work in progress. un viaje. el i ching. la velocidad de las cosas y del cuerpo. el bardo todol en la cotidianidad de un hombre que asoma su rostro todos los días frente a un espejo para reconocerse como Otro, no aquel que escribe ni que intenta ingresar a la cárcel imposible del Lenguaje. el deseo como una enfermedad que crece hasta invadirlo todo y anclarnos en la ilusión. el deseo que se enciende como campos en llamas. el amor como un acto de violencia, al igual que todo lo que nace. 6 poemas de la primera parte, de cuatro: la arquitectura del deseo.

I. ARQUITECTURA DEL DESEO

Cada ciudad recibe su forma del desierto al que se opone.
   Italo Calvino

uno

en mi sala no hay ningún espejo solo un sofá rojo y cientos de retazos de mi cuerpo dispersos en el suelo. espero que ella aparezca y atraviese todos los velos de piel humana. llevo años sentado en este sofá aguardando que la catástrofe suceda: 

y empecé a nombrarla con todos los nombres que usaban los primeros hablantes para nombrar al fuego

su vientre era un universo líquido que paría las pesadillas de cables de clonaciones en piscinas pestilentes en la arquitectura de edificios humanos que sucumbían en cada época de lluvia que azotaba los campos donde la sangre regaba las llamas del fuego en pleno crepúsculo 

su vientre poseía mi cuerpo y su cuerpo poseía millones de cuerpos flotando como si fuese una gran avenida arrasada por un bombardeo donde nacía a cada instante lo Indeterminado, aquello que se asemejaba a su reflejo bajo un cristal afiebrado de soles muertos. 

su vientre era mi vientre y su sexo era mi sexo de donde brotaba el semen para engendrarme después que mi muerte me haya ocultado los misterios de los órganos que se dibujan bajo la ropa cuando he traspasado el tránsito de la oscuridad hacia la otra Oscuridad que se abre lejos de los ríos donde descienden cada día las voces de los liberados de su curso de la perdición en automóviles que se disipan en túneles abiertos por los postes fantasmales chorreantes de luz amarilla sobre el asfalto en el plexo de tierra que habitamos

***

entonces ella aprendió a llevar el sabor de la sangre sobre sus labios como una rosa despedazada
y yo junto a los látigos de acero de las viejas fábricas aprendía que la velocidad era nuestra forma menos aburrida de morir

dentro del fuego tejimos nuestras ciudades imaginarias
acorazamos los cielos
y recorrimos nuestro territorio sobre la ruina de otro territorio
que imaginamos dentro de nuestros cuerpos que han dejado de ser la sucesión incesante de moléculas que mueren dentro de sí mismas

desaparecimos bajo las estelas de ácido que caían sobre
los territorios líquidos
y nuestras lenguas eran devoradas por el deseo y la rebeldía

: yo poseeré aquello que llamas coitus  Transnocharé con todos tus cuerpos Regaré con veneno las orquídeas que aparecen bajo tus párpados
dibujando oscuros paraísos
y me llamarás Mater impura como aquel deseo
que lleva a perturbar las noches
todas las noches
junto a los fascinantes abismos de tus silencios
que han entrado constantemente
al rito de la desaparición

***

en sus labios el deseo crecía como una enfermedad

devastaba el lenguaje o mejor dicho el lenguaje era ella
avanzando hacia la catástrofe de mi desnudez

estaba a punto de iniciar una nueva travesía
a través de su cuerpo
cientos de territorios nacían en la luz del amanecer tejido con innumerables mares de sudor
y ella se transformó en acantilados golpeados por el mar

la geografía de un desierto costero cincelado en una ceremonia extinta:

millones de fragmentos de un planeta desolado
bañados por el deseo bajo olas de mercurio

***

Y esto has soñado/ imaginado/ resampleado:

íbamos en las carreteras en pleno amanecer
y la neblina era un muro atravesado por la imposible luz del vehículo.
el mar quieto bajo el horizonte.
crispado sobre una motocicleta a toda velocidad un hombre
asciende por el aire hasta estallar contra la negrísima lengua
de asfalto. flores rojas nacieron bajo el vientre de la tierra.
un coyote pasa raudo sobre el cuerpo
y husmea el corazón disecado dentro de un frasco
morado y gime asaltado por el estremecimiento del dolor.
mira las sucesiones de vidas a través de los cristales
regados sobre la frágil piel del ángel exterminado

empieza su viaje hacia la liberación
la velocidad ha disuelto su cuerpo en millones de partículas invisibles
tragadas por la antimateria de la pesadilla
por la luz infinita de la vacuidad
donde todo se funde la velocidad el cuerpo la sangre
la memoria de un continente nunca acabado
la chaqueta de cuero los ojos atrapados en la redondez del casco
las habitaciones suspendidas en los desiertos
la naturaleza informe de un país al norte del nuestro
todo era tragado por la multiplicación precisa de la extinción

:no reconocerás la luz que crece fuera de todas las ciudades
solo serás oscuridad
 
y otra vez la conciencia se vuelve visible
la velocidad atraviesa en miles de haces de luz tu sueño hasta hacerte volver en ti
y retornar al mismo lugar desde donde mencionaste mi nombre
y toda la realidad era un canal muerto:
el chillido molesto de un televisor encendido en un hotel en la carretera
un canal muerto para el sueño que tenemos que hacer estallar para mirarnos
por enésima vez y descubrir nuevamente el lenguaje después de la pesadilla.

***

el horizonte es un fulgor que todo lo deshace en ecuaciones irracionales
casi inmaterial como una partícula suspendida en el vacío
como un pedazo de carne atravesando un campo negativo sobre tu saliva invisible al mismo tiempo como chet baker tocando en un bar de todas las fronteras antes que la luz recorra cada fragmento de tu cuerpo y todo sea un incendio el último incendio porque este será la última vez que veas una sombra un espejismo sobre el horizonte porque  ya no existirá más amaneceres sobre la tierra. Ahora entiendes esta arquitectura del deseo. Estas blandas formas y líneas que hemos levantado sobre los arenales como un laberinto del cual nunca saldremos, nuestra cárcel imposible que escarba el subsuelo la piel las palabras el símbolo de una rosa dibujada en un espejo y que se multiplica en tus ojos en tus labios que han nacido hace poco tiempo del agua sin memoria del agua que acaricia los ríos de Heráclito y se revelan sobre la tierra y el barro de tus gestos en los píxeles de una carretera que te ha deshecho en miles de fragmentos como un aviso gigantesco fuera de la ciudad que atravesabas mientras me reconstruías violentamente con la memoria  y eras la luz y la velocidad atravesando cada una de mis palabras. Inventabas el recorrido en mis pulsiones detrás de una ventana y trazaste las trayectorias en el mapa de una pantalla para imaginar que podías atravesar cada uno de mis poros de mis puntos de fuga de la invisibilidad de las emociones cuando todo ya pertenece a una matemática imposible del deseo o del amor o de algo más atrozmente bello de aquel edificio levantado magnífico sobre tu ombligo o tu espina dorsal conectada a un terminal fuera de la realidad.

dos: después de la pesadilla

 inventar tu cuerpo es inventar miles de habitaciones y miles de muertes…

foto: Jan Saudek

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Después de leer la monumental novela de James Joyce, Ulysses, la conciencia de la ficción se transforma. Desde hace más de diez años, he recordado la travesía de Leopold Bloom y Stephen Dedalus como el inicio de una era para la narrativa del siglo 20 y para la conciencia del hombre contemporáneo. El recorrido mítico de un hombre cualquiera en una ciudad multiplicada en todas las ciudades del mundo en un solo día: el 16 de Junio. La “navidad” de la narrativa a través de Joyce. Y este es un breve homenaje a mis travesías en busca de una Ítaca que se encuentra en todas partes, sumado a la relectura del cuento Una casa para siempre, de Enrique Vila-Matas, que recientemente se han incluido los relatos del libro que lleva el título del cuento en Chet Baker piensa en su arte. 

