crónica: memorias del hombre de las azoteas

22Mar11

Hace más de doce años conocí a un hombre que vivía en una de las miles de azoteas que existen en las ciudades de Latinoamérica, un estrado para observar la ciudad en su esplendor y su ruina. El pulso lento del ciclo de la urbe, un animal que muta a cada instante y en silencio. Este hombre me invitó a beber en su pequeño espacio, que ahora ha sido reducido a nada, y sobre el mismo terreno del viejo edificio donde vivió, ahora han levantado un edificio. Esta crónica mínima pertenece a una serie de retratos y que después de muchos años los he encontrado, escritos con una vieja máquina de escribir Olympia. Nunca más supe del hombre, si aun sonríe cada amanecer o si aun sigue siendo un misógino que no aprendió a mirar el rostro más amable de las mujeres.

Jaló el cerrojo de la puerta de madera prensada y bostezando frente a un paisaje de techos sucios, irregulares y de cables entreverados, se dio un silencioso buenos días estirando sus brazos, como si saludara a todos los hombres que se enfrentaban a una mañana totalmente diferente cada uno. Se asomó al pequeño muro y miró hacia la Avenida Los Incas. La mañana de diciembre se mostraba más gris de lo habitual, como si alguien allá arriba hubiese derramado agua turbia en las nubes. El puesto de periódicos en la puerta del edificio de rejas oxidadas estaba cerrado. Aun no eran las seis. Caminó por el estrecho pasillo, decorado con macetas hechas de baldes o galoneras cortadas a la mitad que alojaban plantas de un verde sucio. Esquivo los pantalones fucsias de su vecino gay, que hace dos noches no lo había dejado dormir con decenas de alaridos arrancados por el “marido” de turno, y después no se escuchó ni un murmullo de él. Hizo unos cuantos ejercicios de gimnasia, para entrar en calor más que para mantenerse saludable. La salud ya la había perdido en incesantes noches de alcohol y sexo extremo. Cuando había sido adolescente, leyó en una revista de esoterismo y cosas similares, que los chinos a través del tai chi conseguían mantener en equilibrio la mente y el cuerpo, y años después aprendió algunos de los ejercicios con los que siempre entraba en calor antes de empezar su día, es decir, antes de iniciar una travesía hacia nada.

Se colocó sus sandalias, mejor dicho, sus sayonadas rojas y bajó por las escaleras mohosas para comprar pan al chiquillo de la esquina, antes que empiece el embotellamiento de los microbuses. El pan con sabor a monóxido no le gustaba mucho y, además, no iba muy bien con la manzanilla que se preparaba todas las mañanas en una ceremonia realizada con prolijidad en su pequeño cuarto de mapresa.

El niño, limpiándose las legañas porque no había dormido casi nada, le informó que hoy  encontró un hombre muerto, a dos cuadras de allí. Yo lo vi, profe, le dice mientras mete los panes en la bolsa de plástico con sus manos marrones de mugre, hace una pausa y señala una dirección indefinida, una serie de calles desoladas cuyas paredes de color pastel contrastaba con el silencio. La sangre salía debajo de su cabeza. Le han metido un fierrazo, profe…Los tombos llegaron y lo taparon todito con periódicos. Aquí tiene profe, con su yapa por el muerto. El se toca la cicatriz de cinco centímetros de su costado izquierdo que le dejaron en un barrio de Lima; se libró de la muerte gracias a una prostituta que lo dejó en la puerta del hospital. Un ángel en un mundo de mierda, remataba su historia de una más de sus historias de sobrevivencia.

Todos los días escuchaba anécdotas sórdidas del barrio. En su edificio convivía con ladrones, putas, homosexuales arrinconados a la marginalidad, madres solteras, adictos y alcohólicos que ni siquiera recordaban sus nombres. No pasaba más de cuatro días sin escuchar el ruido seco de un disparo. Ya nada le sorprendía. Nadie sabía que se llamaba S. Los vecinos le decían profe, él nunca entendió de dónde habían sacado que era profesor. Quizá por la confusión de un borrachín que le dijo, cuando no llevaba ni una semana en esa habitación que había rentado por menos de cien soles, que era el profesor Jara. A los borrachos no hay que contradecirles, así que si el quería que yo sea el profesor Jara, lo era ese día. El chico del pan oyó ese “título” y a la mañana siguiente lo llamaba profesor Jara,  luego profesor, hasta reducirse a un corto y simple profe.

Sacó un libro de su biblioteca, ordenada alfabéticamente, que era un mueble que dividía la habitación en dos. El primer libro al inicio de su colección era una edición de La Divina Comedia, ilustrada por Doré. Era el único libro de lujo. Lo conseguí en Tacora hace más de quince años, me dice cuando le pregunto por esa rareza. Y abre el libro recién extraído, y acomodándose su bigote ralo, lee. Su voz es pausada, impecable. Sus ojos de gato, grandes y claros contrastan con su piel quemada por el sol y llena de grietas oscuras. “No he conseguido nada, ni siquiera ser un malvado; no he conseguido ser guapo, ni perverso; ni un canalla, ni un héroe…, ni siquiera un mísero insecto.”

