de ese modo encontrarse. Una instantánea, prosigue, es una especie de ojo o nodo de conexión entre el pasado y el presente, que permite a los vivos ver a los muertos y a los muertos ver a los vivos, a los supervivientes. (Esta negación de la realidad del tiempo proporciona una racionalidad retrospectiva para las fotografías que salpican los textos en prosa de Sebald)

Una consecuencia de la negación del tiempo es que el pasado se reduce a una serie de recuerdos entrelazados en la mente de los vivos.”

Mecanismos Internos. Pag. 166

El bus se detiene en la zona del peaje. El tiempo se ha detenido brevemente y la memoria abre de nuevo la escena en el Parque de Lima, como si aquel instante apareciese en medio de la tenue oscuridad dentro del vehículo, atravesando la neblina de la mañana.

Tres

Otra precisión acerca de Sebald, es la que nunca se consideró un novelista, sino un escritor de prosa. Leer cada página de este escritor muerto hace nueve años, es ingresar a uno de los laberintos fascinantes, en el cual uno no desea salir más, pues encuentra infinitas puertas hacia un universo interior distinto de nuestras emociones y de los conocimientos desperdigados en las bibliotecas de una Babel casi extinta. Vértigo. Los Anillos de Saturno. Sobre la historia natural de la destrucción. Cada uno de sus libros explora el lenguaje en todas las posibilidades, desde el ensayo hasta los libros de viajes, donde inserta imágenes como parte del discurso narrativo. E inclusive, no tiene la necesidad de insertar la imagen de lo que narra, para situarnos frente al hecho histórico o sus observaciones de viajero. En el libro póstumo Camposanto, se han reunido sus anotaciones incompletas acerca de sus viajes en la isla de Córcega y otros ensayos. En uno de sus prosas de viaje describe una imagen durante su paso por Ajaccio, la ciudad donde nació Napoleón, que nos coloca de plano frente a una pintura.   Una postal a través de las palabras.

El más hermoso me pareció aquella tarde un cuadro de Pietro Paolini, que vivió y trabajo en Lucca en el siglo XVII. Muestra a una mujer de unos treinta años, sobre un fondo negro profundo que sólo hacia la izquierda se hace pardo muy oscuro. Tiene unos ojos grandes y melancólicos y lleva un vestido color de noche, que no se destaca ni siquiera como insinuación que la rodea, y por consiguiente es en realidad invisible, pero está presente en cada pliegue y quiebro de la tela. Ella lleva al cuello un collar de perlas. Rodea con el brazo derecho, de forma protectora, a su hijita, que está ante ella de perfil, vuelta hacia el margen del cuadro, pero gira hacia el espectador un rostro severo, en el que parecen acabar de secarse unas lágrimas, en una especie de mudo desafío. La niña lleva un vestido de color ladrillo, y también lleva un traje rojo un soldado de juguete, de apenas tres pulgadas, que ella nos tiende, ya sea en recuerdo de su padre que se ha ido a la guerra, ya para apartar nuestro mal de ojo. Durante un largo rato estuve ante aquel doble retrato, viendo en él reflejada, como pensé entonces, toda la insondable infelicidad”

Campo Santo. Pág. 10.

Después de leer este breve texto, aun uno puede creer en la literatura, como la más fascinante destructora del tiempo.

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2 Responses to “Paseando con W. G. Sebald y una postal”

  1. que loco encontrar otro escritor con mi nombre.
    un saludodesde argentina. contactemos,

  2. 2 Yamileth Latorre Quintana

    Jorge, hoy he tenido tiempo de leerte más: gracias por mirarme, una vez, con tus ojos tan lúcidos.

    Yamileth LQ


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