1

Y al final, lo único que nos queda es literatura

En medio de la penumbra de la habitación de un hotel en plena avenida Arequipa, releo las últimas páginas del libro Una casa para siempre. Había llegado a la ciudad hace una hora y aun trataba de reponerme del desarreglo interior ocasionado por el lugar donde me encontraba, había sido golpeado por un deja vú súbito. Como  si la misma escena se repitiese insistentemente en mis lecturas, que me llevaba a colocar nuevamente, a la espera del crimen, o mejor dicho, de la ficción de un crimen en un lugar cualquiera de una ciudad donde a cada instante sucedían acontecimientos que llenarían páginas enteras de diarios sensacionalistas o de libros de crónicas negras. Pero en este crimen no habría muertos ni una espeluznante orgía de sangre. Ni siquiera habría una víctima o un criminal. O no se sabía exactamente cuál de ellos representaría uno de los dos papeles dentro de la habitación. Me imaginaba como si cada cosa fuese el prolegómenos de una escena pintada por René Magritte, donde cada objeto puesto adrede estuviese cubierto por un velo de la locura o del sueño, la dislocación de lo real, y para incrementar lo paradójico, el artista haya tratado de reproducir una instantánea del último relato del libro que me acompañaba en este último viaje.
El hotel podría llamarse Pérec. Un nombre perfecto para una escena que se antojaba como la destrucción de las habitaciones geométricamente generadas junto a la alameda llena de árboles, donde 13 287 pájaros en toda la travesía trazan también un mapa sonoro que acompaña a esta caprichosa racionalidad del aniquilamiento. Me detuve detrás de una cortina de color fucsia, bajo el retrato de una mujer con sombrero. Abajo, un hombre persigue a otro sin ninguna intención de sumar alguna experiencia a su vida. A más de dos cuadras, una mujer sale de un supermercado, imaginando que es hora de vencer el temor del salto. Me siento nuevamente en la cama y mientras miro detenidamente el rostro de la mujer del cuadro me percato de la mirada gélida y perversa, una femme fatale cristalizada detrás del vidrio. Atrapada para siempre ese gesto sin estupefacción. El rostro de la frialdad. En una habitación contigua un hombre habla con una mujer, mientras el televisor se encuentra encendido en un partido de fútbol y suena el teléfono. Cada elemento de la escena era el inicio de uno de los relatos de V-M o la prefiguración de un hombre en la mañana de un 16 de Junio, en una ciudad al sur de América, decidido a vivir los funerales de su ardor o de una empresa nunca emprendida.
Después de un baño con agua tibia, tendido en la cama, enciendo el mp3 y la voz de Nico es una lenta corriente que se mete debajo de mis poros. Deseo fumar un cigarrillo. Pero no tengo ese hábito, sólo que hubiese sido coherente con una escena del hombre a la espera de un crimen. Simular la tiniebla a mi alrededor, y lo único que puedo simular es la oscuridad con una cortina de terciopelo púrpura.
Escucho pasos en la escalera. Miro la hora en el teléfono. Las ocho de la mañana. Recuerdo el inicio de la novela de Joyce. Imagino la torre y la travesía de Leopold Bloom en Dublin. Mi memoria dispara constantes proyecciones en el ecran de mi mente. Abro el libro de Vila Matas y leo la parte final del cuento:

…Vivamente emocionado, me apretó la mano y me dedicó una sonrisa feliz, la de quien está convencido de que su mensaje ha llegado a buen puerto. Junto al inventario de nostalgias, acababa de legarme la casa de las sombras eternas.
Mi padre, que en otros tiempos había creído en tantas y tantas cosas para acabar desconfiando de todas ellas, me dejaba una única y definitiva fe: la de creer en una ficción que se sabe como ficción, saber que no existe nada más y que la exquisita verdad consiste en ser consciente de que se trata de una ficción y, sabiéndolo, creer en ella.

Imagino que la mujer de sombrero negro sobre un fondo rojo del cuadro aparecerá detrás de la puerta y me sonreirá como si fuese realmente la última vez que me vea.
Alguien toca la puerta.

2

Una breve antología de Una casa para siempre ha sido incluida recientemente en el libro de Vila Matas, Chet Baker piensa en su arte.

 Quizá porque el cuento sigue siendo el alma de toda su obra y a pesar de que el autor hace ya tiempo que ha dejado de atender al estatuto clásico del género, Chet Baker piensa en su arte se presenta como una obra indispensable para entender la literatura de Vila-Matas, la historia de su lectura y aun de su ingreso en la hegemonía que actualmente ostenta. Seguir los pasos del escritor desde el relato ‘Una casa para siempre’ hasta el largo cuento, hasta ahora inédito, que da título a la obra supone asistir al alumbramiento, maduración y posterior consagración de Vila-Matas. El lector encuentra aquí los elementos primordiales y característicos de su narrativa, desde las primeras indagaciones en torno al sinsentido, la excentricidad, el personalísimo humor  que cede a la tentación lúdica, hasta la exégesis y la automitografía que definen los últimos textos. Un universo de cuentos que se persiguen, preludian, hacen eco unos de otros y se contestan en una telaraña de gestos y símbolos que conforma el sustrato de su obra novelística y ensayística.
El criterio de selección ha atendido el requerimiento de vertebrar un libro de autor que sintetizara la evolución del universo literario de Vila-Matas en sus momentos privilegiados y más genuinos. Teniendo en cuenta que muchos de los libros de los que surgen estos relatos se publicarán íntegramente en Debolsillo, parecía necesario dotar a este volumen de una categoría propia.
‘Una casa para siempre’, ‘El efecto de un cuento’, ‘Mar de fondo’ y ‘Dos viejos cónyuges’ pertenecen al libro Una casa para siempre; ‘Rosa Schwarzer vuelve a la vida’, ‘El arte de desaparecer’ y ‘Me dicen que diga quién soy’ aparecieron en Suicidios ejemplares; ‘El hijo del columpio’ y ‘Señas de identidad’ pertenecen a Hijos sin hijos; ‘Nunca voy al cine’ se publicó en Nunca voy al cine; ‘La gallina robada. Un cuento de Navidad’ apareció en El traje de los domingos; ‘Recuerdos inventados’ dio título al libro en el que se publicó; ‘Porque ella no lo pidió’ surge de Exploradores del abismo; ‘Chet Baker piensa en su arte’ se publica aquí por primera vez y ‘Sucesores de Vok’ se publicó en El País el 25 de julio de 2010


Establecer una respuesta definitiva acerca de algunos conceptos significaría acercarnos a un totalitarismo de las afectividades, cuya sola afirmación radical nos colocaría fuera de toda búsqueda. La poesía o el arte nunca han obtenido una repuesta definitiva acerca de lo qué significa por sí, sin que esto signifique que no exista una respuesta para acercarnos al hecho de nuestra experiencia creativa o contemplativa, de cualquiera de las manifestaciones del ser humano y su imaginación ante el mundo. Escritores, pintores, músicos, cineastas o artistas multimedia,etc,  cada uno ha expresado el devenir con la materia que usa para interpretar su mundo.  Andrei Tarkovski (1932-1986), trató de dar una respuesta a esa eterna pregunta. Este director de cine cuyo trabajo oscila entre la contemplación extática y la memoria, amado por muchos por cada uno de los largos travellings que se convierten en un acto de contemplación casi “mística” ante la pantalla, y además,muchos lo detestan por esa manera casi matemática para realizar cada una de sus escenas, como si se tratase de un pintor renacentista, donde cada elemento tiene un significado, adrede o no. A pesar de su escasa producción cinematográfica, es considerado como uno de los máximos creadores del siglo 20. Desde la conmovedora La Infancia de Iván hasta su última película El Sacrificio, Tarkovski ha mostrado ese carácter romántico de hacer de la creación el ansia de lo ideal. Este es un texto publicado en su libro Esculpiendo en el tiempo, y rescatado para no olvidarnos de nuestras viejas afecciones.

El sentido de la verdad religiosa se da en la esperanza. La filosofía busca la verdad determinando los límites de la razón humana, el sentido del actuar y de la vida humanos (y esto es válido incluso en el caso del filósofo que llega a la conclusión de que el actuar y la existencia humanos carecen de sentido). Antes de entrar en problemas específicos del cine me parece importante exponer mis ideas sobre el arte. ¿Para qué existe el arte? ¿A quién le hace falta? ¿Hay alguien a quien le haga falta? Cuestiones que se plantea no sólo el artista, sino también cualquier persona que recibe o “consume” el arte, como se suele decir con una palabra que desgraciadamente desenmascara con crueldad la relación arte-público en el siglo XX.

