L.F. Céline, más allá de la censura

12Feb11

Hace unas semanas leí la noticia acerca de la censura hecha por el gobierno francés contra uno de los escritores más brillantes del siglo 20, arrancando de su calendario de celebraciones nacionales por el aniversario de su muerte. Al inicio me causó indignación el intento de exiliar de la memoria de la literatura a un escritor que renovó la narrativa, con su escisión a las naturalezas abyectas de los seres humanos, cuando descienden a su noche más oscura, o convierten su existencia en el testimonio de su universo en todos los planos: desde la bondad hasta la crueldad más extrema. Louis Ferdinand Céline ha encarnado en la literatura el origen de la exploración – a través de la palabra, y sin ninguna  concesión-, del descenso hacia los sótanos de la condición humana, en un mundo que se desintegra en las peores contradicciones de la historia, de aquella historia que escapa de la idea hegeliana de una línea recta que tiende hacia el bien absoluto, sino de la historia que estalla en miles de pedazos para volver siempre a repetir los mismos errores.

No solo han censurado su filiación política con el nazismo, sino que ha sido víctima de la misma ceguera que condenó a casi cien años a la sombra la obra del Marqués de Sade, cuyo única razón fue enrostrar a la sociedad los vicios más perniciosos en los que nos hemos volcado en este mundo en ruinas, la reafirmación de la convivencia con lo más ruin para sobrevivir en la jungla, en que hemos convertido nuestra sociedad, como si fuese necesario ese grado de abyección para sostener aun los pilares de nuestra sociedad.

Céline escribía no solo con sus manos, sino también con cada cicatriz de su cuerpo y de su mente, con una gran ironía. Ex combatiente de la Primera Guerra Mundial, sufrió múltiples lesiones en su cuerpo, que le hizo vivir casi mutilado y con una medalla que nunca le repuso de los atronadores sonidos en sus oídos lesionados ni los dolores de cabeza, con los que tuvo que convivir la mayor parte de su vida. Tuvo fama de una persona desmesurada, y se creó en torno a su antisemitismo una leyenda que contaban que lo veían dando paseos por las calles de París con varios perros para mantener a los judíos lejos de su presencia.

Recuerdo mi fascinación por el libro Viaje al fin de la noche, que aun no he vuelto a releer desde hace más de una década, pero que aun se mantiene en mi memoria aquellos desplazamientos, o mejor dichos descensos, por paisajes subterráneos en varios lugares de Francia, Africa y EE.UU, lugares donde Ferdinand Bardamou inventaba sus propias reglas amorales para abrirse, como si tuviese un cuchillo afilado, a través de la niebla más densa de la desesperación y la desesperanza, para imponer los términos del juego con estoicismo. Este libro nos precipita vertiginosamente hasta el límite del abismo individual y humano, para conocer en nuestro interior la pesadilla y el horror y emerger luego de él, sin el velo de la fascinación por una vida cómoda y fácil. Viaje al fin de la noche se convirtió en el hilo de una madeja que me llevó a sus demás libros, que son las búsquedas de nuevas formas de lenguaje para acercarse a  la intensidad de lo que narra, como aquel libro entre el sobresalto y la respiración entrecortada, donde narra bajo los bombardeos alemanes y el juicio que lo condenaron por traición a la patria: Fantasía para otra ocasión.

Leer a Céline, es internarse en una manera de literatura que replicó en muchos escritores que nos han mostrado los lados menos amables de los seres humanos y de nuestros sentimientos más oscuros, como el realismo sucio, pasando por la obra de Jean Paul Sartre, Henry Miller y John Fante.

La literatura de Céline no necesita homenajes, pensándolo bien. Ella misma se celebra, sobre aquellos que desean sepultarla bajo la miopía más cerrada.

RECORTES:

VARGAS LLOSA SOBRE L.F. CELINE

En el diario El País, Mario Vargas Llosa no se quedó en silencio ante la actitud del gobierno francés y escribió un artículo titulado Los réprobos, donde deja sentada su posición de separar al escritor de libros trascendentales de la persona que abrazó, supuestamente, una filiación nazi.