Su padre le había contagiado el vicio de la lectura. Era un juez de paz, que fue encontrado muerto en una quebrada en Ancash a inicios de los sesenta; nunca supieron quién lo mató. Dostoievski pasó a ser mi nuevo padre, dice y se levanta de su catre cubierto con una frazada de tigres marrones a punto de desaparecer en una noche de frío. Camina hacia otro espacio dividido por una cortina de plástico negro. Allí tenía una cocina pequeña de querosene y una repisa donde había dos tazas dos platos y tres cucharas junto a un frasco grande de azúcar. Sirve en dos tazas un líquido amarillo. La manzanilla es buen digestivo, sentencia y hace una mueca parecida a una sonrisa. Arregla con minuciosidad la mesa forrada con plástico azul y coloca las tazas blancas de porcelana, una frente a la otra. En el medio, sobre una base de madera, coloca la olla humeante de la que sobresale la cuchara de aluminio. Era su rito cotidiano, escrupulosamente medido cada uno de sus movimientos, como si sobre ese acto se determinará una sucesión de otros actos en el mundo. Ese acto casi religioso contrastaba con toda la inmundicia que le rodeaba. En un momento pensé que si un día dejase de hacer eso, todo, absolutamente todo, se derrumbaría como una frágil torre de arena en medio del desierto. Me sirvió la bebida y me la entregó con sus dos manos, Luego de dar tres sorbos del líquido caliente señaló el libro y dijo, con su voz sonora y desengañada, “este libro deberían leer todos esos hombres que se pregonan de malditos”, y me arrebata de las manos el libro y lo coloca cuidadosamente en su mismo lugar.

Cuando leyó Las Memorias del Subsuelo tenía dieciocho años y le pareció un libro cargado de verdades: todo era real pero lejano. Cuando los años fueron arrastrándolo a desencantarse de cualquier empresa que empezaba, el libro se le hizo más cercano. Hubo un momento que estaba medio loco y hasta imaginé que Fiodor—lo dice como si hablará de su vecino o de una persona con las que come en comedor popular— lo había escrito pensando en mí. Estaba en la línea entre la cordura y la locura, en esa línea casi invisible que un simple hecho hubiese desencadenado hacia “actos raskolnikovianos”. Muerde un pan y toma un sorbo de su taza despostillada y aun masticando dice: y felizmente que una mujer apareció y con puro sexo me curé por unos meses. Luego, el infierno. ¿Has conocido alguna vez el infierno?

Vivo solo. Me he acostumbrado a mí mismo. Hace tiempo que ya no vivo con esas paridas de lo más atroz, dice convencido de la fatalidad que toda experiencia atroz atrae a otras peores. La última era una histérica que tenía por distracción gritar y tirar mis libros. Nietzsche decía que la mujer es el reposo del guerrero, y como yo no era un guerrero me tocó joderme. Pero no me siento mal viviendo solo. El mejor amor de la humanidad es vivir lejos de ella. Ahora comprendo a Dios porque también está tan lejos, y comprendo más al hombre que ha hecho un mandamiento de su amor a dios. Imagínate si viviera entre nosotros realmente, se hubiesen hecho religiones donde el primer mandamiento sería el odio.

Se lava en una tina de plástico, que coloca encima de un banco de madera y se afeita frente a un diminuto espejo que cuelga en su ventana, que está semi abierta para que deje ingresar la luz. Hace cuatro meses trabajaba vendiendo videos piratas en un puesto de Las Malvinas. Había viajado en su juventud por varios países de Latinoamérica, vendiendo y comprando cosas y ayudando a la gente que compartan contra su voluntad, o sea hurtando. En esta ciudad, me dice mientras la navaja arrastra un poco de jabón mostrando la piel mal afeitada de su cara, lo que hace falta es una catástrofe que los haga saltar a todos. Que los haga sentirse por un instante que están vivos y dejen de esconderse en sus casas con vigilantes y se dejen de enrejar los parques. Paranoia colectiva y extensión de su propiedad privada en los espacios públicos.

Saca un bluyín desteñido y limpio de una caja grande de cartón y un polo blanco con un estampado donde decía Kafka y La metamorfosis, junto a un dibujo hecho de rayas. Se ríe. Yo nunca me transformaré en un bicho. Ya estoy viejo para eso, estoy más cerca de convertirme en gusanos o en polvo. Hablaba con calma. Saca un libro de su biblioteca. César Calvo, Un pedestal para nadie. Te lo regalo, me dice. Levanto la botella semivacía de ron y las guardo en una bolsa negra. Mañana descanso, murmura cerrando el candado. Bajamos, las paredes sucias acentuaban la oscuridad de las escaleras. Abre la reja oxidada y se despide. El niño del pan le dice adiós profe, y le comenta que el hombre muerto era el vecino gay y yo avanzo por la avenida dando un sorbo del ron que me raspa la garganta como una llamarada de fuego. Camino sin rumbo, seguro que nunca viviré en el infierno, aunque el infierno posee muchos rostros.

escritos desde una Olympia. 17 de Mayo de 1998

1. Techos. Enrique Polanco. Óleo. 1992 /2. Dostoievski. Ernesto Sábato.

Anuncios


No Responses Yet to “crónica: memorias del hombre de las azoteas”

  1. Dejar un comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: