elogio del horizonte

04Feb12


Después de varios
meses de ausencia, de practicar el sedentarismo del espíritu y alejado de los ejercicios de vértigo, de aquello que me mantiene tenso hacia la vida, las palabras han retomado el desencanto ante la búsqueda de la verdad totalizadora y su propia auto afirmación sin otra intención de sumar literatura a la realidad, o viceversa. He aquí los apuntes acerca del horizonte, de aquello que se hace cada vez más imperceptible cuando nos desplazamos, así como las otras ficciones cuando nos contemplamos a nosotros mismos, mientras avanzamos “de pie hacia el ya”. 

uno.

*

Todo viajero privilegia el desplazamiento como el único acto para imponer a la rutina diaria el vislumbre de la ruptura, la generación de una nueva forma de asumir la interrelación con el mundo, de inventar aquello que se diluye a medida que se hace más perceptible por nuestros sentidos, más reconocible, sin el elemento de extrañeza que podría hacer percatarnos nuestra vida en un lugar totalmente diferente. Nuestra imposibilidad de ser Otro, de no desentendernos de aquel mal hábito de sobrellevar la idea de Yo o la falsa idea de uno mismo, nos corta aquel salto de reinventar una nueva manera de contemplar cada instante como único, en el mismo lugar de siempre, sin la ansiosa necesidad de desplazarnos constantemente hacia nuevos lugares, como si en cada uno de ellos encontrásemos una nueva piel. Unos nuevos ojos. Un nuevo sentido para reconstruir los lugares que devoramos con avidez, para luego dejarlo devastado, como si nuestro viaje sea la ruta de un caza bombardero sobre una ciudad iraquí.

nota al pie: Un nómada inmóvil no privilegia el movimiento físico de un lugar a otro. El traslado del cuerpo hacia un lugar irreconocible para nuestra memoria.

*

Todo territorio es subjetivo.

*

¿ Por qué odias los viajes?
En este momento recuerdo al filósofo francés Gilles Deleuze, a aquel del Abecedario que hablaba de manera póstuma, asumiendo la certeza que sus palabras serían trasmitidas después de su muerte por su discípula Claire Parnet. La insolencia de hablar como un muerto, como si estuviese manifestando la conclusión radical de la vida cuando ya nadie le reclamase nada. En aquella serie de entrevistas, Deleuze habla acerca de algunos temas relacionados de su pensamiento e inquietudes más íntimas, y al llegar a la letra V fue aquello que estaba contradictoriamente vinculado a su idea radical de nomadismo. La palabra con la V de Voyage, el viaje. Con su estilo reflexivo, afirma:

¿Qué hay en el viaje? Por una parte, tiene un aspecto de falsa ruptura…Se trata de una ruptura barata. y, en fin, a mí me pasa enteramente lo que decía Fitzgerald: «No basta un viaje para hacer una verdadera ruptura». Si quieres hacer una ruptura, haz otra cosa en vez de viajar, porque, al fin y al cabo, ¿qué ve uno?

A pesar de esbozar algunos puntos en contra de aquellos desplazamientos innecesarios, Deleuze admira a algunos viajeros que lograron verdaderas rupturas, traspasando las condiciones que vuelven al viaje totalmente innecesario, como por ejemplo, lo escribe Marcel Proust:

Al fin y al cabo, ¿qué hacemos cuando viajamos? Siempre verificamos algo. Verificamos que tal color que hemos soñado se encuentra allí en efecto». Y a esto añade, lo que es muy importante: «Un mal soñador es alguien que no va a comprobar si el color que ha soñado está allí de veras, pero un buen soñador sabe que hay que ir a verificar si el color está allí de veras.

Y luego cierra, con un estilo agotado, como si musitará las últimas esquirlas de su pensamiento donde lo paradójico, aquella digresión de la razón, se encontrase en cada palabra acompañado de un leve gorjeo, que las intensidades se distribuyen en el espacio, pero no necesariamente en el espacio exterior, por esto sus intensidades son inmóviles. La lectura de un libro. Un encuentro hermoso. Una música bella. Un montón de emociones que pocas veces se consiguen en un viaje, emociones al alcance en la inmovilidad. La música o la filosofía,  se convierten en países extranjeros, en nuevos territorios que uno descubre cuando el espíritu vibra con nuevas emociones…

*

somos espejismos en la carretera
y ya lo hemos visto todo.

la vida ascendiendo sobre el desierto
miles de cruces junto al río negro
como el itinerario de una ruta
hacia la nada
o hacia el infinito

y en cada
estación el amor se difumina
como el color inesperado del horizonte.

hemos llegado siempre lejos
pero nunca
a
nuestro
destino.