Dicho esto, hay que decir también que Céline fue un extraordinario escritor, seguramente el más importante novelista francés del siglo XX después de Proust, y que, con la excepción de En busca del tiempo perdidoLa condición humana de Malraux, no hay en la narrativa moderna en lengua francesa nada que se compare en originalidad, fuerza expresiva y riqueza creadora a las dos obras maestras de Céline: Viaje al final de la noche (1932) y Muerte a crédito (1936).

Desde luego que la genialidad artística no es un atenuante contra el racismo -yo la consideraría más bien un agravante-, pero, a mi juicio, la decisión del Gobierno francés envía a la opinión pública un mensaje peligrosamente equivocado sobre la literatura y sienta un pésimo precedente. Su decisión parece suponer que, para ser reconocido como un buen escritor, hay que escribir también obras buenas y, en última instancia, ser un buen ciudadano y una buena persona. La verdad es que si ese fuera el criterio, apenas un puñado de polígrafos calificaría. Entre ellos hay algunos que responden a ese benigno patrón, pero la inmensa mayoría adolece de las mismas miserias, taras y barbaridades que el común de los seres humanos. Solo en el rubro del antisemitismo -el prejuicio racial o religioso contra los judíos- la lista es tan larga, que habría que excluir del reconocimiento público a una multitud de grandes poetas, dramaturgos y narradores, entre los que figuran Shakespeare, Quevedo, Balzac, Pío Baroja, T. S. Eliot, Claudel, Ezra Pound, E. M. Cioran y muchísimos más.

[…]

El mundo de Céline está hecho de pobreza, fracaso, desilusión, mentiras, traiciones, bajezas, pero también de disparate, extravagancia, aventura, rebeldía, insolencia y todo él despide una abrumadora humanidad. Aunque el lector esté absolutamente convencido de que la vida no es solo eso, -es mi caso- las novelas de Céline están tan prodigiosamente concebidas que es imposible, leyéndolas, no admitir que la vida sea también eso. El gran mérito de ese escritor maldito fue haber conseguido demostrar que el mundo en que vivimos también es esa mugre y que era posible convertir el horror sórdido en belleza literaria.

La literatura no es edificante, ella no muestra la vida tal como debería ser. Ella, más bien, a menudo, en sus más audaces expresiones, saca a la luz, a través de sus imágenes, fantasías y símbolos, aspectos que, por una cuestión de tacto, buen gusto, higiene moral o salud histórica, tratamos de escamotear de la vida que llevamos. Una importante filiación de escritores ha dedicado su tarea creativa a desenterrar a esos demonios, enfrentarnos con ellos y hacernos descubrir que se parecen a nosotros. (El marqués de Sade fue uno de esos terribles desenterradores).

Hay que celebrar las novelas de Céline como lo que son: grandes creaciones que han enriquecido la literatura de nuestro tiempo, y, muy especialmente, la lengua francesa, dando legitimidad estética a un habla popular, sabrosa, vulgar, pirotécnica, que estaba totalmente excluida de la ciudadanía literaria. Y, por supuesto, como ha escrito Bernard-Henri Lévy, aprovechar la ocasión del medio siglo de la muerte de ese escritor “para empezar a entender la oscura y monstruosa relación que ha podido existir… entre el genio y la infamia”.

ONETTI ESCRIBE PARA DESTOUCHES, PARA CELINE

El desaparecido Juan Carlos Onetti es uno de los más próximos escritores latinoaméricanos de comienzos de la segunda mitad de siglo 20, con la literatura de Céline, cuyos primeros libros se acercan a ese descenso hacia nuestra condición humana. Aquí unos fragmentos de un artículo escrito para Céline

Ya se ha dicho que esto no pasa de una nota periodística. Como se trata de distraer al lector, agregaremos algunas precisiones o leyendas. Tanto da.

-Cuando el doctor Destouches –que deseaba y logró romperle el espinazo a la sintaxis francesa- se sintió satisfecho o harto de su docena de versiones, repartió por correo varias copias entre las editoriales. Esto ya se dijo. Pero el medicucho olvidó agregar nombre y dirección. El único editor que comprendió su grandeza sólo pudo ubicarlo gracias a que entre las hojas del mamotreto se había deslizado una cuenta de lavandera.