A cualquiera, pues, le afecta esta cuestión y cualquiera que tenga que ver con el arte intenta darle una respuesta. Alexander Blok decía que “el poeta crea la armonía partiendo del caos”… Pushkin atribuía al poeta dones proféticos… Cada artista está determinado por leyes absolutamente propias, carentes de valor para otro artista.
En cualquier caso, para mí no hay duda de que el objetivo de cualquier arte que no quiera ser “consumido” como una mercancía consiste en explicar por sí mismo y a su entorno el sentido de la vida y de la existencia humana. Es decir: explicarle al hombre cuál es el motivo y el objetivo de su existencia en nuestro planeta. O quizá no explicárselo, sino tan sólo enfrentarlo a este interrogante.
Comencemos por lo más general: la función indiscutible del arte, en mi opinión, está enlazada con la idea del conocimiento, de aquella forma de efecto que se expresa como conmoción, como catarsis. Desde el momento en que Eva comió la manzana del árbol de la ciencia, la humanidad está  condenada a buscar perennemente la verdad.
Es sabido que Adán y Eva en un principio se dieron cuenta de que estaban desnudos y se avergonzaron. Se avergonzaron porque comprendieron y entonces entraron en el camino del conocimiento mutuo, placentero. Comenzó así un camino que no tendría fin. Es comprensible la tragedia de quienes del feliz desconocimiento fueron lanzados a los hostiles e inaprensibles campos de lo mundano.


“Ganarás el pan con el sudor de tu frente…” Así apareció el hombre, “cima de la creación”, sobre la tierra y se hizo dueño de ella. El camino que recorrió desde entonces se suele denominar evolución. Un camino que a la vez es el tormentoso proceso de auto-conocimiento del hombre.
En cierto sentido, el hombre va conociendo de forma siempre nueva la naturaleza de la vida y de su propio ser, sus posibilidades y objetivos. Por supuesto que para ello se sirve también de la suma de los conocimientos humanos ya existentes. Pero aun así el auto-conocimiento ético y moral sigue siendo la experiencia clave de cada persona, una experiencia que tiene que hacer siempre de nuevo él solo. Una y otra vez, el hombre se pone en relación con el mundo movido por el atormentador deseo de apropiarse de él, de ponerlo en consonancia con ese su ideal que ha conocido de forma intuitiva. El carácter utópico, irrealizable, de ese deseo es fuente perenne de descontento del hombre y del sufrimiento por la insuficiencia del propio yo.

El arte y la ciencia son, pues, formas de apropiarse del mundo, formas de conocimiento del hombre en camino hacia la “verdad absoluta”.
Pero ahí se terminan los puntos que tienen en común esas dos expresiones del espíritu humano creador, insistiendo en que ese espíritu creador tiene que ver no sólo con descubrir, sino efectivamente con crear. Aquí, en este momento, lo que interesa es la diferencia radical entre la forma científica y la forma estética de conocer.
En el arte, el hombre se apropia de la realidad por su vivencia subjetiva. En la ciencia, el conocer humano sigue los peldaños de una escalera sin fin, en la que siempre hay conocimientos nuevos sobre el mundo que sustituyen a los antiguos. Es, pues, un camino gradual con ideas que se van sustituyendo unas a otras en secuencia lógica por los conocimientos objetivos más detallados. Por el contrario, el conocimiento y el descubrimiento artísticos surgen cada vez como una imagen nueva y única del mundo, como un jeroglífico de la verdad absoluta. Se presentan como una revelación, como un deseo del artista, un deseo apasionado que refulge repentinamente, un deseo de acogida intuitiva de todas las leyes del mundo, de su belleza y su fealdad, de su humanidad y su crueldad, de su ser ilimitado y de sus límites. Todo esto, el artista lo reproduce en la creación de una imagen que de forma independiente recoge lo absoluto. Con ayuda de esta imagen se fija la vivencia de lo interminable y se expresa por medio de la limitación: lo espiritual, por lo material; lo infinito, por lo finito. Se podría decir que el arte es símbolo de este mundo, unido a esa verdad absoluta, espiritual, escondida para nosotros por la práctica positivista y pragmática.
Si una persona quiere adherirse a un sistema científico determinado, tiene que activar su pensamiento lógico, tiene que dominar un determinado sistema de formación y tiene que saber entender. El arte se dirige a todos, con la esperanza de despertar una impresión que ante todo sea sentida, de desencadenar una conmoción emocional y que sea aceptada. No quiere proponer inexorables argumentos racionales a las personas, sino transmitirles una energía espiritual. Y en vez de una base de formación, también en sentido positivista, lo que exige es una experiencia espiritual.



El arte surge y se desarrolla allí donde hay ese ansia eterna, incansable, de lo espiritual, de un ideal que hace que las personas se congreguen en torno al arte. El arte moderno ha entrado por un camino errado, porque a nombre de la mera autoafirmación ha abjurado de la búsqueda del sentido de la vida. Así, la llamada tarea creadora se convierte en una rara actividad de excéntricos, que buscan tan solo la justificación del valor singular de su egocéntrica actividad. Pero en el arte no se confirma lo individualidad, sino que éste sirve a otra idea, a una idea más general y más elevada. El artista es un vasallo que tiene que pagar los diezmos por el don que le ha sido concedido casi como un milagro. Pero el hombre moderno no quiere sacrificarse, a pesar de que la verdadera individualidad sólo se alcanza por medio del sacrificio. Nos estamos olvidando de ello y así perdemos también  la sensibilidad para nuestra determinación como hombres.

Si hablamos de inclinarse hacia la belleza, de que la meta del arte, surgido por el ansia de lo ideal, es precisamente ese ideal, no quiero decir con ello que el arte debe evitar el “polvo” de lo terreno… Todo lo contrario: la imagen artística es siempre un símbolo, que sustituye una cosa por otra, lo mayor por lo menor. Para poder informarse de lo vivo, el artista presenta lo muerto, para poder hablar de lo infinito, el artista presenta lo finito. Un sustitutivo. Lo infinito no es materializable, tan sólo se puede crear una ilusión, una imagen.
Lo terrible está encerrado en lo bello, lo mismo que lo bello en lo terrible. La vida está involucrada en esa contradicción, grandiosa hasta llegar al absurdo, una contradicción que en el arte aparece como unidad armoniosa y dramática a la vez. La imagen posibilita percibir esa unidad, en la que todo se halla contiguo al resto, todo fluye y penetra en lo demás. Se puede hablar de la idea de una imagen, expresar su esencia con palabras. Es posible verbalizar, formular un pensamiento, pero esta descripción nunca le hará justicia. Una imagen se puede crear y sentir, aceptar o rechazar, pero no se puede comprender en un sentido racional. La idea de lo infinito no se puede expresar con palabras, ni siquiera se puede describir. Pero el arte proporciona esa posibilidad, hace que lo infinito sea perceptible. A lo absoluto sólo se accede por la fe y por la actividad creadora. Las condiciones imprescindibles para la lucha del artista hasta llegar a su propio arte son la fe en sí mismo, la disposición de servir y la falta de compromisos externos.


La creación artística exige del artista una verdadera “entrega de sí mismo”, en el sentido más trágico de la palabra. Si el arte trabaja con los jeroglíficos de la verdad absoluta, cada uno de éstos es una imagen del mundo, incluido de una vez para siempre en la obra de arte. Y si el conocimiento científico y frío de la realidad es como un ir avanzando por los peldaños de una escalera sin fin, el conocer artístico recuerda un sistema infinito de esferas interiormente perfectas, cerradas en sí mismas. Las esferas pueden complementarse o contradecirse mutuamente, pero en ningún caso puede una sustituir a otra. Todo lo contrario: se enriquecen mutuamente y forman en su totalidad una esfera especial, más general, que crece hasta el infinito. Estas revelaciones poéticas, de validez eterna, con fundamento en sí mismas, dan testimonio de que el hombre es  capaz de conocer y de expresar de quién es imagen.

Además, el arte tiene una función profundamente comunicativa, puesto que la comunicación interpersonal es uno de los aspectos fundamentales de la meta creativa. A diferencia de la ciencia, la obra de arte tampoco persigue un fin práctico de importancia material. El arte es un metalenguaje, con cuya ayuda las personas intentan avanzar la una en dirección a la otra, estableciendo comunicaciones sobre sí mismas y adoptando las experiencias ajenas. Pero tampoco esto hace una ventaja práctica, sino por la idea del amor, cuyo se da en una capacidad de sacrificio enteramente contrapuesta al pragmatismo. Sencillamente, no puedo creer que un artista esté en condiciones de crear sólo por motivos de “autorrealización». La autorrealización sin la mutua comprensión carece de sentido. La autorrealización en nombre de una unión espiritual con los demás es algo atormentador, que no aporta ningún provecho y que en definitiva exige grandes sacrificios de uno mismo. ¿Pero es que no compensa escuchar el propio eco?
Pero quizá la intuición aproxime el arte y la ciencia, estas dos formas de apropiación de la realidad a primera vista tan contradictorias. Es indudable que la intuición en ambos casos juega un papel importante, aunque naturalmente sea algo más propio dentro de la creación poética que de la ciencia.