(Escrito en la carretera Panamericana en medio del desierto. 2010)

*

el elogio

Miro al otro lado del estrecho pasillo del bus a las dos chicas que duermen con sus gafas parasol y conectadas a los audífonos. Imagino la música que escuchan y los sueños que podrían construirse con cada sonido.  Junto a ellas, la línea del desierto va transformándose a cada segundo. En el árido espacio se deshacen bajo el sol las bolsas de plástico que se mueven errantes hacia ningún lado, animales invisibles corren hacia las sombras de las piedras, una mujer atraviesa la franja de asfalto y se pierde hacia una casucha hecha de cartones y que es la más perfecta interrogante acerca de como lo precario sobrevive a la inclemencia, varios paisajes en un mismo horizonte que todo lo va deshaciendo en infinitas combinaciones, en aquella línea que siempre me fascinaba dibujar de pequeño y que separa el lugar donde nos desplazamos con la imagen del cielo. Con lo impalpable. Las miles de posibilidades y de decepciones. El horizonte se me antoja diáfano después de un breve viaje por una franja de la costa, el brevísimo desplazamiento de más de cien kilómetros de la ciudad donde habitamos.

No fue una ruptura en sí nuestro viaje, sólo el reconocimiento de nosotros mismo en otro lugar, como si buscásemos un espejo fuera de los contornos visibles de nuestra ciudad o constantemente escuchásemos una canción que ha existido siempre y, en un momento imprevisto, la oímos, así haya existido siempre fuera de nuestra línea, de nuestro horizonte subjetivo y hallamos la fascinación, los lazos que se van uniendo para construir puentes invisibles, que se convierten en perceptibles cuando se cruza un punto de referencia, una coincidencia de puntos de fuga que determinará un nuevo mapa dentro del territorio que estamos empeñados en recorrer, sin abandonarlo. Un mapa sobre un espejo de arena.

Aparece el mar recortando el horizonte o mejor dicho extendiéndolo en su abismo líquido. Ellas siguen durmiendo, ajenas a aquellos puntos que hemos colocado dentro de nuestro cuaderno de bitácora, para preservarlo de cualquier inclemencia. No sé cuánto tiempo durará todo esto o si se difumine como el leve color del cielo mientras atardece sobre los desiertos de la costa peruana.

*

A las tres de la tarde, los hombres aparecen en el muelle. Apenas conversan y se sientan a dos metros de nosotros bajo la única zona techada casi al final de la estructura de madera podrida y de metal. Nos miran en silencio, con recelo, como si hubiésemos invadido su espacio personal y cotidiano. Alrededor de nosotros las lanchas y los botes desperdigados en el mar se mueven en una danza monótona cuando ceden a las olas. El ruido de un motor atraviesa la aparente inmovilidad del horizonte y una lancha blanca con letras rojas con el nombre de una mujer se acerca a las escaleras herrumbrosas que descienden hacia el agua. Las aves intentan huir al percatarse de la presencia más cercanas de los hombres pero su vuelo no es un desplazamiento, se quedan suspendidas en el aire en un esfuerzo inútil, como si alguien hubiese puesto un pause a una película de marinos. Un hombre viejo al otro extremo mira con sus ojos resecos y con tristeza el mar. No espera a ningún Odiseo que regrese de un viaje azaroso hacia una Ítaca en la costa del Perú, ni a la bestia marina que arrancará a dentelladas el muelle con todos los hombres como una ofrenda sangrienta. Su mirada no espera nada. Una mirada vacía. Sus ojos se pierden en el horizonte pavoroso en el que se ha convertido lo que antes había sido la única posibilidad. En medio del bullicio que hacen los demás pescadores, que suben unas cajas de plástico anaranjadas y casi vacías, el hombre habla acerca de su pronta jubilación en el único oficio que aprendió desde niño. No había sido expulsado por el mar, sino por las embarcaciones de la mediana pesca que cada día invadían su territorio, atravesando los límites imaginarios reservados a la pesca artesanal. Los pocos peces en las cajas y cubiertos de hielo son llevados en triciclos hacia el pueblo, esquivando los agujeros de la madera podrida. El mar que a muchos les permite soñar en la metáfora de las posibilidades se convierte en ellos en una brutal fuerza que los expulsa, como animales varados y muertos, hacia las ciudades donde toman cualquier trabajo, ajeno a su oficio. Albañiles. Vendedores de baratijas o de licor en los bares oscuros.
El hombre me presta su cigarrillo.
Me dice su nombre que en este momento no recuerdo, pero estoy seguro que tiene el nombre de todos aquellos que en este momento aun miran con nostalgia el atardecer, como si fuese realmente una muerte más.
El hombre quedó atrás, junto a las aves quietas que ya no intentan ir hacia ningún lado sobre las maderas húmedas, mientras el viento no cambie de curso …

