sabato

03May11

De repente, hablábamos acerca de Ernesto Sabato. Hace tiempo que no lo recordaba, pero hablábamos de sus noventa y nueve años, de su próximo cumpleaños en Junio, pero al mencionarlo, estábamos convencidos que la muerte estaba acechando lentamente su cuerpo. Una coincidencia, no la muerte ocurrida a los pocos días, fue que hayamos encontrado un punto en nuestra memoria, conectados por el lenguaje y el aprendizaje, y ahora lo veo, también por el presagio de la desaparición.  

uno: 

Aunque he dejado de leerlo hace muchos años, por voluntad propia o porque mis lecturas se reorientaron hacia otro tipo de narrativas más ambiciosas, aun tengo la sensación vertiginosa que dejaron las páginas de sus libros de ficción en mi interior. Un laberinto oscuro donde alguien avanza sigilosamente como un pensamiento subterráneo, a punto de hacer sucumbir a los que ingresan en ese camino. Se podría decir que en los años que descubrí cada uno de sus libros, vivía en una especie de irrealidad, si quisiese ser más “frío e imparcial”, estaba sometido a una realidad afiebrada por la búsqueda de una verdad que fuese absoluta, en todo sentido. La necesidad de acercarme a mí mismo, a riesgo de entregar mi propia sensatez y conciencia, acercarme hasta el extremo de nuestra fragilidad humana para  comprender qué significa ser un hombre, como si inconscientemente la pregunta que desarrolló Heidegger en sus libros, apareciese por una necesidad mediata de encontrar una respuesta que nos ayudase a soportar nuestra existencia.

Recorría las calles de la ciudad como si fuese uno de aquellos personajes de sus novelas, Sobre Héroes y Tumbas era una colección de seres que salían de una nebulosa para entrar en la oscuridad, y con ellos me sentía cómodo. Interlocutores silenciosos de aquellos abismos personales generados para ejercer nuestro delirio de ser una especie de anti narciso reflejándose en el vacío. Sin llegar a la patología de confundir la realidad con la ficción, vivía fascinado por el personaje Alejandra Vidal, aquella mujer cercana al extravío o una vorágine de fatalidad inocente, cuya belleza estaba signada por una certeza que la sobrepasaba y la dejaba anclada en la muerte y en el destino de mártir, de la redención a través de su muerte. Buscaba a ese “ideal” femenino. Reinventar a Alejandra fue descubrir una mujer que aparecía más allá de las páginas de Sabato y se instauraba en la realidad cotidiana. En esa época escribí esto:

La experiencia no fue la actitud pasiva de pasar las páginas para encontrar acontecimientos, fue abrir heridas en la piel cuando el mundo se resquebrajaba para dar paso a la oscuridad del ser. Alejandra, esa mujer bella e imposible, redentora y destructora, pasó a formar parte de mis búsquedas casi paranoicas. Aparecía en la multitud, se desvanecía, se multiplicaba en la soledad de los hospitales, cruzaba la plaza de armas cerca de las estatuas del monumento, era un rostro que pasaba en un microbús, unos ojos que surgían en la oscuridad para atravesarme y dejarme suspendido en la nada. Y hasta inclusive con un amigo emprendíamos caminatas sin ningún destino por la urbe,  sólo para encontrarla y verla huir. Nos hundíamos en la noche para desentrañarla, nos internábamos en el territorio de la oscuridad para arrancarnos las revelaciones más profundas. Ese ser llamado Alejandra se había materializado en la noche.

Aun tengo la misma sensación acerca del personaje de Sabato, como si fuese una mujer que me haya hecho descubrir en mí algo más desolador que la propia nada. Pero no solo ella pertenecía al inquietante universo sabatiano. Las relaciones de ella con los demás personajes de la novela Sobre Héroes y Tumbas son inquietantes. Un desesperado Martín fascinado por el descubrimiento del amor y de la imposibilidad de los sentimientos. Bruno, el escéptico que opina sobre los temas que le apasionan a Sabato. Y, sobre todo, uno de los ejes, el hombre que decide investigar el Mal en el Informe sobre Ciegos, desde la enajenación hasta su muerte: Fernando Vidal Olmos. En Abbadón, el Exterminador, algunos personajes aparecen para incrementar la visión paranoica de un personaje llamado Sabato, quien caminaba hasta la estatua de Ceres en el parque Lezama hasta verse entre sus personajes y sus fantasmas, hasta imaginarse muerto y cerrar la novela, y sus páginas en la narrativa con la siguiente frase:

Porque no hay poesía festiva, alguien había dicho, pues quizá solo del tiempo y de lo irreparable puede hablar. Y también alguna vez se dijo (pero quién, cuándo?) que todo un día será pasado y olvidado y borrado: hasta los formidables muros y el gran foso que rodeaba a la inexpugnable fortaleza.*

dos: la fascinación por la incertidumbre

Todo el universo dentro de las palabras de Ernesto Sabato se convirtió en la única forma para desentrañar nuestros grandes temas tratados desde las tragedias griegas hasta en las novelas actuales. La soledad. El desamparo. La búsqueda de un absoluto y la ausencia radical de este. La irracionalidad. La crueldad. El amor y el desamor. La ternura. El sacrificio.  La obsesión por convertir cada libro escrito en un objeto totalizante y que cada palabra no revele ninguna verdad, sino que sean artefactos explosivos cuyo único objetico sea demoler las certezas e instaurar dentro la incertidumbre necesaria para seguir empujando la enorme piedra en un universo en constante movimiento, la agitación de la frágil caña pensante en el universo que nos arrolla sin ninguna compasión, tal como lo escribió el filósofo Blaise Pascal. Y quizás esta incertidumbre fue el motor que llevó a Sabato a abandonar la física por la literatura, una incertidumbre mayor a las certidumbres exactas de la ciencia.

tres: 

He recordado el momento en el que dejé de interesarme por Sabato. Fue después de leer su libro de memorias Antes del Fin. Sus palabras ya no eran para mí, sus palabras no me fascinaban por más conmovedor que se haya vuelto con los años, como si fuese un abuelito tierno con sus nietos o bisnietos. En ese instante, dejé de abrir sus páginas.

Aunque no me he unido a los detractores del escritor, quienes afirman con desprecio acerca de su literatura como anquilosada, grave y pesada con sus dilemas filosóficos, preferí quedarme con aquella sensación de descubrimiento de algunas incertidumbres que abrieron la puerta a un nuevo aprendizaje de la vida y la literatura, guardaré dentro de mi educación sentimental cada uno de los estremecimientos que me acompañaron cada noche, cuando mi mente se placía en las dulces torturas de pertenecer a un mundo ausente de un dios.

Ahora ese absoluto sigue ausente, pero ya no me angustia ni me preocupa como en aquellos años, es un dilema que ha hallado una respuesta que no tiene lugar en este pequeño texto en memoria de Ernesto Sabato, el escritor que quería ser enterrado con una sola palabra en su tumba: PAZ.

* Texto final del libro Abbadón, el exterminador.
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