También el concepto de comprender designa en cada esfera algo totalmente distinto. El comprender en sentido científico significa estar de acuerdo a nivel lógico, de la razón, es un acto intelectual, emparentado con la demostración de un teorema. El comprender una imagen artística significa, por el contrario, recibir la belleza del arte a un nivel emocional, en algunos casos incluso “supra”-emocional.
La intuición del científico, por el contrario, es un sinónimo del desarrollo lógico incluso en los casos en los que aparece como una luz, como una inspiración. Y esto es así porque las variantes lógicas, sobre la base de informaciones dadas, no conectan continuamente con el principio, sino que se perciben como un proceso natural, no como una nueva etapa. Esto quiere decir que el salto consciente en el pensamiento lógico se basa en el conocimiento de las leyes de un campo científico determinado. Y aunque parezca que el descubrimiento científico es una consecuencia de la inspiración, la inspiración del sabio nada tiene que ver con la del poeta. El nacimiento de una imagen artística -una imagen única, cerrada, creada y existente a otro nivel, a un nivel no intelectual- no puede ser explicado por medio de un proceso empírico de conocimiento con ayuda del intelecto. Sencillamente, hay que ponerse de acuerdo en la terminología.

Cuando un artista crea su imagen, está asimismo superando su pensamiento, que es una nada en comparación con la imagen del mundo captada emocionalmente, imagen que para él es una revelación. Pues el pensamiento es efímero, y la imagen, absoluta. Por eso se puede hablar de un paralelismo entre la impresión que recibe una persona espiritualmente sensible y una experiencia exclusivamente religiosa. El arte incide sobre todo en el alma de la persona y conforma su estructura espiritual.
El poeta es una persona con la fuerza imaginativa y la psicología de un niño. Su impresión del mundo es inmediata, por mucho que se mueva por las grandes ideas del universo. Es decir, no “describe” el mundo, el mundo es suyo.
Condición imprescindible para la recepción de una obra de arte es el estar dispuesto y ser capaz de tener confianza, fe, en un artista. Pero en ocasiones resulta difícil superar el grado de incomprensión que nos separa de una imagen poética perceptible  exclusivamente por el sentimiento. Lo mismo que en el caso de la fe verdadera en Dios, también esta fe presupone una actitud interior especial, un potencial específico, puro, espiritual.

En este punto, a veces uno recuerda la conversación de Stavrogin y Schatov en Los demonios de Dostoievski:

  “Sólo quiero saber si usted mismo cree en Dios o no”. Nikolai Vsevolodovich le miró con severidad.
“Yo creo en Rusia y en su ortodoxia… Yo creo en el Cuerpo de Cristo… Yo creo que su retorno se dará en Rusia…Creo”, tartamudeó Schatov fuera de sí.
“Y, ¿en Dios? ¿En Dios?”
“Yo… creeré en Dios”.

¿Qué se puede añadir? De forma absolutamente genial se ha recogido aquí esa confusa situación anímica, ese empobrecimiento interior, esa incapacidad, que cada vez se va convirtiendo en irremisible característica del hombre moderno, al que se puede calificar de impotente en su interior.
Lo bello queda oculto a los ojos de aquellos que no buscan la verdad. Precisamente el vacío interior de quien percibe el arte y lo juzga sin estar dispuesto a reflexionar sobre el sentido y la finalidad de la existencia de éste, ese vacío seduce la cuenta y lleva a una fórmula vulgar y simplista, al “¡No gusta!! o “¡No interesa!” Un argumento fuerte, pero es el argumento de quien ha nacido ciego e intenta describir un arco iris. Queda absolutamente sordo al padecimiento que sufre un artista para comunicar a los demás la verdad que experimenta en ello.

Pero, ¿qué es la verdad?
Una de las características más tristes de nuestro tiempo es, en mi opinión, el hecho de que hoy en día una persona corriente queda definitivamente separada de todo aquello que hace referencia a una reflexión sobre lo bello y lo eterno. La moderna cultura de masas-una civilización de prótesis-, pensada para el “consumidor”, mutila las almas, cierra al hombre cada vez más el camino de las cuestiones fundamentales de su existencia, hacia el tomar conciencia de su propia identidad como ser espiritual. Pero el artista no puede, no debe permanecer sordo ante la llamada de la verdad, que es lo único capaz de determinar y disciplinar su voluntad creadora. Sólo así se obtiene la capacidad de transmitir su fe también a otros. Un artista sin esa fe es como un pintor que hubiera nacido ciego.

Sería falso decir que  un artista “busca” su tema. El tema va madurando en él como un fruto y le impulsa hacia la configuración. Es como un parto. El poeta nada tiene de lo que pudiera estar orgulloso. No es dueño de la situación, sino su vasallo, su servidor; la creatividad es para él la única forma de vida posible, y cada una de sus obras supone un acto al que no se puede negar libremente. La sensibilidad para la necesidad de ciertos pasos lógicos y para las leyes que los rigen sólo aparece cuando existe la fe en un ideal; sólo la fe apoya el sistema de las imágenes (o, lo que es lo mismo, el sistema de la vida).

Al contrario de lo que se suele suponer, la determinación funcional del arte no se da en despertar pensamientos, transmitir ideas o servir de ejemplo. La finalidad del arte consiste más bien en preparar al hombre para la muerte, conmoverle en su interioridad más profunda.
Cuando el hombre se topa con una obra maestra, comienza a escuchar dentro de sí la voz que también inspiró al artista. En contacto con una obra de arte así, el observador experimenta una conmoción profunda, purificadora. En aquella tensión específica que surge entre una obra maestra de arte y quien la contempla, las personas toma conciencia de los mejores aspectos de su ser, que ahora exigen liberarse. Nos reconocemos y descubrimos a nosotros mismos: en ese momento, en lo inagotable de nuestros propios sentimientos.

Una obra maestra es un juicio -en su validez absoluta- perfecto y pleno sobre la realidad, cuyo valor se mide por el grado en que consiga expresar la individualidad humana en relación con lo espiritual.
¡Qué difícil es hablar de una gran obra! Sin duda, además de un sentimiento muy general de armonía, existen otros criterios claros que nos permiten descubrir una obra maestra dentro de la masa de otras obras. Además, el valor de una obra maestra es relativo, en relación con el que lo recibe. Normalmente se cree que la importancia de una obra de arte se puede medir por la reacción de las personas frente a esta obra, por la relación que resulta entre ella y la sociedad. En términos generales, esto es cierto. Pero lo paradójico es la obra de arte, en ese caso, depende totalmente de quienes la reciben, de que esa persona sea capaz o incapaz de descubrir, de percibir lo que une la obra con el mundo en su totalidad y con una individualidad humana dada, que es el resultado de sus propias relaciones con la realidad. Goethe tiene toda la razón cuando dice que es tan difícil leer un libro como escribirlo. No puede existir una pretensión de objetividad del propio juicio, de la propia opinión. Cada posibilidad, aunque sea sólo relativamente objetiva, de un juicio está condicionada por una variedad de interpretaciones. Y si una obra de arte tiene un valor jerárquico a los ojos de la masa, de la mayoría, esto suele ser el resultado de circunstancias  casuales y resulta por ejemplo del hecho de que aquella obra de arte tuvo suerte con quienes la interpretaron. Por otra parte, las afinidades estéticas de una persona en muchos casos dicen mucho más sobre la propia persona que sobre la obra de arte en sí.


Quien interpreta una obra de arte, normalmente centra su atención en un campo determinado para ilustrar en él su propia posición, pero en muy pocas ocasiones parte de un contacto emocional, vivo, inmediato, con la obra de arte. Para una recepción así, pura, haría falta una capacidad fuera de lo común para llegar a un juicio original, independiente, “inocente” -por llamarlo de algún modo-; pero el hombre normalmente busca confirmación de la propia opinión en el contexto de ejemplos y fenómenos que ya conoce, por lo que juzga las obras de arte por analogía con sus ideas subjetivas o con experiencias personales. Por otro lado, la obra de arte cobra, gracias a la multiplicidad de los juicios que sobre ella se emiten, una vida cambiante, variopinta, se enriquece, y así llega a obtener una cierta plenitud de vida.