(Sentí el cinismo de mi desplazamiento. Nada podía cambiar de aquella realidad pavorosa, la literatura no alcanzaba a resolver la dureza de aquel pedazo del horizonte al que había llegado. No estaba dentro de aquellos libros escrito hace menos de cien años por Steinbeck o por aquella crónica del espanto de Arguedas en El zorro de aariba y el zorro de abajo, ni deseaba cambiar el curso de sus vidas. Solo comenté acerca de su lucha, de la hidalgía inútil de luchar contra el fracaso. La dignidad ante la derrota inminente. Como si esos comentarios les ayudase a resolver su lento camino hacia el fracaso total. Luego de dejar atrás a los pescadores, el cinismo se convirtió en un momentáneo desprecio acerca de mi corto viaje. Escribe Claudio Magris, en su libro El infinito viajar, lo que denunciaba el filósofo Weininger acerca de la tentación de la irresponsabilidad que trae consigo el viaje. “Quien viaja es espectador, no está implicado a fondo en la realidad que atraviesa, no es culpable de las fealdades, las infamias y las tragedias del lugar en el que se adentra.”, escribe el italiano. Desee por un instante ser como Kant, quien nunca tuvo la necesidad de moverse de Königsberg, de ser un perfecto nómada inmóvil, y cuyos únicos viajes asombrosos tan solo se dieron en aquella pequeña cabeza unida a un cuerpo irregular, mucho más intensos al de aquellos que se desplazan nerviosamente a través de océanos y continentes para verificar las fotografías que otros le han mostrado en un folleto turístico y que le han vendido como experiencias únicas, cuando nunca se han detenido a pensar en las intensidades de la vida, donde esta ocurra, y de las más atroces realidades que constatamos y comentamos en bares o almuerzos familiares).

*

apuntes inconclusos


“ El horizonte atrae todo lo que huye”, dice Paul Virilio en su libro Ciudad Pánico, cuyo título desearía “robarle” porque cabría perfectamente en un poemario acerca del mundo que viaja a la velocidad de la luz hacia la catástrofe.  Y con esta última frase termino este elogio, que en sí se convertido en la dispersión de un poco de polvo cuando todas las posibilidades llegan al desierto:

“La “caída libre” del paracaidistas, arrastrado por impacto contra el suelo, se convierte entonces para cada uno en la “caída de por vida”, de aquellos que caminan hacia su fin. ¿Que esperamos cuando ya no tengamos necesidad de esperar para llegar?”

Entiendo que lanzarse hacia aquel horizonte es como una caída libre. Como si tratásemos de romper un  nuevo récord, para someter nuestros límites a cada instante, sin ninguna necesidad real, sólo ejercer nuestro oficio de buscadores de una ítaca reconstruida.
Ahora necesito el mar.
Disolverme en mi manera exacta de ser imperceptible, hasta imaginarme otro viaje cerca de la ciudad, donde muchas veces ocurre lo extraordinario sin percatarnos el momento en el que sucede. Por ejemplo, descubrir en una mirada la intensidad que no olvidaremos el resto de nuestras vidas. Un nuevo universo junto al nuestro.

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One Response to “elogio del horizonte”

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