Thomas Bernhard en el supermercado y otras anotaciones fuera del mundo

13Mar11

Uno:

Un supermercado nunca será un lugar ideal para leer, y mucho menos para leer El Frío – Un aislamiento, de Thomas Bernhard, o cualquier libro que haya escrito él con la ironía de aquellos que han sonreído a la muerte dentro y fuera de la ficción. El experimento aconteció  junto a un stand de tabaquería cerca de la puerta de salida de uno de esos lugares, donde una voz suave anunciaba las últimas ofertas de las dos de la tarde, entre el sonido monótono de cajas que se cierran y se abren junto a las colas de impacientes por culminar ese rito cotidiano. Los primeros instantes, parado frente a ese stand observo que el tabaco había cedido su espacio a decenas de gomas de mascar. El efecto de la santa inquisición contra los fumadores ha surtido efecto en estos lugares, pienso, mientras me alejo y posiciono mi cuerpo a un metro de las filas de carritos cromados de compras. Puedo esperar horas enteras en cualquier lugar, pero sólo si tengo la posibilidad de leer algún libro para acelerar el paso del tiempo. Abro el maletín de la computadora portátil que llevo a diario al trabajo y saco el único libro con el que sobrellevo las horas muertas o cualquier corto viaje que emprenda.

Dos:

El experimento apareció de manera fortuita, como sucede cualquier accidente dentro de las ciudades o cualquier acto producido por la impaciencia y la espera. Si bien el libro no narra nada acerca  de las costumbres de nuestra sociedad posmoderna ni sobre las leyes implacables de la oferta y la demanda, en  un mundo dominado por el consumo y la insatisfacción, uno de los puntos que podría resultar un nexo con esa lectura en un lugar anómalo y de tránsito, es la desgarradora experiencia de un joven soportando el aislamiento, en otro lugar pasajero, donde la enfermedad predomina sobre la voluntad humana, o la tensión que queda de ella,  y donde todos pugnan por sobrevivir a costa de la muerte ajena, no sobrevivir el cuerpo, sino aquello que los hace imaginarse lejos del aniquilamiento.

Aunque existe una distancia sustancial entre el tránsito en un supermercado y en una estancia para enfermos del pulmón, ambos pertenecen al género de lugares donde “se está asediado por la presencia del Otro con mayúscula, tal como precisa Marc Augé cuando habla de los supermercados,  aunque de una góndola a otra, de un pasillo a otro, sólo se crucen soledades, seres concentrados en calcular, cada uno en lo suyo, de qué estará hecho el mañana, lanzados en un comercio “mudo” donde solo tienen por interlocutor, hasta el momento de pasar por la caja, sus deseos, sus recuerdos y la conciencia más o menos infeliz del dinero del que disponen”. En aquellos hospicios por donde transcurrió la adolescencia del personaje de Bernhard, es decir él mismo, y que le sirvieron de una brutal educación sentimental, también existía una amarga presencia del Otro, soledades que estaban sumidas en su propia dolencia, concentrados en las esperanzas de salir de allí y con el único recursos que la conciencia, no del dinero, sino su propia reserva de salud que disponían, en un territorio dominado por la frialdad.

Tres

Muchas veces he tratado de comprender cómo nuestra experiencia humana puede arrastrarnos a callejones donde el odio, el rencor y una desesperada indiferencia configurase un orden de cosas, pues en el mundo cerrado de Bernhard y narrado en sus cinco libros que componen sus relatos autobiográficos, existe un niño o adolescente que intenta sobreponerse a un mundo representado en su más desoladora expresión, un pequeño universo dominado por seres humanos que han descubierto el poder en el desastre o en la oscuridad de nuestras relaciones sociales y lo han impuesto despóticamente hacia los demás, como si fuese la única arma que poseen para no sentir la miseria cotidiana de la vida. Configurar un yo entre decenas de hombres acabados por el sistema natural de las cosas, reponerse al aislamiento y a la exclusión, es una labor que termina a muchos en el abatimiento o en el estoicismo. En medio de tormentos terribles, donde la muerte tiene una silenciosa orgía, el hombre se encuentra a solas consigo mismo, con la única esperanza de aniquilar el dolor.

Después de haber recorrido varias estancias, lugares de tránsito, para sobrellevar un mal en el pulmón adquirido cuando apenas era adolescente, llega a Grafenhof, que al inicio le pareció un lugar apropiado, no como los anteriores lugares que asemejaban campos de concentración, sino “algo tranquilizador. Pero esa tranquilidad era un autoengaño. Me atreví a recuperar el aliento, durante dos días. Entonces me confesé a mí mismo mis errores. La vida no es más que el cumplimiento de una pena. […] El mundo es un establecimiento penitenciario con muy poca libertad de movimientos. Las esperanzas se revelan como un sofisma. Si te ponen en libertad, en ese mismo instante vuelves a entrar en el mismo establecimiento penitenciario. Eres un preso y nada más”.