“… Las obras de los grandes poetas aún no han sido leídas por la humanidad -sólo los grandes poetas son capaces de leerlas-. Las masas, sin embargo, las leen como si leyeran las estrellas…; si hay suerte, como astrólogos, pero no como astrónomos. A la mayoría de las personas se les enseña a leer sólo para su propia comodidad, como si se les enseñara a contar para que puedan comprobar las cuentas y no ser engañados. Pero del leer como noble ejercicio intelectual no tienen idea; además, sólo hay una cosa que se pueda llamar leer en el más alto sentido de la palabra: no aquello que nos adormece narcotizando nuestros más altos sentimientos, sino aquello a lo que hay que acercarse de puntillas, aquello a lo que dedicamos nuestras mejores horas de vigilia”.

Así decía Thoreau en una página de su maravilloso Walden.

Lo bello, lo pleno en el arte, la maestría se produce, en mi opinión, cuando ni en las ideas ni en la estética se puede entresacar o destacar algo sin que sufra la totalidad. En una obra maestra es imposible preferir determinadas partes a otras. Es imposible “tomar de la mano” a su creador a la hora de formular los objetivos y las funciones que van a tener valor definitivo. En este sentido, Ovidio escribía que el arte consiste en que uno no lo perciba, y Engels decía: “Cuanto más escondidas estén las intenciones del autor, tanto mejor para el arte…”
De modo muy similar a cualquier organismo, también el arte vive y se desarrolla en la pugna entre elementos contrapuestos. En este campo, las partes contrarias se entremezclan y van perpetuando la idea casi hasta el infinito. Esta idea, que hace de una obra arte, se esconde en el equilibrio de las contradicciones que la constituyen. Por ello, una “victoria” definitiva sobre la obra de arte, la claridad inequívoca de su sentido y sus funciones es imposible. Por este motivo decía Goethe que una obra de arte es tanto más elevada cuanto más inaccesible es a un juicio.
Una obra de arte es un espacio cerrado, ni demasiado ni caliente en exceso. Lo bello es el equilibrio entre las partes. Lo paradójico es que una creación de esta clase desata asociaciones cuanto más perfecta es. Lo perfecto es algo único. O está en condiciones de producir una cantidad prácticamente infinita de asociaciones, lo que al fin y al cabo es lo mismo.


Me desperté con deseos de mirar una película. Bergman sería muy denso para sobrevivir a la mañana. Tarkovski me arrojaría a universo difícil de escapar. Lars Von Trier me perturbaría un poco. Fui descartando película a película, hasta llegar a Teorema de Pier Paolo Pasolini. La redención del día. Deseé escribir nuevamente acerca de este director que llegó a fascinarme realmente por su fuerte vínculo con la tradición, como si trasgrediese los valores contemporáneos, como uno de los más modernos de todos los directores. Pero recordé que hace 6 años escribí acerca de él, y este es el rescate de un blog extinto. 

Una muerte terrible. Con el corazón estallado dentro de un cuerpo destruido de la manera más brutal, así encontraron a Pasolini en una tierra baldía hace treinta años. Aunque el hecho nunca fue esclarecido del todo, lo único claro y definitivo y sin misterios fue la extinción de uno de los hombres que encarnaron la libertad, la rebeldía, el descaro de asumir sus posiciones vitales más allá del lenguaje, sin cobardías y encendido todo el tiempo por un espíritu fecundo e incansable. No obstante traspasó las fronteras de Italia como director de cine, Pier Paolo Pasolini nunca dejó de trasmitir su visión de poeta en cada acto creativo o intelectual. Dacia Maraini, escritora y amiga del Pasolini cuenta que no podía estar quieto, era un dínamo desde que comenzaba el día. un espíritu creador que incursionó en el cine, poesía, narrativa, ensayo , además de una militancia en la izquierda, que incomodaba a muchos comunistas de su época.

En la mayoría de sus películas nos enrostra nuestras catástrofes espirituales. Las búsquedas fallidas a través de un mundo que nos aplasta sin ningún tipo de cinismos, arrastrándonos a la desesperación, guiada siempre por nuestras pasiones más luminosas y oscuras. Pero Pasolini no se mueve alrededor de nuestros abismos gratuitamente. Entra, los desentraña y nos ofrece una vía de “redención” con una violencia expresiva y estremecedora.

El enfrentamiento entre la “falsa mitología” contemporánea, llena de valores decadentes que hunden al ser humano en un individualismo autista, y la mitología que nos reafirma como hombres es una lucha constante entre sus personajes. La redención a través de redescubrir nuestros mitos, que sobreviven en el subconsciente a cualquier acontecimiento histórico o cotidiano.

Algunos de sus filmes se basaron en relatos de la literatura clásica. La trilogía de la vida y el sexo: El Decameron de Bocaccio, Los cuentos de Canterbury de Chaucer y las Mil y Una Noches fueron filmados sin ningún tipo de censura, al igual que todos sus trabajos y escritos. Osadía que le costó varios procesos y pleitos con las instituciones religiosas y gubernamentales, muy amantes de la moral que acepta las perversiones ocultas pero no la condición humana desnuda.

Otras de sus producciones se centran en el abandono y la soledad de los hombres y sus aspiraciones en las grandes ciudades. Vivir aplastados por nuestros propios sueños, como en Mamma Roma. No creía en las esperanzas que eran coartadas.

“Teorema” es la transformación de los hombres representados en una familia que acoge a un joven encantador. Una especie de “mesías”, que no libera con su palabra de la absurda existencia vacía y sin sentido de toda la familia, sino un hombre que le muestra un camino de “liberación” diferente para cada uno. La locura, el arte, la beatitud y la muerte puede ser también la redención extrema.

La muerte. El extremo de la experiencia humana es liberación, una forma de ser definitivamente, pero también se convierte en el paroxismo de la bestia humana, cuando es asesinato y crimen. En su última película Saló o las 120 jornadas de Sodoma, la muerte es la culminación extática del poder. Los hechos son ambientados en el último reducto fascista de Italia, donde se reúnen las autoridades del régimen y secuestran adolescentes vírgenes para cometer actos de sadismo extremo. Para muchos, la película les puede parecer repulsiva, pero el arte no trata nunca de mostrar la belleza sublime del hombre, sino de conmovernos, de remecernos en nuestros asientos con lo terrible, lo atroz, lo repulsivo para comprendernos más como la bestia que empezó su carrera autodestructiva hace muchos siglos. En la búsqueda del placer a través de la negación del otro, no queda otro camino que el exceso, un exceso que no conlleva a la sabiduría, simplemente al horror de la sangre y del crimen. A la exploración de los tormentos del cuerpo, a la fantasía de asesinarnos y asesinar nuestra imposibilidad de ser eternos a través de los otros.

El dolor salvaje de ser hombres arrojados a este mundo, que encierra y condena a los hombres libres, lo sufrió sin claudicar a su espíritu fecundo. Pasolini al igual que Sade sufrió la persecución por enrostrarnos nuestro espíritu enfermo. Y fue asesinado brutalmente. Así exista alguien que se declaró culpable el crimen nunca fue resuelto.

Y acerca de Pasolini se puede seguir hablando interminablemente. De sus procesos; de Medea y la venganza y su diva María Callas (amamos tanto a Callas); su gusto por el fútbol; su hermano Guido muerto por los comunistas siendo él comunista; sobre Edipo y la profunda relación con su madre que cuando lo tuvo para él solo, el día que murió su padre, un militar severo y cruel, fueron al cine juntos y su madre se pintó por primera vez los labios(amaba a su madre hasta el extremo de  que no podía estar con otras mujeres porque imaginaba que estaba con su madre); su expulsión del partido comunista; las imágenes de los desiertos áridos; la obsesión con los niños como un objeto erótico porque creía sólo en la inocencia; su revaloración de los dialectos que mantenían a los pueblos vivos; la poesía y su opera omnia; sus ensayos contra la iglesia; su rechazo al éxito de sus películas en las mayorías; su castillo y …de la muerte que le revelaba a cada instante su oráculo, e incluso hay una toma cuando filma Edipo de un cuerpo arrojado en un terreno desértico como una imagen que profetizaba su muerte…

Y escribió sobre la muerte:

Es pues absolutamente necesario morir, ya que mientras vivimos carecemos de sentido, y el lenguaje de nuestra vida (con el que nos expresamos, y al que, por tanto, atribuimos máxima importancia) es intraducible: un caos de posibilidades, una búsqueda de relaciones y de significados sin solución de continuidad. La muerte realiza un fulmíneo montaje de nuestra vida, o sea, elige los momentos realmente significativos (y ya no modificables con otros posibles momentos contrarios o coherentes), y los pone en sucesión, convirtiendo nuestro presente, infinito, inestable e incierto, y por tanto lingüísticamente no descriptible, en un pasado claro, estable, cierto, y por tanto lingüísticamente bien descriptible (en el ámbito de una Semiología General). Sólo gracias a la muerte nuestra vida nos sirve para expresarnos.