-Céline, hombre de un solo libro, a pesar del resto, hombre de un solo tema (Destouches), escribió varias tonterías. Entre ellas, un pésimo panfleto antisemita (inexplicablemente editado por Sur) que lo obligó a disparar de Francia cuando la caída del nazismo. Consiguió asilo en casa de un admirador (Copenhague). Pero impuso una condición: viviría en la casilla del perro. Sus biógrafos no dicen una sola palabra respecto al desalojado.

-El mencionado panfleto había despertado la simpatía de Otto Abetz, embajador de Alemania en Francia. Y al defenderse de la acusación de nazismo, Céline se presentó al tribunal de depuración diciendo por escrito y con escándalo: «¿Yo antisemita? Abetz me ofreció encargarme del problema judío en Francia y no acepté. Si hubiera dicho que sí, a esta hora no quedaría un solo judío vivo en Francia».

Y algo para terminar. En Viaje Céline eligió la ferocidad, la mugre y el regusto por la bazofia con singular entusiasmo. Sin embargo un artista se parece a una mujer porque tarde o temprano acaba por aceptar fisuras y confesarse. En este caso hablamos del amor y la ternura. Hay que copiar la despedida entre Ferdinando y Molly, la prostituta que lo mantenía en los Estados:

«-Ya vas a encontrarte lejos, Ferdinand. Ya estás haciendo, ¿no es cierto amigo mío? lo que más te gusta. Y esto es en realidad lo más importante… Esto es lo único que cuenta en este mundo…

El tren entraba en la estación. Yo no me sentí muy contento con mi nueva aventura cuando vi la locomotora. Molly estaba allí, mirándome. Yo la besé con todo el valor que aún me quedaba en el esqueleto. Tenía pena, pena verdadera, por una sola vez, por todo el mundo, por mí, por ella, por todos los hombres.

Y esto es quizá lo que se busca a través de la vida; nada más que esto: el más grande sufrimiento posible a fin de llegar a ser uno mismo antes de morir.

Muchos años han transcurrido ya desde el día de aquel viaje, años y años… Yo he escrito frecuentemente a Detroit y también a otros sitios, a todas las direcciones que yo podía recordar, a todos los lugares donde podían conocerla, o darme razón de ella. Nunca recibía la anhelada respuesta.

En la actualidad aquella casa está clausurada. Es todo lo que yo he podido saber. ¡Nobilísima, encantadora Molly! Yo quiero que si ella puede leer alguna vez esto que escribo en un lugar cualquiera, desconocido para mí, sepa con toda evidencia que yo no he cambiado para ella; que la amo todavía y para siempre, a mi manera; que ella puede venir hacia mí cuando quiera a participar de mi techo y de mi furtivo destino. Si ella no es ya bonita, como era, pues bien: eso no tiene la menor importancia. Ya nos arreglaremos. Yo he podido guardar tanta belleza de ella en mí mismo, tan vívida, tan cálida, que tengo bastante para los dos y por lo menos para veinte años aún; el tiempo de acabar para siempre…

Tuve que haber estado del todo loco y poseído de una inmunda frialdad, ciertamente, para haber podido abandonarla. Sin embargo, he defendido mi alma hasta el presente, y si la muerte viniera a tomarme mañana mismo, yo no estaré, lo afirmo con toda seguridad, ni tan frío, ni tan horrible, ni tan pesado como los otros: tanta dulzura y tanta sustancia de sueño puso Molly en mi ser durante aquellos contados meses de mi estada en América.»

Y, finalmente para tranquilidad del lector, la frase que cierra el libro luego de la muerte de Robinson, luego de tan prodigiosa acumulación de excrementos y retenidas lágrimas:

«Un remolcador silbó a lo lejos: su llamamiento atravesó el puente, la esclusa, un trecho más y el otro puente, lejos, más lejos. Llamaba a todas las barcas del río, llamaba a la ciudad entera, al cielo y al campo, nos llamaba a nosotros también, a todo lo que el Sena conducía, a todo… Y que no se diga más.»

Pero estábamos mintiendo. Falta una sola cosa, una adivinanza cuyo premio sólo puede encontrar en sí mismo el lector de Viaje al fin de la noche: ¿por qué el doctor Destouches eligió llamarse Louis Ferdinand Céline?

FOTOS: TOMADA DE http://louisferdinandceline.over-blog.com/ Y DIARIO EL PAIS.
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