No importa si fuese verdad o mentira lo que narra. Muchos le han cuestionado esto. Pero cada vez que abro por enésima vez cualquier libro del escritor austríaco, intento nuevamente encontrar una respuesta a cada una de las interrogantes que  abre, como si dentro de su prosa aciaga, se revelasen algunas certezas que nunca hemos deseado admitir por el grado de crudeza y brutalidad. Aunque nunca he tratado de encontrar en la literatura la verdad, sí existe una pulsión por recomponer nuestro mundo a través de la interiorización de aquello que leemos. Los libros de Bernhard se convierten en favoritos, no porque creamos que también nosotros podríamos haberlos escrito, sino por todo lo contrario. Una prosa que nunca hubiésemos deseado escribir, por cobardía o por temor a las revelaciones sobre nuestra relación con nosotros mismos y el mundo, una relación cercana a la desesperación, si la voluntad no la transforma hacia la lucidez de atravesar el mundo con estoicismo.

Mi abuelo me había hecho conocer la verdad, no sólo su verdad, sino también mi verdad, la verdad en general, ya demás, al mismo tiempo, los errores totales de las verdades. La verdad es siempre un error, aunque sea la verdad al cien por cien, todo error no es más que la verdad, así continuaba yo, así tenía la posibilidad de seguir avanzando, así no tenía que interrumpir mis planes. Ese mecanismo me mantiene vivo, me permite existir. […] Estamos en un error cuando creemos estar en la verdad, y a la inversa. El absurdo es el único camino posible. Yo conocía ese camino, la carretera continúa”.

Tres.

¿Cómo logramos sobrevivir del limbo o del infierno?

En aquella época me había refugiado ya en la escritura, no hacía más que escribir, […], sólo existía cuando escribía, mi abuelo, el escritor, había muerto, ahora tenía que escribir yo, ahora tenía yo la posibilidad de escribir, ahora me atrevía, ahora tenía ese medio para mis fines, al precipitarme en ello  con todas mis fuerzas, abusaba del mundo entero, al convertirlo en poemas y, aunque esos poemas no tuvieran valor, lo significaban todo para mí, nada significaba en el mundo, no tenía nada más, sólo la posibilidad de escribir poemas”.

Cuatro

Bernhard nunca agotó la capacidad para sobrevivir o saltar las barreras a las que se hubiese condenado si aceptaba la fatalidad como parte de su vida. A pesar del aislamiento en esos centros de reclusión médica, no solo el aislamiento físico, sino también moral, donde atravesó desde el pabellón para enfermos terminales hasta su salida, como un acto de rebeldía hacia ese mundo claustrofóbico que era una fábrica de muerte y de la multiplicación de la enfermedad y el desaliento. Después de haberse percatado que se encontraba en un laberinto, decide irse y no retornar más a Grafenhof. Toma nuevamente el aliento. Regresa a la vida, herido del pulmón. Obtiene su redención a través de la conciencia de su vida y la enfermedad y la muerte y de la huida del infierno. Pero la muerte, a pesar de ser su compañera y su búsqueda y su recriminación contra el mundo, le dará una tregua para sobrellevar una prolífica obra, que lo ha convertido en “ave raris” dentro de la literatura, con una conciencia radical acerca de la materia que usa para escribir: el lenguaje.

El lenguaje es inútil cuando se trata de decir la verdad, de comunicar cosas, sólo permite al que escribe la aproximación siempre, únicamente, una aproximación desesperada y, por ello, dudosa al objeto, el lenguaje solo reproduce una autenticidad falsificada, una deformación espantosa, por mucho que el que escribe se esfuerce, las palabras lo aplastan todo contra el suelo y lo dislocan todo y convierten la verdad total en mentira sobre el papel. Otra vez he viajado yo al infierno, en dirección opuesta”.

Cinco

La lectura aun sigue encarnando el peligro. Miles de libros han ardido junto a temerosos hombres que se regocijaban de extinguir su miedo en cada lengua de fuego. Millones de páginas han sido condenadas a desaparecer porque esas letras acumuladas aun podían encender las praderas de la mente y convertir el placer de una vida “feliz” en una terrible amenaza. Un bosque ilustrado en llamas. El hombre tiene ese sueño cercano a la pesadilla de aniquilar al libro y al ejercicio de la lectura, como si fuese el amante de los rituales imaginados por Ray Bradbury en la novela Farenheit 451.

Cierro el libro. Sonrío cínicamente y miro de reojo a todos los clientes de las cajas registradoras. Sus rostros cansados, deseosos de salir de allí, de terminar la transacción y retornar a sus casas. No se puede permanecer mucho tiempo en ese lugar de tránsito. Imagino si supiesen acerca de la escritura Bernhard, ese deseo inquisitorio de hacerlo cenizas aparecería en su mente. Recibo una mirada de recriminación del hombre encargado de la seguridad por estorbar el paso de los carritos plateados junto a este punto elegido para mi lectura.

Pienso que todos los lugares son ideales para leer a Bernhard, pues nunca eludiremos el peligro de encontrarnos con aquellos libros que nos arrancan del mundo para colocarnos en una posición siempre incómoda, y fuera de toda irrealidad, o mejor dicho en las entrañas de este mundo que hemos construido, casi a medias, de nuestros escombros.

Extractos tomados del libro El Frío - Un aislamiento. Thomas Bernhard (Anagrama)
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