A la mierda el realismo sucio, expresé cuando estuve leyendo una de sus novelas de Bukowski. Abrí la ventanilla del bus y arrojé el libro al desierto. Había pasado varios años leyendo sus libros de relatos, de poemas y novelas, sin haberlo convertido en mi escritor de cabecera. Aunque siempre me pareció un escritor mediocre, que tenía unos relatos muy buenos, como El hijo de Satanás o Cass, la chica más bella de la ciudad, que justificaban todos sus relatos. O la novela La senda del Perdedor, que se convierte en una desgarradora educación sentimental de un muchacho que decide colocarse al margen, porque tiene que aprender a sobrellevar su posición en el mundo. O decenas de poemas que llevaba a los marginados y las experiencias intraducibles a la literatura. Ese mismo año, el verano del 2004, había visto al escritor en una estación de autobuses. Y decidí no viajar. Al llegar a mi casa, escribí este encuentro con el escritor maldito. Ahora, lo pienso. Mejor lo hubiese titulado: Adiós, Bukowski. Y este encuentro no fue un delirium tremens. ¿ O sí?  

           

El bus aun no sale. Las personas en la sala de espera hacen cualquier cosa para matar el tiempo. El premier se consume por completo entre mis dedos; es mentira que el tiempo pasa más lento mientras uno fuma, sólo que de alguna forma debemos matar los nervios o la ansiedad. Recorro todos los rostros y veo al viejo escritor sentado junto a la pared. Creí que había muerto hace casi diez años. Y allí estaba, viajando en buses baratos hacia cualquier parte del Perú.

Feo y desaliñado, bebe licor de una botella de plástico azul. Nos mira. Sus ojos son cuchillos para extirpar la poesía feroz que está oculta en la vida. La vida que está en todos lados, como única vida posible, desnuda y total. Y escribió sobre esta experiencia en las márgenes de las ciudades, allí donde nadie se atrevió a hacer literatura. Y  fue rechazado un montón de veces por los editores hasta que alguien dijo: eh, mira, sí qué este tío es bueno. Y empezó a publicar libros con títulos bizarros.

Es un tipo despreciable, me dijo la mujer sentada a mi costado. Está aquí desde ayer, creo que espera a alguien, se acercó a susurrarnos la mujer de limpieza.  Recuerdo los comentarios desagradables que había  leído o escuchado sobre él. No sabe escribir, no tiene educación literaria, es un grosero, su prosa es asquerosa y lo que escribe es insano, es un vagabundo que sufrió un atentado por mujeres  feministas, es un viejo de mierda …y se murió como un perro, amado por muchos y odiado por pocos.

Quise acercarme. Necesitaba saber si seguía opinando sobre qué haría si el mundo se acabase en estos momentos. Él siempre respondía que no haría nada por la Gente; sólo les aconsejaría que lleven dinero para su colectivo. No sé me ocurrió otra pregunta. Está borracho, me advirtió la señora, pero si habla con él, dígale que se largue de aquí, que este lugar no es su casa ni un asilo.  La vieja lo detestaba por su saco viejo, su barba crecida y su nariz de alcohólico.

Dejé mi mochila en el incómodo asiento de plástico y me acerqué a pedirle fuego. Señor Charles Bukowski, dije en un inglés imperfecto que estaba más cerca del balbuceo, ¿tiene fuego? No se sintió descubierto. Sacó un encendedor de su bolsillo, con indiferencia. Y cuando estaba punto de encender el cigarro, la señora de la limpieza se acercó con la escoba en alto, como un caballero de una Cruzada posmoderna, señalando el molesto letrero de NO FUMAR, imperceptible.

El escritor se levantó, estirando sus brazos como si se despertase de un sueño pesado. Y cuando ya se disponía a largarse, le pregunté a quién esperaba o a dónde  iba. Sin detenerse en su huida, carraspeó la voz y escupió la frase: No hay camino hacia el  paraíso…

Me quedé parado en la salida de autobuses. Esa noche decidí no viajar hacia ningún lado.

(2004)


sentado en un café de la ciudad,  trato de salir del desconcierto o hallar una respuesta que satisfaga mi inquietud. en vez de encontrar una sola respuesta, hallo muchas, pero todas imposibles. al retornar a mi casa, enciendo la PC y busco el archivo de un libro de relatos retomado muchas veces, y el mismo número de veces abandonado hasta ahora,  y encuentro este, que alguna vez le fue concedido una mención honrosa en un concurso de cuentos. al terminar de releerlo, entiendo que casi siempre las respuestas son innecesarias y solo la literatura tiene el poder de mostrarnos una comprensión diferente de aquella realidad difusa, abrir muchas preguntas e infinitas respuestas. este relato lleva el título de un verso del poeta J.E. Eielson y pertenece a un libro que pronto será publicado.  

 I hate Madonna.

Mr. Pink  en Reservoir Dogs


¿has sentido alguna vez que tu vida se abre como una fruta podrida?  nadie la desea tomar. todos  la miran con una mueca de asco imaginando su sabor desagradable. y una mañana cae. sola y sin ayuda de nadie sobre un montón de hojas secas. y mientras el sol sigue calentando su piel negra y sus semillas estériles, la olvidan. así se abrió mi vida una mañana de invierno. yo no quería tomarla pero ya era demasiado tarde. sé que es estúpido, y cuanto más pienso en esto me da ganas de vomitarme hacia todos lados. la fruta podrida vomitándose a sí misma, asqueda de soportarse, de exponerse desnuda a la luz de todos, se expulsa ella misma de su paraíso de muñecas y de historias felices y estúpidas.

estoy hundida en mi cama. desentraño los misterios del techo. una madre degüella a sus hijos. esa imagen está justo encima de mi cama. en la noche, una bestia asoma sus garras de humo y repta por las paredes hasta llegar a la espalda de la mujer. esa es toda la sabiduría que deseo para soportar el lento transcurso del día mientras me masturbo sin ganas sobre mi cama. me he negado a salir. no soporto la calle ni las miradas de los demás que me han visto crecer tan rápidamente. cuando tenía diez años, me quedaba en silencio, cubierta totalmente con mi frazada y esperaba que ocurriese alguna catástrofe. pero la única catástrofe era oír la puerta que se abría y oía entrar a mi padre y a mi madre, en silencio. una vez cerrada la puerta se contaban mutuamente el aburrimiento que significaba vivir de esa manera, con algo que les roía por dentro lentamente. Siempre recordaban las heridas y recordaban para sentir algo el uno del otro, ya que no podían sentir amor, se provocaban para sentir un odio secreto. he oído historia de gente que se ve atacada por males crónicos, por un cáncer lento que descompone el cuerpo, hasta volverlo un candidato cercano a la muerte. pero también ocurría ese tipo de lento deterioro que nos acerca a la muerte desde nuestro lado afectivo, una enfermedad que engendra “células” que devora a la parte sana de nuestro interior, que va degenerando cada una de las posibilidades para vivir sin estar cerca de la enfermedad. en este estado patológico sentía que habíamos llegado todos en mi casa. nos unía nuestra enfermedad silenciosa, nuestro afecto distorsionado por las obligaciones y el aburrimiento. ninguna mentira funcionaba. cuando nos sentábamos en la mesa los fines de semana, nos esforzábamos para que ese mecanismo funcionase, nos mentíamos y sonreíamos juntos, hasta levantarnos de la mesa. yo no hacía nada, sólo miraba como todos nos rehuíamos, como si no nos soportásemos.

*

 ¿ y qué mierda puedo hacer con las toneladas de mentiras que me metieron en la cabeza para construir la perfecta verdad de mierda?

…¡nada!…¡respuesta correcta! …usted se ha ganado una vida en la cómoda soledad de su habitación. la rueda tiene que seguir girando, conmigo o sin mí.   

*

y así empecé a evitarme a toda costa. si no tenía valor para hacer nada, al menos tenía que ayudar a sobrellevarme fuera de mí. en el colegio siempre fui la freak, la mujer que nunca encajaba en el mundo normal de los demás. el cambio constante de colegios me llevó a inventarme nuevas historias para mantener a raya a cuanta persona encarnada en compañeros o profesores se ponían delate de mí. al inicio era tedioso soportar las burlas de las personas que se acercaban amigablemente para una vez sentirme aceptada, me dejaban totalmente a solas, más sola que nunca. la crueldad natural de los demás hacia mí se hizo mi mecanismo de defensa. recuerdo cuando ingresé a un colegio peruano-alemán. la tutora me presentó ante mi nuevo salón de clases y me dejó frente a todos para contarles sobre mi vida. me quedé en silencio y recorrí con la mirada cada uno de los rostros de mis futuros compañeros y reconocí primero quienes pretenderían ser mis primeros torturadores. tenía experiencia e intuición, o mejor dicho, había desarrollado un mecanismo infalible de autodefensa. aproveché ese instante para reconocer un territorio nuevo, y sin decir otra frase que espero que no nos llevemos tan mal, me senté en el asiento asignado por la tutora. media hora después les relaté la historia que mantendría a raya a todos aquellos que se atreverían a molestarme. prefería la soledad del “monstruo”, a la soledad de la chica rara y débil. la diferencia entre ambas condiciones era abismal.

ahora tengo todo el tiempo del mundo para construir la escafandra perfecta.

 *

desperté sentada en una sala iluminada por la enormes ventanas que daban a un jardín de paredes altas. las botellas vacías gotean el alcohol sobre la alfombra púrpura, ceniceros llenos de cigarrillos y cuerpos desparramados por todos lados, como si hubiese una catástrofe nuclear. no recordaba cómo había aparecido en esa escena. cuando salí del letargo del alcohol me percaté que solo me cubría una sábana blanca. tuve la sensación nefasta que había sido violada por todos lados. cogí mi ropa del suelo y me vestí. la cabeza me daba vueltas. busqué el baño, estaba embotada por las cervezas con las que empecé la noche en el bar donde se había presentado una banda de hardcore extremo que destrozó mi cerebro con sus atronadoras guitarras y los gritos guturales del vocalista. pero eso había sido en la noche, pero esta gente que estaba a mi alrededor no la había visto en el concierto. dejé de buscar cualquier respuesta y empece a identificar mis rutas de escape. al fondo del pasillo, en una puerta semiabierta estaba lo que buscaba. al menos yo podía caminar. una mujer abrazada al wáter y le declaraba entre balbuceos a su amante de mármol que había bebido un vasito de cerveza y le rogaba que le perdonase. le di un empujón y se enterró en la masa pegajosa del piso. el sopor del alcohol se despeja un poco y lo único desagradable es el sabor a vómito que tengo en mi boca. miro a la mujer que seguía moviéndose en el suelo como un reptil. llevaba puesta una diminuta falda que se había subido por completo, mostrando sus nalgas blancas que tragaba la diminuta trusa celeste. automáticamente me incliné hacia ella para acariciarle con mi lengua esa piel tersa y suave, pero antes de llegar a ella, siento la presencia de alguien en la puerta.

—    ¿ qué haces, perra de mierda?

— nada, le respondí sentándome en la taza del baño. Luego de haber descargado por completo, me abrí paso y no respondí a ninguna pregunta del largo cuestionario de la mujer de cabello corto que estaba visiblemente enfadada con todos. esta fiesta ya ha terminado para mí, le dije y me marché.

en la calle me percaté que me habían dejado sin nada de dinero. quise volver pero desistí. hubiese sido insensata de mi parte pedir prestado dinero a la mujer que se había dedicado después de despedirme de ella, a sacar a rastras los cuerpos hacia el jardín exterior. mi vida no ha cambiado mucho desde que reconocí que tenía que hundirme cada vez más y más hasta llegar al momento en que mi cuerpo sucumba por sí solo. creo que esa tarea era tan necia, este cuerpo lleno de marcas invisibles terminaría ajada y sin haber resuelto nunca realmente nada. tuve la ligera intuición que estaba en el camino equivocado.  el retorno a casa se hizo interminable. atravesé las calles de la ciudad, crucé el centro lleno de casas de grandes ventanales y de autos amarillos. por instantes parecía una escena muy pop sino fuese porque de repente se cruzaba un mendigo sucio y maloliente que me aterrizaba a la realidad sin velos. después de una hora de un largo recorrido casi zombie, llegué a mi casa. felizmente a esta hora no encontraría a nadie. mis padres creían con firmeza en el éxito, y eso no se consigue encerrados con una hija casi tan perfecta como yo. aterricé en mi cama y esperé que todo el mundo se detenga de una vez o, en el mejor de los casos, no levantarme más. ese deseo era imposible, como casi todos mis deseos.

 *

pregunta: “¿aun sueñas con ese laberinto de piel humana?

ella: nunca dije que era un sueño, señora.

— “ ¿…?”

— mis noches nunca han cambiado, sigo atisbando el mismo monstruo antes de dormir y eso me produce escalofríos que me impide dormir. a veces he pensado que esto durará toda una eternidad. ayer vino él a visitarme. me dijo muchas cosas increíbles y me hizo escuchar una canción de hope sandoval.  una noche esta voz me salvó la vida, me contó. aun intento hallar eso. y de nuevo me siento dentro de ese laberinto… ¿entiende?

—    no.

 *

sofía se invitó sola y se sentó en un mueble de mi sala. tenía cocaína y deseaba que la probase. sin esperar una respuesta se hizo dos líneas anchas y blancas en la mesa de cristal de mi madre y en menos que diga no pasa nada, la cocaína ya había desaparecido en sus fosas nasales. me hago dos líneas. mis manos se enfrían y siento una marea que sube por dentro hasta invadir de golpe mi cabeza. nos hacemos otra línea más y saco un trago de mi viejo y harto hielo. coloco un disco. the chemical brothers. apago la luz y dejo encendida una lamparita de mesa que irradia una luz azul. sofía mueve su cuerpo al ritmo de la percusión electrónica y me rodea con sus brazos y me mordisquea el lóbulo de mi oreja derecha. me estremezco. mi mano se desliza bajo su blusa y acaricio la suavidad de sus tetas, bajo por su vientre con mis labios invadiéndola con mi saliva. acabamos enlazadas como dos serpientes acuáticas en la alfombra, mi lengua enredada con su lengua, mi cuerpo desnudo sintiendo su piel. tengo un orgasmo y ella me lame toda, de arriba / abajo y de derecha/izquierda.  me quedo tendida junto a ella, bebiendo el resto de la botella de ron.  desearía que este momento dure toda la tarde. ella se levanta y me dice que la espera vicente, y si no llego a las seis, silvia, es capaz de sacarme la mierda, me dice, y se larga haciendo un sinfín de muecas.

*

casi todos mis amigos estaban de paso por mi casa. cada uno tenía una manera extraña de asumir su crisis, pues cada crisis era tan diferente a las otras, y cada uno tenía sus métodos para sobrellevarlas. esperábamos el instante que transformaría la vida. pero la paciencia no era nuestra virtud. muchos pisaron el acelerador de sus vidas y se deslizaron por una pendiente donde caían y se apiñaban como si estuviesen cansados de esperar o sin ganas de ir hacia algún lado. solo creían, casi religiosamente, en la caída como única salida, pero el encierro era peor. sus cuerpos vivían divididos entre la muerte y la enfermedad cotidiana. si me decidiese escribir cada una de las versiones de estas caídas, me convertiría en la cronista de las catástrofes ajenas. amigos y padres. amantes y ex amantes. conocidos y desconocidos. niñas de pelo rojo y de pelo negro. mujeres y hombres.

*

nunca me gustaron los cuentos infantiles. tampoco me gustaron las telenovelas. mucho menos las historias de las canciones pop. detesto a madonna. amo la habitación que ocupo cuando todos han apagado las luces. ¿necesitas saber algo más de mí?

 *

 la crisis se había transformado de un simple estado de ansiedad en una desesperada angustia. qué podía hacer por martín. el destino había jugado nuestra contra siempre y no había ningún maldito catcher in the rye para salvarnos en las orillas del abismo. miro la copia de un cuadro de matisse en la pared y trato de pensar en algo agradable y no encuentro nada dentro de mí, sólo días negros sobre noches en blanco. martín aun tiene en sus manos el papel que confirmaba que su vida tenía un plazo determinado y que nadie es inmortal. debajo de sus lentes negros caen torrentes de lágrimas. enciendo un troncho para reanimarlo. mi idea fue mala. en vez de ponerse mejor, reflexiona con más claridad sobre la maldita palabra positivo. trato de no pensar en él ni en ninguna cosa de este mundo.  abro la ventana y las volutas de humo se disipan en el aire.

 *

ellos creen que no me pasa nada.  que no me afecta el suicidio de martín y la desaparición de sofía. ni qué decir del intento fallido de jorge, que siempre me hablaba del suicidio y  que esa maldita idea que le quitaba el sueño le servía para no volarse los sesos con el revólver de su viejo, pero esa noche quiso experimentar sus límites y ahora tiene una vértebra cervical rota y está postrado en cama, sin poder moverse.

vivo como una sobreviviente a una guerra que nunca luché, o será que todavía sigo en la pelea sin percatarme y la derrota será la única forma posible de hacerme saber que he luchado. el triunfo es una cosa imposible, eso es lo más probable. hace un frío terrible. el autobús avanza por la carretera que bordea la cordillera. sé que en cusco no me encontraré, es ridículo escuchar a la mayoría de gente que hallé en el  camino. vuelven como si hubiesen alcanzado la iluminación,  como si la verdad se les hubiese revelado entre las discotecas, gringos, drogas y machu picchu. me olvidé de sacar mi chompa de la mochila y el frío penetra hasta mis huesos…y siento que todo me congela.

este viaje sólo es mi cuerpo…

(2003)

imagen: Thomas Ruff.


sabato

03May11

De repente, hablábamos acerca de Ernesto Sabato. Hace tiempo que no lo recordaba, pero hablábamos de sus noventa y nueve años, de su próximo cumpleaños en Junio, pero al mencionarlo, estábamos convencidos que la muerte estaba acechando lentamente su cuerpo. Una coincidencia, no la muerte ocurrida a los pocos días, fue que hayamos encontrado un punto en nuestra memoria, conectados por el lenguaje y el aprendizaje, y ahora lo veo, también por el presagio de la desaparición.  

uno: 

Aunque he dejado de leerlo hace muchos años, por voluntad propia o porque mis lecturas se reorientaron hacia otro tipo de narrativas más ambiciosas, aun tengo la sensación vertiginosa que dejaron las páginas de sus libros de ficción en mi interior. Un laberinto oscuro donde alguien avanza sigilosamente como un pensamiento subterráneo, a punto de hacer sucumbir a los que ingresan en ese camino. Se podría decir que en los años que descubrí cada uno de sus libros, vivía en una especie de irrealidad, si quisiese ser más “frío e imparcial”, estaba sometido a una realidad afiebrada por la búsqueda de una verdad que fuese absoluta, en todo sentido. La necesidad de acercarme a mí mismo, a riesgo de entregar mi propia sensatez y conciencia, acercarme hasta el extremo de nuestra fragilidad humana para  comprender qué significa ser un hombre, como si inconscientemente la pregunta que desarrolló Heidegger en sus libros, apareciese por una necesidad mediata de encontrar una respuesta que nos ayudase a soportar nuestra existencia.

Recorría las calles de la ciudad como si fuese uno de aquellos personajes de sus novelas, Sobre Héroes y Tumbas era una colección de seres que salían de una nebulosa para entrar en la oscuridad, y con ellos me sentía cómodo. Interlocutores silenciosos de aquellos abismos personales generados para ejercer nuestro delirio de ser una especie de anti narciso reflejándose en el vacío. Sin llegar a la patología de confundir la realidad con la ficción, vivía fascinado por el personaje Alejandra Vidal, aquella mujer cercana al extravío o una vorágine de fatalidad inocente, cuya belleza estaba signada por una certeza que la sobrepasaba y la dejaba anclada en la muerte y en el destino de mártir, de la redención a través de su muerte. Buscaba a ese “ideal” femenino. Reinventar a Alejandra fue descubrir una mujer que aparecía más allá de las páginas de Sabato y se instauraba en la realidad cotidiana. En esa época escribí esto:

La experiencia no fue la actitud pasiva de pasar las páginas para encontrar acontecimientos, fue abrir heridas en la piel cuando el mundo se resquebrajaba para dar paso a la oscuridad del ser. Alejandra, esa mujer bella e imposible, redentora y destructora, pasó a formar parte de mis búsquedas casi paranoicas. Aparecía en la multitud, se desvanecía, se multiplicaba en la soledad de los hospitales, cruzaba la plaza de armas cerca de las estatuas del monumento, era un rostro que pasaba en un microbús, unos ojos que surgían en la oscuridad para atravesarme y dejarme suspendido en la nada. Y hasta inclusive con un amigo emprendíamos caminatas sin ningún destino por la urbe,  sólo para encontrarla y verla huir. Nos hundíamos en la noche para desentrañarla, nos internábamos en el territorio de la oscuridad para arrancarnos las revelaciones más profundas. Ese ser llamado Alejandra se había materializado en la noche.

Aun tengo la misma sensación acerca del personaje de Sabato, como si fuese una mujer que me haya hecho descubrir en mí algo más desolador que la propia nada. Pero no solo ella pertenecía al inquietante universo sabatiano. Las relaciones de ella con los demás personajes de la novela Sobre Héroes y Tumbas son inquietantes. Un desesperado Martín fascinado por el descubrimiento del amor y de la imposibilidad de los sentimientos. Bruno, el escéptico que opina sobre los temas que le apasionan a Sabato. Y, sobre todo, uno de los ejes, el hombre que decide investigar el Mal en el Informe sobre Ciegos, desde la enajenación hasta su muerte: Fernando Vidal Olmos. En Abbadón, el Exterminador, algunos personajes aparecen para incrementar la visión paranoica de un personaje llamado Sabato, quien caminaba hasta la estatua de Ceres en el parque Lezama hasta verse entre sus personajes y sus fantasmas, hasta imaginarse muerto y cerrar la novela, y sus páginas en la narrativa con la siguiente frase:

Porque no hay poesía festiva, alguien había dicho, pues quizá solo del tiempo y de lo irreparable puede hablar. Y también alguna vez se dijo (pero quién, cuándo?) que todo un día será pasado y olvidado y borrado: hasta los formidables muros y el gran foso que rodeaba a la inexpugnable fortaleza.*

dos: la fascinación por la incertidumbre

Todo el universo dentro de las palabras de Ernesto Sabato se convirtió en la única forma para desentrañar nuestros grandes temas tratados desde las tragedias griegas hasta en las novelas actuales. La soledad. El desamparo. La búsqueda de un absoluto y la ausencia radical de este. La irracionalidad. La crueldad. El amor y el desamor. La ternura. El sacrificio.  La obsesión por convertir cada libro escrito en un objeto totalizante y que cada palabra no revele ninguna verdad, sino que sean artefactos explosivos cuyo único objetico sea demoler las certezas e instaurar dentro la incertidumbre necesaria para seguir empujando la enorme piedra en un universo en constante movimiento, la agitación de la frágil caña pensante en el universo que nos arrolla sin ninguna compasión, tal como lo escribió el filósofo Blaise Pascal. Y quizás esta incertidumbre fue el motor que llevó a Sabato a abandonar la física por la literatura, una incertidumbre mayor a las certidumbres exactas de la ciencia.

tres: 

He recordado el momento en el que dejé de interesarme por Sabato. Fue después de leer su libro de memorias Antes del Fin. Sus palabras ya no eran para mí, sus palabras no me fascinaban por más conmovedor que se haya vuelto con los años, como si fuese un abuelito tierno con sus nietos o bisnietos. En ese instante, dejé de abrir sus páginas.

Aunque no me he unido a los detractores del escritor, quienes afirman con desprecio acerca de su literatura como anquilosada, grave y pesada con sus dilemas filosóficos, preferí quedarme con aquella sensación de descubrimiento de algunas incertidumbres que abrieron la puerta a un nuevo aprendizaje de la vida y la literatura, guardaré dentro de mi educación sentimental cada uno de los estremecimientos que me acompañaron cada noche, cuando mi mente se placía en las dulces torturas de pertenecer a un mundo ausente de un dios.

Ahora ese absoluto sigue ausente, pero ya no me angustia ni me preocupa como en aquellos años, es un dilema que ha hallado una respuesta que no tiene lugar en este pequeño texto en memoria de Ernesto Sabato, el escritor que quería ser enterrado con una sola palabra en su tumba: PAZ.

* Texto final del libro Abbadón, el exterminador.